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Literatura

Ser un editor

Traducción de Sandra L. Patarroyo

Depositarios de ningún secreto y poseedores de ningún talento, los editores parecen no ser tan poderosos como suele creerse. Uno de ellos, veterano y exitoso, confiesa un par de verdades infames sobre el oficio.

Ilustración de Fernando Vicente

A ti te gusta un libro; a mí no. Discutimos durante una hora pero no logramos convencernos el uno al otro. Podríamos haber estado discutiendo perfectamente acerca de cuál político merece nuestro voto, cuál equipo de básquetbol ganará en las finales o cuál actriz es más bonita. Somos simples ciudadanos, y no profesionales, en lo que a mantener nuestras opiniones se refiere. Nada importante resulta de lo que pensemos acerca de un libro, aparte del hecho extremadamente local de comprar o no un ejemplar (y del hecho no menos local de decirles a nuestros amigos y familiares que compren, o no, uno).

Los editores –creemos– son diferentes de nosotros en este aspecto: sus opiniones cuentan. Como expertos en literatura, ellos se especializan en encontrar las joyas entre la basura. Como editores expertos, están en capacidad de determinar cuál libro entre cien llegará a la lista de los más vendidos, se convertirá en una película de Spielberg y ganará un dineral para el editor (y para el autor). Las opiniones del editor deben basarse tanto en la experiencia como en el talento. De otro modo ¿por qué se le pagaría para tener esas opiniones? Si a una persona se le paga para hacer algo, suponemos que debe saber sobre ello. 
Sin duda, las opiniones de los editores cuentan para los escritores que quieren que les publiquen sus manuscritos. Si un chofer de bus, un mesero, un vendedor de seguros o un plomero aprueba el manuscrito, usted probablemente estará complacido, pero quizá no irá a celebrarlo con una botella de champaña.
Cuando empecé a trabajar en editoriales comprendí, para mi sorpresa, que las opiniones de los editores usualmente no son más sabias que aquellas de los choferes de bus, los meseros, los vendedores de seguros o los plomeros. Los editores pueden discutir entre ellos durante una hora, y aun así, no llegar a ponerse de acuerdo. Hacen predicciones acerca del éxito o fracaso de un libro con un tino no mayor que el que usted o yo podemos tener. Se decepcionan constantemente, se sorprenden o quedan perplejos por lo que pueda o no pasar después de que un libro salga al mundo con su tapa colorida y brillante.
Una vez le pregunté a un editor veterano (había estado en el medio durante aproximadamente treinta años ...

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Autor de ciencia ficción. También trabaja como editor en Harcourt.

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