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Ensayo

Sin Dios

Traducción de Verónica Puertollano
¿Qué pasaría si se admitiera unánimemente la inexistencia de Dios? ¿Grandes guerras? ¿Catástrofes? ¿La mayor crisis moral de la historia? El autor de este ensayo explora a fondo la respuesta.

Ilustración de Diego Patiño

 

En su célebre discurso de 1837 ante la sociedad Phi Beta Kappa en Harvard, titulado “El estudioso americano”, Ralph Waldo Emerson predijo que llegaría un día en que Estados Unidos concluiría lo que él llamaba “nuestro largo aprendizaje de los conocimientos de otras tierras”. Su predicción se hizo realidad en el siglo XX, y en ningún área tanto como en la ciencia. Esto, seguro, habría complacido a Emerson. Cuando enumeraba a sus héroes incluía normalmente a Copérnico, Galileo y Newton junto con Sócrates, Jesús y Swedenborg. Pero creo que Emerson tendría sentimientos encontrados respecto a una consecuencia del avance de la ciencia, aquí y en el extranjero, que ha llevado al deterioro general de la fe religiosa.

Emerson era poco ortodoxo –de acuerdo con Herman Melville, sentía que “si hubiera vivido en aquellos días en que el mundo se estaba haciendo, podría haber hecho algunas sugerencias valiosas”–, pero fue durante algún tiempo un ministro de la Iglesia unitaria, y con frecuencia veía posible hablar favorablemente del Todopoderoso. Emerson lamentó lo que vio en su propia época como un debilitamiento de la fe, en contraste con la mera piedad y la asistencia a la iglesia, en Estados Unidos y todavía más en Inglaterra, aunque no puedo decir que lo atribuyera al avance de la ciencia.
La idea del conflicto entre ciencia y religión tiene un largo pedigrí. Según Edward Gibbon, el punto de vista de la Iglesia bizantina era que “el estudio de la naturaleza era el síntoma más seguro de una mente no creyente”. Quizás el retrato más conocido de este conflicto sea el libro publicado en 1896 por el primer rector de Cornell, Andrew Dickson White, con el título Una historia de la guerra entre la ciencia y la teología en el cristianismo.
En épocas recientes ha habido una reacción contra la noción de guerra entre la ciencia y la religión. La “tesis del conflicto” fue atacada en un artículo de 1986 por Bruce Lindberg y Ronald Numbers, famosos historiadores de la ciencia, que señalaban muchos errores en el estudio de White. La fundación Templeton ofrece un cuantioso premio a aquellos que argumenten que no hay conflicto entre la ciencia y la religión. Algunos científicos siguen esta línea porque quieren proteger la educación científica de los fundamentalistas religiosos. Stephen Jay Gould sostenía que no podía haber conflicto entre religión y ciencia porque la ciencia solo se refiere a los hechos y la religión a los valores. Ésta no era ciertamente la opinión que mantenía en el pasado la mayoría de los partidarios de la religión, y es una señal del deterioro de la fe en lo sobrenatural el que muchos de los que hoy se dicen religiosos estén de acuerdo con Gould.
Pongamos que la ciencia y la religión no son incompatibles –al cabo, hay algunos (no muchos) científicos excelentes como Charles Townes y Francis Collins que tienen fuertes creencias religiosas. Aun así, creo que entre la ciencia y la religión existe, si no una incompatibilidad, al menos lo que la filósofa Susan Haack ha calificado de tensión, que ha ido debilitando gradual y gravemente la creencia religiosa, especialmente en Occidente, donde la ciencia ha avanzado más. Me gustaría trazar aquí algunos de los orígenes de esta tensión, y hacer después un breve comentario sobre la propia dificultad que plantea el declive de la fe, la pregunta de cómo es posible vivir sin Dios.
 
1. No creo que la tensión entre ciencia y religión sea fundamentalmente un resultado de las contradicciones entre los descubrimientos científicos y doctrinas religiosas específicas. Esto es lo que preocupaba sobre todo a White, pero creo que estaba mirando en la dirección equivocada. Galileo decía en su famosa carta a la gran duquesa Cristina que “la intención del Espíritu Santo es enseñarnos cómo se va al cielo, y no cómo va el cielo”, y esto no era tan solo su opinión; estaba citando a un príncipe de la Iglesia, el cardenal Baronio, bibliotecario del Vaticano. Las contradicciones entre las Escrituras y el conocimiento científico han sido constantes y han sido aceptadas por los religiosos más ilustrados. Por ejemplo, hay versos tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento que parecen indicar que la Tierra es plana, y como advirtió Copérnico (citado por Galileo en la misma carta a Cristina), estos versos llevaron a algunos de los primeros padres de la Iglesia, como Lactancio, a rechazar la comprensión griega de que la Tierra es esférica, pero hubo cristianos educados que habían aceptado la forma esférica de la Tierra mucho antes de los viajes de Colón y Magallanes. Dante encontró en el interior de la Tierra esférica un lugar oportuno para guardar pecadores.
Lo que fue en resumen un grave problema en la Iglesia primitiva se ha convertido hoy en una parodia. El astrofísico Adrian Melott de la Universidad de Kansas, en una batalla con los fanáticos que querían asignar las mismas horas de enseñanza al creacionismo y a la teoría de la evolución en las escuelas públicas de Kansas, fundó una organización llamada Familias por la Educación en Teorías Exactas, [FLAT, por su sigla en inglés]. Su sociedad parodiaba a los creacionistas exigiendo las mismas horas para la teoría de la Tierra plana, alegando que los niños debían observar ambos lados de la controversia sobre la forma de la Tierra. Pero si el conflicto directo entre el conocimiento científico y las creencias específicas no ha sido tan importante en sí mismo, hay al menos cuatro fuentes de tensión entre la ciencia y la religión que sí han sido importantes. 
La primera fuente de tensión surge del hecho de que originalmente la religión obtuvo buena parte de su fortaleza de la observación de los fenómenos misteriosos –truenos, terremotos, enfermedades– que parecían requerir de la intervención de algún ser divino. Había una ninfa en cada arroyo y un duende en cada árbol. Pero según pasó el tiempo, más y más misterios se explicaban de manera estrictamente natural. Explicar esto o aquello sobre el mundo natural no excluye, por supuesto, la creencia religiosa. Pero si la gente creía en Dios porque no parecía posible ninguna otra explicación para toda una serie de misterios, y estos misterios se iban resolviendo de forma natural uno por uno a través de los años, era de esperar que la fe sufriera un cierto deterioro. No es casual que la aparición del ateísmo y el agnosticismo generalizados entre los ilustrados del siglo XVIII siguiera muy de cerca al nacimiento de la ciencia moderna.

Ilustración de Diego Patiño

 

Desde el principio, el poder explicativo de la ciencia preocupó a aquellos que valoraban la religión. Platón se horrorizaba tanto ante los intentos de Demócrito y Leucipo por explicar la naturaleza en términos atómicos sin referencia a los dioses (aunque no llegaran muy lejos con esto) que en el libro  de las Leyes reclama cinco años de confinamiento solitario para aquellos que nieguen que los dioses existen o que se preocupan por los humanos, y después la muerte si el prisionero no se reformaba. Isaac Newton, ofendido por el naturalismo de Descartes, también rechazó la idea de que el mundo podía explicarse sin Dios. Por ejemplo, afirmó en una carta a Richard Bentley que no se podía dar otra explicación diferente de Dios para las diferencias que observamos entre la materia luminosa (el Sol y las estrellas) y la materia oscura (la Tierra). Esto es irónico, porque por supuesto fue Newton y no Descartes quien tenía razón acerca de las leyes del movimiento. Nadie hizo más que Newton por ayudar a comprender lo que vemos en el cielo mediante explicaciones no deístas, pero el propio Newton no era, en este sentido, un newtoniano.

Naturalmente, no todo ha sido explicado, ni lo será jamás. Lo importante es que no hemos observado nada que parezca requerir de la intervención sobrenatural para su explicación. Hay quien se aferra a los restantes vacíos de nuestra comprensión (digamos, el desconocimiento del origen de la vida) como la prueba de un dios. Pero a medida que pasa el tiempo y se llenan cada vez más estos vacíos, su actitud da la impresión de que la gente necesita desesperadamente mantener opiniones anticuadas.
El problema de la fe religiosa no es que la ciencia haya explicado un montón de cosas variopintas sobre el mundo. Existe una segunda fuente de tensión: que estas explicaciones han arrojado dudas sobre el papel especial del hombre como un actor creado por Dios para representar un papel principal en un gran drama cósmico de pecado y salvación. Tenemos asumido que nuestra casa, la Tierra, es solo otro planeta que gira alrededor del Sol; que nuestro sol es solo una estrella de los cientos de billones en una galaxia, que es solo una de los billones de galaxias visibles; y puede que toda la nube de galaxias en expansión sea solo una pequeña parte de un multiuniverso mucho más grande, cuyas partes serían en su mayoría completamente inhabitables. Como dijo Richard Feynman, “La teoría de que todo está ordenado como un escenario para que Dios observe el combate del hombre entre el bien y el mal parece inadecuada”.
Lo más importante, con diferencia, ha sido el descubrimiento de Charles Darwin y Alfred Russel Wallace de que los humanos provienen de los animales primitivos mediante una selección natural que actúa sobre variaciones aleatorias hereditarias, sin la necesidad de un plan divino que explique el advenimiento de la humanidad. Este descubrimiento llevó a algunos, incluido Darwin, a perder la fe. No sorprende que, de todos los descubrimientos científicos, éste sea el que más sigue molestando a los conservadores religiosos. Puedo imaginarme cuántas molestias sentirán en el futuro, cuando al fin los científicos sepan cómo entender la conducta humana en términos de la química y la física del cerebro y no quede nada que necesite explicarse mediante la posesión de un alma incorpórea.
Nótese que me estoy refiriendo a la conducta, no a la conciencia. Algo puramente subjetivo, por ejemplo lo que sentimos cuando vemos el color rojo o descubrimos una teoría física, parece tan distinto del mundo objetivo descrito por la ciencia que es difícil ver cómo podrán conciliarse. Según lo plantea Colin McGinn:
El problema es integrar la mente consciente en el cerebro físico –cómo revelar una unidad más allá de su aparente diversidad–. Ése es un problema muy difícil, y no creo que nadie tenga buenas ideas sobre cómo resolverlo.
Por otra parte, tanto la actividad del cerebro como la conducta (incluyendo lo que decimos sobre nuestros sentimientos) se encuentran en el mismo mundo de fenómenos objetivos, y no conozco ningún obstáculo intrínseco que les impida integrarse en una teoría científica, aunque está claro que no va a ser fácil. Esto no significa que podamos o debamos olvidarnos de la conciencia, y como hizo B. F. Skinner con sus palomas, preocuparnos solo de la conducta. Sabemos, si es que algo sabemos con certeza, que nuestra conducta es parcialmente gobernada por nuestra conciencia, así que una comprensión de la conducta requerirá necesariamente explicar la correspondencia entre lo objetivo y lo subjetivo. Puede que esto no nos diga cómo lo uno surge de lo otro, pero al menos confirmará que no hay nada sobrenatural acerca de la mente.
Algunos no científicos se aferran a ciertos desarrollos de la física moderna que sugieren la incertidumbre de los fenómenos naturales, digamos la llegada de la mecánica cuántica o la teoría del caos, como señales de un alejamiento del determinismo, en el sentido de que supondría una apertura a la intervención divina o a un alma inmaterial. Estas teorías nos han obligado a afinar nuestro punto de vista sobre el determinismo, pero no de un modo que tenga implicaciones para la vida humana.
Hay una tercera fuente de tensión entre la ciencia y la fe religiosa, más importante en el islam que en el cristianismo. Alrededor del año 1100, el filósofo sufí Al-Ghazali se opuso a la idea misma de unas leyes de la naturaleza, argumentando que tales leyes le ataban las manos a Dios. Según Al-Ghazali, un pedazo de algodón expuesto a una llama no arde ni se oscurece a causa del calor de la llama, sino porque Dios quiere que arda y que se oscurezca. Las leyes de la naturaleza pudieron haberse reconciliado con el islam, considerándolas un resumen de lo que Dios quiere normalmente que pase, pero Al-Ghazali no tomó ese camino.
A menudo Al-Ghazali es descrito como el filósofo islámico más influyente. Me gustaría saber lo suficiente para juzgar qué tanto influyó en el islam su rechazo de la ciencia. En cualquier caso, la ciencia en los países musulmanes, que había guiado al mundo en los siglos IX y X, entró en declive un siglo o dos después de él. Como augurio de este declive, el ulema de Córdoba quemó en 1194 todos los textos médicos y científicos.
Tampoco la ciencia se ha reavivado en el mundo islámico. Hay algunos científicos talentosos que han venido a Occidente desde los países islámicos y que hacen un trabajo enormemente valioso aquí, entre ellos el físico paquistaní Abdus Mohammed Salam, quien en 1979 se convirtió en el primer científico musulmán en ganar un premio Nobel por los trabajos que había hecho en Inglaterra e Italia. Pero en los últimos cuarenta años no he visto ningún artículo, en las áreas que sigo de la física y la astronomía, que haya sido escrito en un país islámico y que valiera la pena leer. Salen miles de artículos científicos de estos países, y puede que me haya perdido algo. Con todo, en 2002, la revista Nature realizó una encuesta sobre ciencia en los países islámicos y descubrió solo tres áreas de excelencia científica allí, las tres orientadas a la práctica más que a la ciencia básica. Eran la desalinización del agua, la cetrería y la cría de camellos.
Algo parecido a la preocupación de Al-Ghazali respecto a la libertad de Dios emergió durante algún tiempo en la Europa cristiana, pero con resultados muy distintos. En París y Canterbury, en el siglo XIII, hubo una ola de condenas a aquellos que enseñaban Aristóteles y que parecían limitar la libertad de Dios para hacer cosas como crear un vacío, construir mundos o mover los cielos en líneas rectas. La influencia de Tomás de Aquino y Alberto Magno salvó a la filosofía de Aristóteles en Europa, y con ella la idea de las leyes de la naturaleza. Pero aunque Aristóteles no siguió condenado, su autoridad había sido cuestionada –por fortuna, ya que no se podía construir nada a partir de su física–. Quizá haya sido el debilitamiento de la autoridad de Aristóteles causada por el clero reaccionario lo que abrió el camino a las primeras aproximaciones hacia las verdaderas leyes de la naturaleza en París, Lisieux y Oxford en el siglo XIV.

Ilustración de Diego Patiño

 

Hay una cuarta fuente de tensión entre la ciencia y la religión que podría ser la más importante de todas. Las religiones tradicionales han confiado por lo general en la autoridad, bien en la de un líder infalible, como un profeta, un papa o un imán, o en la de un conjunto de escrituras sagradas, como la Biblia o el Corán. Quizás Galileo no se metió en problemas solo porque expresara puntos de vista contrarios a las Escrituras, sino porque lo hiciera con tanta independencia, mucho mayor que la de un teólogo que actúa dentro de la Iglesia.

Por supuesto, los científicos confían en autoridades, pero en autoridades muy diferentes. Si quiero comprender algunos puntos clave de la teoría de la relatividad, podría ir a buscar los artículos recientes de los expertos en ese campo. Pero partiría de la noción de que los expertos pueden estar equivocados. Lo que probablemente no haría sería ir a buscar los artículos originales de Einstein, porque hoy cualquier estudiante de postgrado comprende la relatividad general mejor que Einstein. Progresamos. De hecho, la forma en la que Einstein describió su teoría es hoy considerada solo como lo que se conoce en el mercado como una teoría de campo efectiva; es decir, una aproximación, válida para las escalas de larga distancia en las que ha sido probada, pero no bajo condiciones muy reducidas, como el comienzo del big bang. 
En la ciencia tenemos héroes como Einstein, que fue ciertamente el mayor físico del siglo pasado, pero para nosotros no son profetas infalibles. Para quienes respetan en su día a día la independencia intelectual y están abiertos a la contradicción, rasgos que Emerson admiró –especialmente llevados a la religión–, el ejemplo de la ciencia arroja una luz desfavorable sobre la deferencia hacia la autoridad de la religión tradicional. El mundo siempre necesita héroes, pero la pasaría mejor con menos profetas.
El debilitamiento de la creencia religiosa es obvio en Europa occidental, pero puede parecer extraño decir que esto suceda en Estados Unidos. Nadie que exprese dudas acerca de la existencia de Dios podría ser elegido presidente de Estados Unidos. Sin embargo, aunque no tengo ninguna prueba científica al respecto, basándome en la observación personal me parece que mientras muchos fervientes creyentes americanos creen que la religión es algo bueno y se enfadan bastante cuando se la critica, su fe religiosa no es muy estructurada. De vez en cuando, me encuentro hablando con amigos que se identifican con alguna organización religiosa sobre lo que piensan de la vida después de la muerte, o de la naturaleza de Dios, o del pecado. Las más de las veces me dicen que no lo saben y que lo importante no es lo que creas, sino cómo vivas. Esto se lo he oído incluso a un sacerdote católico. Celebro sus sentimientos, pero equivalen más o menos a un distanciamiento de su creencia religiosa.
Aunque no puedo probarlo, sospecho que cuando se les pregunta a los americanos en las encuestas si creen en Dios, en los ángeles o en el cielo o en el infierno, sienten como un deber religioso decir que creen, al margen de que crean realmente. Y desde luego, apenas quedan hoy personas en Occidente que parezcan tener siquiera el mínimo interés en las grandes controversias –arrianos contra atanasianos, monofisitas contra monotelitas, la justificación mediante la fe o las obras–, las cuales se solían tomar tan en serio que inducían a un cristiano a degollar a otro.
Aquí he enfatizado la fe religiosa, la fe en los hechos respecto de Dios o la vida eterna, aunque soy muy consciente de que éste es apenas un aspecto de la vida religiosa, y no es desde luego el más importante. Quizás resalto la fe porque como físico me preocupa profesionalmente averiguar lo que es verdad, no lo que nos hace felices o buenos. Para mucha gente, lo importante de su religión no es un conjunto de creencias sino de otras muchas cosas: un conjunto de principios morales, reglas sobre la conducta sexual, dietas, observancia de días sagrados, etc.; ritos de matrimonio y luto, el consuelo de la filiación con otros creyentes, que en algunos casos extremos permite el placer de matar a quienes tienen filiaciones religiosas distintas.
Para algunos existe también una suerte de espiritualidad sobre la que Emerson escribió y que yo no entiendo, descrita con frecuencia como un sentido de unión con la naturaleza o con toda la humanidad, la cual no implica ninguna creencia específica acerca de lo sobrenatural. La espiritualidad es clave para el budismo, el cual no llama a la creencia en Dios. Aún así, el budismo se ha apoyado históricamente en la creencia en lo sobrenatural, particularmente en la reencarnación. Es el deseo de escapar de la rueda del renacimiento lo que conduce a la búsqueda de la iluminación. Los héroes del budismo son los bodhisatvas, quienes, habiendo alcanzado la luz, vuelven no obstante a la vida con el fin de mostrarle el camino a un mundo envuelto en tinieblas. Tal vez, también en el budismo se ha producido un declive de la fe. Un reciente libro del Dalai Lama apenas si menciona la reencarnación, y el budismo está disminuyendo en Japón, la nación asiática que ha hecho el mayor progreso científico.
Los distintos usos de la religión pueden seguir manteniéndose durante unos pocos siglos incluso después de la desaparición de la fe en todo lo sobrenatural, pero me pregunto cuánto puede durar la religión sin un núcleo de creencia en lo sobrenatural, cuando no aborda nada externo a los seres humanos. Para comparar lo grande con lo pequeño la gente puede acudir a partidos de fútbol americano universitario, en su mayoría porque le divierten las animadoras y las bandas que desfilan, pero dudo que siguieran yendo al estadio los sábados por la tarde si las únicas cosas que sucediesen allí fuesen las animadoras y los desfiles, sin fútbol real, por lo que las animadores y las bandas de música dejarían de existir.

 

No es mi propósito argumentar aquí que el declive de la fe religiosa sea algo bueno (aunque lo creo), o intentar apartar a alguien de su religión, con la elocuencia con que lo han hecho recientes libros de Richard Dawkins, Sam Harris y Christopher Hitchens. Hasta ahora, en mi vida, al defender que se gastara más dinero en la investigación científica o en educación superior, o al argumentar contra el gasto en misiles balísticos o contra enviar a la gente a Marte, creo que he logrado el récord perfecto de no haber hecho a nadie cambiar de punto de vista. Más bien quiero ofrecer unas pocas opiniones, a partir de mi inexperiencia, para aquellos que ya han perdido sus creencias religiosas, o quienes puedan estar perdiéndolas, o teman que vayan a perderlas, sobre cómo se puede vivir sin Dios.

Primero, una advertencia: deberíamos cuidarnos de los sustitutos. Se ha señalado con frecuencia que los mayores horrores del siglo XX fueron perpetrados por regímenes –el de Hitler en Alemania, el de Stalin en Rusia y el de Mao en China– que mientras rechazaban algunas o todas las enseñanzas de la religión, copiaron sus peores características: líderes infalibles, sagradas escrituras, rituales masivos, ejecución de apóstatas y un sentido de comunidad que justificaba el exterminio de los ajenos a dicha comunidad.
Antes de graduarme conocí a un rabino, Will Herberg, que estaba preocupado por mi carencia de fe religiosa. Me advertía que debíamos adorar a Dios, porque de lo contrario comenzaríamos a adorarnos los unos a los otros. Tenía razón sobre el peligro, pero yo sugeriría una cura diferente: deberíamos quitarnos el hábito de adorar cualquier cosa.
No voy a decir que es fácil vivir sin Dios y que la ciencia es todo lo que se necesita. Para un físico, supone de hecho un gran disfrute saber cómo podemos usar las bellas matemáticas para entender el mundo real. Luchamos por comprender la naturaleza, creando una gran cadena de institutos de investigación, desde el Museo de Alejandría a la Casa de la Sabiduría en Bagdad y a los actuales CERN y Fermilab. Pero sabemos que nunca llegaremos al fondo de las cosas, porque cualquiera que sea la teoría que unifique todas las partículas y fuerzas observadas, nunca sabremos por qué es esa teoría la que describe el mundo real y no otra.
Peor aún, la visión de mundo de la ciencia es bastante escalofriante. No solo no le encontramos ningún fundamento a la vida en la naturaleza, sino que tampoco encontramos una base objetiva para nuestros principios morales, ni la correspondencia entre lo que pensamos que son la ley moral y las leyes de la naturaleza del modo imaginado por los filósofos, desde Anaximandro y Platón hasta Emerson. Sabemos incluso que las emociones que más apreciamos, el amor a nuestras esposas, maridos y niños, son posibles gracias a procesos químicos de nuestros cerebros, que son lo que son como resultado de una selección natural basada en mutaciones aleatorias durante millones de años. Y sin embargo, no hay que hundirse en el nihilismo o reprimir nuestras emociones. En el mejor de los casos, vivimos en el filo de una navaja entre la ilusión y la desesperación.
¿Qué podemos hacer, entonces? Una cosa que ayuda es el humor, cualidad que no abundaba en Emerson. Así como nos reímos con simpatía, y no con desprecio, cuando vemos a un niño de un año luchando por mantenerse erguido, podemos sentir una alegría comprensiva hacia nosotros mismos, tratando de vivir equilibrados sobre el filo de la navaja. En algunas de las mejores tragedias de Shakespeare, justo cuando la acción está a punto de alcanzar un clímax insoportable, los héroes trágicos son enfrentados a un “mecánico tosco” que aporta observaciones cómicas: un sepulturero, un guardián, un par de jardineros o un hombre con una cesta de higos. La tragedia no disminuye, pero el humor la pone en perspectiva.
Luego están los placeres ordinarios de la vida, que han sido despreciados por los fanáticos religiosos, desde los anacoretas cristianos en los desiertos de Egipto hasta los actuales talibanes y los seguidores de Muhammad al Mahdi. Visitar Nueva Inglaterra a principios de junio, cuando los rododendros y las azaleas brillan a lo lejos, recuerda lo hermosa que puede ser la primavera. Y no despreciemos los placeres de la carne. Nosotros que no somos fanáticos podemos regocijarnos con que el pan y el vino sigan siendo pan y vino aunque ya no sean sacramentos.
Están también los placeres que nos traen las bellas artes. Creo que aquí es donde vamos a perder algo con el declive de la fe religiosa. En el pasado ha surgido una cantidad de gran arte inspirado en la religión. Por ejemplo, no puedo imaginar la poesía de George Herbert o Henry Vaughn o Gerard Manley Hopkins siendo escrita sin una sincera fe religiosa. No obstante, nada impide que aquellos que no creemos disfrutemos de la poesía religiosa, como no ser ingleses no les impide a los americanos disfrutar de los discursos patrióticos de Ricardo II o Enrique V.
Quizá nos entristezca que no se siga escribiendo gran poesía religiosa en el futuro. Ya estamos viendo que poca poesía escrita en inglés en las décadas recientes le debe algo a la creencia en Dios, y en algunos casos en los que la religión aparece, como en los poetas Stevie Smith o Philip Larkin, es su rechazo a la religión lo que les proporciona inspiración. Pero, por supuesto, se puede escribir muy buena poesía sin religión. Shakespeare da un ejemplo; ninguna de sus obras me parece mostrar la más leve insinuación de inspiración religiosa. Dados Ariel y Próspero, vemos que los poetas se las arreglan sin ángeles ni profetas.

 

No creo que tengamos que preocuparnos de que el abandono de la religión nos conduzca a un declive moral. Hay un montón de personas sin fe que viven vidas moralmente ejemplares (como yo, por ejemplo), y aunque la religión ha inspirado a veces estándares éticos admirables, también ha promovido los más horrendos crímenes. En cualquier caso, la fe en un creador omnisciente y omnipotente del mundo no tiene en sí misma ninguna implicación moral –es cosa de cada uno decidir si es correcto obedecer sus mandamientos–. Por ejemplo, incluso alguien que crea en Dios puede sentir que Abraham se equivocó en el Antiguo Testamento al obedecer a Dios y aceptar sacrificar a Isaac, y que Adán en el Paraíso perdido hizo bien al desobedecer a Dios y comer de la manzana después de Eva y así poder estar junto a ella cuando fue expulsada del Edén. Los jóvenes que estrellaron los aviones en los edificios de Nueva York o explotaron las bombas entre la multitud en Londres, Madrid o Tel Aviv no solamente eran estúpidos al pensar que ésas eran las órdenes de Dios, sino que, incluso en el supuesto de que ésas fueran las órdenes que Él daba, fueron malvados al obedecerlas.

Cuanto más reflexionamos sobre los placeres de la vida, más nos perdemos del mayor consuelo que solía proporcionar la fe religiosa: la promesa de que nuestras vidas continuarán después de la muerte y que en la vida eterna nos reuniremos con las personas que hemos querido. Según afloja la fe, cada vez somos más los que sabemos que después de la muerte no hay nada. Ésta es la hamletiana cuestión que nos convierte a todos en cobardes.
Cicerón ofreció consuelo en De senectute, sosteniendo que era estúpido temer a la muerte. Después de más de dos mil años sus palabras siguen sin tener el mínimo poder para consolarnos. Philip Larkin fue mucho más convincente sobre el miedo a la muerte:
Ésta es una forma especial de tener                                  
miedo
No hay trucos que lo disipen. La
religión solía usar
Ese gran brocado musical comido de                                               
polillas
Creado para fingir que nunca
moriremos,
Y la treta sofista que dice Ningún ser                             
racional
puede temer lo que no siente y no ve.
Es eso lo que tememos: no ver, ni oír
Ni tocar ni saborear ni oler, nada en                               
qué pensar,
Nada qué amar o a lo que unirse,
la anestesia de la que nadie regresa.
 
Vivir sin Dios no es fácil. Pero la propia dificultad le ofrece a uno otro consuelo: que hay un cierto honor, o quizá solo una enferma satisfacción, en enfrentarnos a nuestra condición sin desesperarnos y sin falsas ilusiones, con buen humor, pero sin Dios.

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