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El Malpensante

Ficción

Fidelidad de los perros

Dossier de Ficción

Ilustración de Eva Vázquez.

 

Tantor apareció casi dos años después, cuando ya lo daban por muerto. Había incluso una pequeña placa con su nombre al fondo del jardín, donde a falta de cuerpo estaban enterradas todas sus cosas: un plato de metal, un hueso de hule con la marca de sus dientes y un champú antipulgas.

Aquel día, solo sus hijos y su mujer estaban en casa. Almorzaban en la cocina frente al televisor cuando empezaron a oír ladridos afuera. El menor lo reconoció enseguida y aunque gritó con la boca llena “¡Es!, mamá, es, te juro que es”, escupiendo arroz en todas las direcciones, ella no los dejó levantarse de la mesa hasta que terminaran su plato. Además, ya había ocurrido antes con otros perros que ladraban al pasar por el frente de la casa y no quería que se desilusionaran otra vez. Pero entonces, en medio de su explicación sobre el alma de los animales y las fases del duelo, sonó el timbre. Los dos chicos saltaron de sus sillas y corrieron a la puerta, llevándose un jarrón por delante.

Afuera, tal como habían soñado en incontables noches, estaba su perro, pero en la desesperación por abrazarlo no vieron que traía un collar nuevo, que el collar estaba atado a una correa y que la correa la llevaba un hombre que ya conocían.

–¿Quién? –preguntó él.

–Sí, tu amigo –dijo su mujer, cuando lo llamó para contarle.

Antes había llamado a la policía, pero el oficial que la atendió no le dio importancia al asunto.

–Señora, a ver si entendí bien: un amigo suyo le devolvió el perro. ¿Es así?

–Sí –respondió ella, perpleja ante la simplificación.

–Entonces no entiendo qué quiere que hagamos.

Él tampoco entendió, pero porque estaba en medio de una reunión y no había conseguido escuchar ni la mitad. Trató de calmarla y le prometió que volvería temprano a casa. Al final, el día se le escurrió en pequeñas urgencias y cuando metió el auto en el garaje ya había oscurecido. Antes de abrir la puerta, supo que se lo recriminaría de alguna de las formas que solo ella conocía.

Encontró a sus hijos jugando con el perro en el jardín. Se revolcaban por el pasto, extenuados, como si hubieran estado librando un combate a muerte desde el mediodía. Sus movimientos eran lentos, coreográficos. Gritaban, morían y un minuto después volvían a vivir. Cada vez que los sorprendía el agua de un regador cerca, interrumpían el juego, se limpiaban las rodillas y se trasladaban a un lugar seco, donde seguían como si nada.

Todo el santo día así –dijo su mujer, desde una reposera.

Dejó el maletín en una silla, se desajustó el nudo de la corbata y llamó a Tantor con voz firme. Instantáneamente, el perro se sacudió a los chicos de encima y vino a sus pies, moviendo la cola. Era como si no hubiera pasado ni un solo día fuera de casa. Nada había cambiado. Al menos, nada evidente en su aspecto o en su actitud. Trató de no mostrarse demasiado afectuoso, le dio solo dos palmadas en el lomo y dejó que volviera al juego.

–Es él –dijo.

Durante la cena discutieron las nuevas reglas de la casa. Tanto tiempo sin perro, que habían perdido el hábito de convivir con uno. Además, ahora los chicos ya estaban más grandes y tenerlo de vuelta llevaba consigo responsabilidades. A nadie se le ocurrió protestar por la división de tareas y cuando terminaron el postre fueron a despedirse de Tantor hasta la mañana siguiente.

–No va a volver a irse –prometió ella, cuando vio la fuerza con que lo abrazaban.

La miraron, un poco incrédulos, y subieron a su cuarto.

Una vez solos los dos, aprovecharon para conversar acerca de lo que había pasado al mediodía. Ella le fue contando todo en detalle desde la cocina, mientras lavaba los platos. Al principio, a él, que la veía de espaldas, envuelta en vapor, la historia le parecía más impersonal así, como si les hubiera sucedido a otras personas, en otro país, hace tiempo.

–¿Qué otra cosa podía pensar? –dijo ella–. Que lo había encontrado en alguna parte o que lo había rescatado y lo traía de vuelta a casa. Es lo que esperaría de un amigo. ¿O no? No lo pensé en realidad: lo di por sentado. Yo le decía “gracias, gracias”. Me saltaban lágrimas de alegría. Hasta le di un beso. ¿Podés creer? Tuvo que decírmelo dos veces para que entendiera.

–¿Qué cosa?

“Nosotros lo tuvimos todo este tiempo”. Tardé una eternidad en unir las palabras, en darles un sentido. Y ahí mi cara se transformó. Tendrías que haberme visto. Mandé a los chicos adentro y me quedé con el perro. ¡Estúpida! Como si pudiera servirme de algo. No sabía qué hacer. Y él seguía parado delante de mí con su cara de piedra. “No vengo a disculparme”, me dijo entonces. “Simplemente ya no podemos tenerlo en casa”.

Hizo una pausa y se dio vuelta para asegurarse de que él seguía escuchándola. Con el antebrazo, se corrió el pelo de la cara.

–¿Te acordás que no teníamos ni idea de adónde se iba cada noche? ¿Cómo nos devanábamos los sesos para saber por dónde se escapaba?

Los guantes de látex naranja chorreaban, suspendidos en el aire.

–Me acuerdo, sí –dijo él.

Al parecer, todas esas noches en que Tantor desaparecía y no volvía las pasaba en casa de ellos. Se metía por el garaje, saltaba la reja y se instalaba delante del ventanal a observarlos. El vecino le juró que nunca lo trataron bien ni le dieron de comer, para que no se acostumbrara. No podía entender por qué el perro iba hasta allá y se quedaba con ellos. Pero con el tiempo, las mellizas se encariñaron con él. Salían a recibirlo, le ponían vestidos, le daban té. Ellas pedían quedárselo. Que por algo Tantor las había elegido. Lloraban noches enteras, abrazándose a las piernas de su padre, pidiendo “por favor, por favor”. Él les decía que no. Que 

no podían. Que Tantor ya tenía dueños, una casa donde vivir. Todas las mañanas tenía que echarlo para que se fuera. A veces, lo acompañaba hasta la esquina para asegurarse de que volvía. Se daba la vuelta rápido antes de que el perro se arrepintiera. Pero entonces hubo un día, un día igual a cualquier otro, en que no lo echó. No supo explicar por qué. Era una mañana lluviosa. Bajó al comedor y se sentó a mirar a través del vidrio, esperando a ver lo que hacía el perro. Y Tantor, aunque estuvo intranquilo varias horas, como si el cambio en la rutina lo incomodara, no se movió de ahí, ni ese día ni el siguiente, ni los que vinieron después.

–Lo único que se me vino a la cabeza en ese momento –dijo ella– fueron los carteles con la foto del perro y nuestro teléfono y la promesa de recompensa, que pegamos en todos los árboles y postes del barrio. ¿Sabés qué fue lo último que me dijo? Me dijo que un perro puede llegar a ser un miembro más de una familia. Al que se le puede querer como a un hijo y su pérdida puede ocasionar un dolor irreparable, pero que si desaparece, si un día falta, nadie llama a la policía, no hay en verdad un crimen, no hay trámites legales ni burocracia; el mundo sigue girando como antes, como si nada, absolutamente nada, hubiera pasado.

Al terminar de escuchar a su mujer, se levantó sin decir palabra, fue hasta la mesita del living donde estaba el teléfono y marcó el número de la casa de su amigo. Las manos le temblaban con una furia contenida. No tenía claro qué iba a decir, ni qué pensar. Una mujer atendió antes de que pudiera decidirse.

–Alicia –dijo–. Quiero hablar con él...

–No está.

–Dame con él, por favor.

–Te juro que no está en casa.

La voz de la mujer sonaba aguda y temblorosa.

–¿Dónde está?

–No sé.

–Alicia, son las once y media de la noche.

–Es que no sé... No sé... Yo también estoy preocupada. Salió esta mañana de casa con... y no supe más nada. No fue al trabajo. No está en lo de mis suegros. No me atiende el celular. No sé qué hacer, a quién llamar... por favor...

Escuchó cómo ella lentamente empezaba a llorar, primero en espasmos ahogados, discontinuos y después con un chillido casi inaudible. Colgó. Su mujer, que había estado escuchándolo, se acercó por detrás y le apoyó una mano en el hombro. Pareció que iba a decir algo, pero al final prefirió callarse.

–¿Qué? Decime.

–¿Por qué un amigo haría una cosa así? –preguntó ella, como buscando las palabras correctas–. ¿Por qué a vos? ¿Cuánto odio habrás generado en él? Nunca tuviste muchos amigos. Que yo sepa, ninguno íntimo al menos. Eso es raro. Yo, en cambio, tenía muchas amigas. Vos lo sabés bien. Y las fui perdiendo, me fui alejando de ellas con los años. Por vos. No porque me lo pidieras ni nada, pero siento que me llevaste a eso. Por tu forma de ser, porque no podías vincularte. Y a veces me pregunto por qué dejé que eso pasara.

No supo qué responder, pero sintió que la crueldad de su mujer era gratuita, desproporcionada. Más tarde salió a fumar un cigarrillo al jardín. La noche era brillante y calurosa. Había mosquitos por todas partes, enloquecidos por la luz de los reflectores. Las palabras de ella seguían rondando en su cabeza. Y mientras veía al perro olisquear los canteros, los juguetes dispersos, como reconociendo un antiguo territorio, se puso a pensar en su amigo. Hizo un esfuerzo por recordar todo lo que sabía acerca de él. Era como desplegar cartas y fotos en una mesa imaginaria. Trató de recuperar el momento exacto en que lo había conocido y se dio cuenta de que era imposible saberlo. De algún modo, estaba presente en su memoria desde el principio. Habían sido compañeros de escuela primaria, habían jugado al rugby en el mismo club, en la misma división. Mientras vivieron en aquel barrio, se cruzó decenas de veces con él y su familia, en la calle o en auto, en la librería, en el supermercado. Tenían amigos, conocidos y hasta un primo segundo en común, que extrañamente se parecía más a él que sus propios hermanos. En algún lugar remoto de su casa de la infancia debía haber al menos una foto en la que estuvieran los dos juntos. Durante la secundaria, solo se cruzaron en fiestas y reuniones, porque la familia de su amigo se había mudado al otro lado de la ciudad, y en Buenos Aires las distancias hacen mucho. Siempre daba la impresión de estar solo, como perdido o incómodo entre la gente que lo rodeaba. En la universidad, aunque estudiaban carreras distintas, compartieron el edificio, los pasillos. Por esa época, frecuentaban el mismo grupo de chicas y siempre había tenido la leve sospecha de que una exnovia suya había estado con su amigo, pero nunca tuvo el valor de preguntarles. Y después ya no tenía importancia. Se recibieron, se casaron con sus respectivas novias y perdieron el contacto. Lo había conocido toda la vida, pero nunca fueron particularmente cercanos. En el fondo, si alguien le hubiera preguntado, habría dicho que no, que no le caía bien, que no tenían nada en común. Estaba seguro de que no le había dedicado ni un solo pensamiento en todo ese tiempo.

Volvió a encontrárselo muchos años después en una reunión de padres en la escuela de sus hijos. Lo saludó desde el otro extremo del aula, y cuando la directora dio por terminado su discurso de bienvenida, ambos presentaron a sus familias e intercambiaron teléfonos y direcciones. Vivían a solo tres cuadras de distancia. Las hijas de él irían al mismo grado que su hijo mayor. Esa mañana, iluminado por la luz blanca de los tubos, le pareció más canoso y demacrado de lo que se supone debía estar un hombre de su edad. A partir de aquel día, sus mujeres empezaron a verse con frecuencia. Se cruzaban a la salida de la escuela, en otros actos, en los cumpleaños de los compañeros de sus hijos. Ellos dieron el primer paso. Una noche, Alicia llamó y los invitó a cenar y al teatro. Una semana más tarde, fueron ellos los que hicieron un asado en casa. Entonces, recordó haber pensado que estaba bien dejarse llevar por las coincidencias y que las personas merecen una segunda oportunidad, incluso una primera. Lo cierto es que, mientras sus mujeres establecían lazos de amistad y empezaban a ser lo que se dice confidentes, ellos llegaron a compartir más de lo que le hubiera gustado admitir. Jugaban al tenis los martes en la noche contra dos vecinos. A veces se juntaban a ver fútbol en 

la casa de su amigo, porque la pantalla de su televisor tenía doce pulgadas más que la del suyo. Los sábados se turnaban para llevar a los chicos al club.

Puso cloro a la pileta, desconectó el regador y acomodó las sillas de la galería. Antes de apagar las luces y subir, le vino a la mente la última noche en que estuvieron juntos. Hacía dos semanas habían pasado a tomar un café después de una fiesta. Estaban cansados y levemente borrachos. Ellas se reían, tirando la cabeza hacia atrás en los sillones. ¿Estaría Tantor en la casa esa noche? ¿Por qué no había ladrado? En un momento, su amigo lo llamó aparte, fueron al escritorio y le mostró en la computadora el auto que iba a comprarse. Alicia y las mellizas no podían saber nada. Sería una sorpresa. Y mientras miraban las fotos, le explicó en detalle las comodidades, las ventajas de su línea aerodinámica y el sistema de aceleración, y aunque a él nunca le habían interesado los autos ni le interesarían, fingió atención e hizo preguntas, dijo que él también quería hace tiempo cambiar el auto y que iba a necesitar sus consejos. Y varias veces durante la conversación sintió felicidad por estar compartiendo algo íntimo, aunque fuera mentira, y tuvo la convicción de que así, o al menos similar, debía ser la amistad entre dos hombres.

 

Ahora son las tres de la mañana y no puede dormir. Está de pie, en mitad de la habitación a oscuras, contemplando su reflejo en el espejo del baño. No tiene noción exacta de cuánto tiempo ha estado así. Hace calor y aunque todas las ventanas de la casa están abiertas, no corre aire: nada se mueve. Ni siquiera las ideas.

Por culpa de las pesadillas, sus hijos se han pasado a su cama y ya no queda lugar para él. Es la tercera noche esta semana. ¿Qué será lo que los acecha en sueños? Quisiera saber para ayudarlos a no tener miedo. Ella se ha dormido, apoyada sobre un codo, arrullándolos. Es curioso ver cómo los tres han dispuesto sus brazos y piernas, sin tocarse.

Al pie de la cama, Tantor parece dormir, la cabeza apoyada en las patas delanteras. Se pregunta cómo habrá sido su vida en la otra casa. Se pregunta si lo habrán llamado por el mismo nombre. Si las mellizas le habrán dado de comer en secreto por debajo de la mesa o si lo habrán dejado dormir adentro, como esta noche. Se acuclilla frente a él y lo despierta.

–Te toca hacerme compañía –dice.

Se sorprende ante sus propias palabras. Hablarle al perro es cosa de ella, no de él.

–La pata. Sit.

Ahora que está despierto, el perro jadea como nunca lo ha visto jadear. Le abre el hocico y pone su muñeca dentro. Siente la saliva caliente chorrear por el relieve de sus venas. Con la mano libre, le agarra la punta de la cola y empieza a apretar, cada vez con más fuerza. El perro gime tensando sus músculos y amaga con incorporarse, pero no se defiende. Jamás ha mordido a nadie. Es una raza de carácter dócil, son perros famosos por su fidelidad. Esa es la razón por la cual lo compró.

–¿Por qué respirás así, perro? –pregunta.

Parece que no le alcanzara el aire en los pulmones. Recuerda que su padre respiraba así antes de morir de un edema pulmonar cinco años atrás. Todavía puede evocar la palidez azul de su rostro la última vez que lo visitó, conectado a una máquina.

Pero sabe que en este caso es solo por el calor, que el perro solo tiene calor, y de pronto se le ocurre algo. Es una idea. No es acerca de su amigo ni tiene que ver con lo que ha dicho ella más temprano. Es solo una idea. Y no tiene nada que ver con nada. Empieza a buscar por la casa. No está en su baño y tampoco en el cuarto de ellos. Revisa cajones, placares. Con cuidado, tratando de no hacer ruido. Sube hasta el altillo. El sudor le baja por la frente, siguiendo la línea de su mandíbula, y las gotas tiemblan en el mentón antes de caer. Cuando casi se ha dado por vencido, la encuentra al fondo del botiquín, debajo de una caja de aspirinas. Sonríe, porque ya había buscado ahí.

Cada verano, cuando empieza el calor y las cabezas de sus hijos se colman de piojos, los rapa con esa maquinita. Es como un juego y una tradición. Prueba distintos peinados, variando el largo del pelo, rapando por zonas. Ellos piensan que es divertido y asisten a su transformación en el espejo, hasta que sus cabezas parecen dos enormes kiwis.

Desde el pasillo, chista al perro y bajan juntos a la cocina. Tantor se le adelanta, enredándose entre sus piernas. Se sienta en el piso, apoyando la espalda contra el lavarropas.

–No deberías abandonar el barco cuando se hunde –dice.

Empieza a rapar por la nuca, sigue por el lomo, el pecho, las patas. Tantor va perdiendo lentamente forma y volumen, mientras el pelo negro y denso se amontona en las baldosas. Es como si estuviera descomponiéndose otro perro en el piso. Fuera de él parece tener otra consistencia. El perro no se queja, ni se mueve: es el zumbido de la máquina que lo tiene alucinado.

El pelo va formando una pequeña montaña oscura. Y él piensa que podría hacer un disfraz con ese pelo, un disfraz de hombre-lobo. Para asustar a sus hijos cuando no lo obedezcan o para salir a correr por el barrio de noche, cuando todos estén dormidos. Lo imagina pegado a sus brazos, creciéndole en los hombros y en la espalda.

–¿Papá?

Uno de sus hijos está al pie de la escalera, bañado en transpiración, restregándose los ojos de sueño. Entonces es consciente por primera vez de lo que ha estado haciendo.

–Volvé a acostarte –dice.

No se saca nada bueno de noches como esta.

–¿Qué le pasó a...?

–Andá, te digo. Ahora subo.

El calor y el insomnio hacen divagar la mente por lugares que no debería. Ya sabe eso. Ha pasado antes. Mira a Tantor, que ahora da la impresión de estar viejo y enfermo. Como si tuviera cáncer. O algo sin cura, irreversible. Cierra los ojos y cuando los abre de nuevo la expresión del perro no es la misma de un segundo atrás. Sus orejas se han puesto tensas y apuntan hacia arriba. Sus ojos están fijos en la puerta. Ladra una vez.

–Shhh –dice él, llevándose el índice a la boca–. Vas a despertar a todo el mundo.

Se incorpora lentamente y apoya la maquinita sobre el lavarropas. No se oye nada más que el jadeo constante del perro. Desde donde él está parado es imposible ver si hay alguien afuera. No lo deja el ángulo. Aunque se mueva, las ventanas son angostas; solo se ve un poco de calle, los jazmines y papiros que ella plantó el verano pasado, el auto del vecino de enfrente. Si hay alguien ahí, es justo del otro de la puerta. ¿Pero no debería verse la sombra en el umbral?

–¿Quién es? –pregunta.

Tantor aúlla bajito, y empieza a girar sobre sí mismo, como si quisiera morderse la cola. Se acerca a la puerta, sosteniendo por el collar al perro, que hace una fuerza descomunal por soltarse. Da una vuelta a la llave en la cerradura.

–¿Quién es?

Espera unos segundos y da la segunda vuelta. Abre. Solo un poco para que el perro se dé cuenta y asome la cabeza. Entonces, la cierra, rápido, como una guillotina.

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Tomás Sánchez Bellocchio

Es publicista, guionista y escritor. Hizo la maestría en escritura creativa de la Universidad Pompeu Fabra.

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