Google+ El Malpensante

Ficción

Lazos

Traducción de Patricia Torres

Un cuento de Tim Keppel

Ilustración de Henry Rodríguez Herrera

Los de la mudanza se acaban de ir –dijo mamá con entusiasmo, cuando llamó ese primer día–. Ya estoy completamente instalada.

A comienzos de los ochenta, cuando yo vivía en Raleigh, recién casado con mi primera mujer, mi madre decidió irse a vivir allá también. Mi primera reacción fue ¿Qué? Pensé que me la había quitado de encima cuando me fui a estudiar a la universidad. Y de repente ahí estaba de nuevo, otra vez metiéndose en mi vida.
Después de graduarme, viajé y viví en distintas partes del país y quería seguir llevando una vida itinerante y desarraigada y, en mi opinión, aventurera. Mi situación actual solo era temporal, me decía. Después de casarnos (a lo cual accedimos sobre todo para tener la bendición de la familia de Lauri), sus padres nos dejaron quedar prácticamente sin pagar arriendo en una casita que tenían en la misma cuadra. El plan era que viviéramos ahí durante un año o dos, ahorrar algo de dinero y marcharnos después para algún lugar nuevo y exótico.
Pero el “año o dos” se convirtieron en tres o cuatro. Yo trabajaba medio tiempo en empleos varios –preparando sándwiches, como ayudante de sala de videojuegos, como obrero de construcción– y trataba de “hacer una carrera” como creador de videos, lo cual no estaba resultando tan bien como yo esperaba. Además, Lauri había empezado a parecer menos entusiasta respecto a la idea de marcharnos. Continuamente surgían asuntos familiares –la muerte de su abuelo, el nacimiento del bebé de su hermana– que parecían tener un efecto cada vez más adhesivo sobre ella.
Yo me habría sentido todavía más desesperado con la situación si no me hubiera topado con un interés nuevo para mí. Aunque en el pasado solía ser más bien apolítico, había sufrido un cambio, impulsado en parte por el hecho de hacer esos trabajos menores y tener mucho tiempo para contemplar el tema de la injusticia económica. Mis lecturas se habían volcado sobre libros del estilo de La autobiografía de Malcolm X y El golpe de Estados Unidos en Guatemala. Luego, mientras buscaba en los clasificados, me encontré con la oferta de un empleo de medio tiempo con un grupo que abogaba por la paz y la justicia. Estaban buscando a alguien que se ocupara de temas como los inmigrantes que llegaban a trabajar al campo, la pena de muerte y Centroamérica.
Fue un verdadero avance con respecto a esos otros trabajos esclavizantes y sin sentido y me entregué a él por completo: leía todos los correos, distribuía peticiones, participaba en manifestaciones, al tiempo que conocía gente interesante. Todo esto me dio una nueva identidad, distinta de la de ser simplemente un “artista fracasado”, que observaba la manera como los amigos y parientes que habían tomado caminos más convencionales tenían carreras exitosas.
–Me encanta estar aquí –siguió diciendo mamá con entusiasmo–. ¿Cuándo van a venir a cenar tú y Lauri?
Respiré profundo.
–Pues, mamá, estamos como ocupados.
Aunque mi mamá decía que se había mudado a Raleigh para escapar de la mentalidad cerrada de Laurel y tener la oportunidad de estar entre gente más progresista para variar, parecía bastante obvio que la verdadera razón era estar cerca de nosotros. (Mi hermano y mi hermana estaban estudiando en universidades cercanas, aunque todos nos íbamos a marchar de allí en poco tiempo y ella volvería a quedarse sola.)                                                  
Mamá insistió tanto, que accedimos a hacerle visita. La casa de ladrillo tenía dos pisos y estaba ubicada en un lote sombreado por pinos altísimos, con un enorme magnolio en frente. A sus cincuenta y cinco, mamá aprovechó el derecho a tener una única deducción de impuestos en la venta de su casa principal, la casa donde crecimos, la cual vendió por una buena suma (era hábil negociante). Puso la mitad del dinero en el banco para vivir de él y con la otra mitad compró esta casa.
Después de hacernos un recorrido, nos contó cuál era el programa del día. Como siempre, tenía todo planeado. Primero iríamos al museo de arte, luego a un restaurante y después a un espectáculo musical, del cual ya había comprado los boletos.
Nosotros tratamos de poner buena cara. Lauri demostró una paciencia impresionante, aun cuando mi madre comenzó a interrogarla sobre lo que estaba haciendo (trabajando en un vivero) y a preguntarle por qué diablos no hacía algo con sus habilidades para la decoración de interiores o el diseño de ropa. Podría empezar su propio negocio. Mamá la ayudaría en todo lo que pudiera. Lauri sólo asentía, mientras me lanzaba miradas suplicantes.
Luego, cuando ya estábamos de salida, mamá me llamó aparte y dijo:
–¿Crees que esa blusita que tiene Lauri sea apropiada para ir al museo?
Yo dije que claro. Pero Mamá dijo:
–Le voy a traer una de mis blusas para que se la ponga encima.
Cuando se lo dije a Lauri, su paciencia se evaporó. Mi madre bajó con la blusa, casi idéntica a todas sus otras blusas: tenía un vivo estampado de flores y era azul turquesa.
–No me voy a poner eso –me dijo Lauri en voz baja.
–Sólo recíbela –susurré–. No tienes que ponértela. Ya veremos qué nos inventamos.
Pero Lauri no quería recibirla, así que yo lo hice. Luego, cuando ya estábamos en la puerta, Lauri sugirió que nosotros dos nos fuéramos en nuestro carro, para no quedar “atrapados”. Cuando traté de disuadirla, ella insistió, así que le dije a mi mamá que me iría con Lauri.
–Eso es una ridiculez –dijo mamá–. ¿Para qué vamos a llevar dos carros, si cabemos en uno solo?
–Para no tener que incomodarte, si pasa algo y tenemos que irnos antes.
–Eso es estúpido. ¿Qué puede pasar? Súbete. Ella se puede ir detrás de nosotros en el otro carro.
Traté de tranquilizarme.
–Un segundo. Voy a hablar con Lauri.
A Lauri tampoco le gustó la idea.
Quedé atrapado entre la espada y la pared: tenía que escoger. Escogí a Lauri.
–Te seguimos –le dije a mi mamá.
Mamá estaba furiosa. Se le notaba en la rigidez del cuello al manejar. Enloquecedoramente despacio. Pasivo-agresiva.
–Tal vez lo mejor sea que te deje en el museo y me vaya a casa –dijo Lauri. Y así lo hizo.

Después de eso, la llamadera continuó. Mamá solo conocía a unas pocas personas en Raleigh, gente que le habían presentado en congresos y cosas por el estilo, así que comenzó a apoyarse en nosotros. Desafortunadamente, de los tres hijos yo era el único al que podía llamar sin tener que pagar el recargo de larga distancia y, dada su mezquindad, eso tenía mucho peso. Además, para mi mamá era inconcebible que alguien no agradeciera su dedicación y cariño.

Comencé a desesperarme y quise irme lo antes posible. Cada vez que le planteaba el tema, Lauri asentía, pero noté que ella nunca lo planteaba por iniciativa propia. Claro, su abuelo se había muerto y su hermana había tenido el bebé, así que yo seguía dándole tiempo, pero ya no había más plazo.
Entonces un día le dije:
–Bueno, con mi mamá viviendo aquí ahora sí que nos tenemos que ir. A Arizona, a San Francisco, a Filadelfia. Adonde quieras.
Lauri asintió.
–No veo mucho entusiasmo. Pero no te vas a arrepentir. Créeme. Cuanto más nos quedemos aquí, más difícil será irse después. Éste es el momento. Carpe diem.
Lauri asintió.
–Esto es una locura. Fijemos una fecha definitiva. Un mes. Un mes a partir de hoy, ¿vale?
Lauri asintió.
–Listo, cerremos el trato.
Lauri me dio la mano, pero no me la apretó.
Traté de sacar esas preocupaciones de mi cabeza y me sumergí en mis nuevas actividades políticas. A través del trabajo supe de un grupo llamado Proyecto de Prisiones y Cárceles. Comencé a asistir a las reuniones del grupo en mi tiempo libre. Los líderes eran Jamie, un tipo muy culto con una chivera leninesca que yo comencé a imitar, y Joan, una mujer recientemente divorciada, de cabello rizado y llena de collares de chaquiras, a la que llevé una vez a su casa. Estaban organizando una manifestación nocturna con velas para protestar por la ejecución de Thelma Barfield, la primera mujer que sería ejecutada en el país en casi veinte años. Alguien planteó la idea de buscar gente que visitara al resto de los treinta y nueve presos que esperaban la pena de muerte en Carolina del Norte, muchos de los cuales no recibían visitas. Yo expresé interés y me asignaron a un tipo llamado John Noland.
Días después, llamó mamá.
–Evelyn Dixon me contó que vas a participar en la manifestación a favor de Thelma Barfield. Tal vez podríamos ir juntos.
Quería coger la pared a puñetazos. ¿Alguna vez me dejaría vivir mi puta vida?, pensé, consciente de que me estaba portando como el adolescente al que le da vergüenza que lo vean en público con su madre. ¡Qué desgracia que nuestras opiniones políticas fueran similares! Me habría encantado tener opiniones diametralmente opuestas. Casi al punto de ir en contra de mis propias convicciones. La única manera de oponerse a mi madre era ser más radical que ella.
Fui a visitar a John Noland en la Cárcel Central. Era una vieja estructura de granito de estilo gótico, no lejos del centro de Raleigh, rodeada de un inmenso prado y una cerca doble coronada con alambre de púas. Las garitas de los guardias se elevaban muy altas. En la recepción, los vigilantes verificaron mi nombre en una lista y me llevaron a un área totalmente cerrada, con varios cubículos pequeños en los que uno podía mirar a través de un vidrio gruesísimo y hablar por un micrófono.
Un guardia trajo a John hasta el otro lado del cubículo y cerró la puerta. John era un tipo corpulento, de barba y prematuramente canoso (¿por qué iba a morir prematuramente?, me pregunté de manera irracional). Parecía amable y, de hecho, nunca tuvo problemas con la ley antes de “esto”.
Hay una cosa que no debes hacer nunca, me había dicho Jamie, el director del grupo. No le preguntes acerca de su crimen. Trata de verlo como un ser humano y no como alguien que hizo tal o cual cosa. ¿Acaso a ti te gustaría que alguien te preguntara sobre la peor cosa que has hecho en la vida? Como siempre, estuve de acuerdo con Jamie (de ahí el progreso de mi nueva chivera), pero eso no sació mi curiosidad.
Era evidente que John estaba complacido con la visita. Dijo que no había recibido ninguna en muchos años. Hablamos sobre el clima (¡caliente!), sobre comida (le estaba saliendo barriga), deportes (era hincha del equipo de baloncesto de Carolina) y las condiciones de vida en la cárcel (mucho aislamiento). Yo le conté un poco sobre mí. Pareció interesado en mi relación con Lauri, en cuánto tiempo llevábamos juntos, en cómo nos entendíamos. Dijo que él había tenido una vida muy bonita con su esposa y sus dos hijas y que vivían en la misma calle de sus suegros (me sentí identificado), quienes habían sido como una familia para él; de hecho, la única familia que había tenido. Hasta que un día su esposa huyó a California con otro y se llevó a sus dos hijas con ella. Después de eso, el resto de la familia de ella también le volteó la espalda, así que perdió a todo el mundo de un solo golpe.
–No quiero hablar de lo que pasó –dijo John–. Pero dejaré una copia de las transcripciones del juicio con los guardias. Quiero que leas la parte donde mi abogado trata de explicar mi estado mental.
Acepté y le pregunté si podía recibir libros. Dijo que sí, pero que los guardias tenían que revisarlos. Cuando me iba, me dijo que le había gustado mucho la visita y que tenía un amigo al que también le gustaría recibir visitas. Su nombre era Ricky Boyd. John pronunció el nombre como si fuera una sola palabra: Rickyboyd.
Cuando llegué a casa y abrí la puerta de anjeo, Lauri se estaba secando el pelo. Tenía un hermoso cabello largo, oscuro y sensual, que olía a limpio esa tibia noche de verano. Las cigarras estaban en pleno concierto y la noche traía aromas a pasto recién cortado y a madreselva. Lauri se mostró muy interesada en mi visita a la cárcel. Incluso se ofreció a visitar a Ricky Boyd. Me gustó mucho verla tan entusiasmada. Ella siempre era bastante apolítica, pero a medida que comencé a involucrarme, ella también lo hizo.
En realidad no había muchas diferencias entre nosotros. Lauri fue mi primer amor. Antes de conocerla, nunca salí más de dos veces con la misma chica. Después de la segunda cita se evaporaban los temas de conversación, pero con Lauri nunca parábamos. Quería saberlo todo sobre ella, sobre su mejor amiga de la infancia, su primer novio y su amor por su padre, un tipo grande, encantador y buena gente, al que yo ansiaba causarle una buena impresión.
Lauri y yo íbamos juntos a todas partes en nuestro viejo Chevrolet Vega. A ella le gustaba manejar y a mí me gustaba beber mientras ella manejaba, así que éramos la pareja perfecta. Viajábamos a las montañas, nos quedábamos en moteles baratos y nos íbamos a caminar por el bosque. O a la playa, a hacer body surf, a pescar en el muelle o a explorar los pueblitos del camino. Éramos jóvenes, apenas estábamos comenzando. No me podía imaginar la vida sin ella. Por eso era tan perturbador el desacuerdo sobre la idea de marcharnos. Tal vez ella esperaba que mis nuevos intereses me ataran más a Raleigh y así ella no tendría que elegir.

Ilustración de Henry Rodríguez Herrera

Un día me sorprendió recibir una carta de Quién es Quién en el Sur. Me invitaban a llenar un formato para ser considerado en su libro.

–¡Caramba! ¡Magnífico! –dijo mi mamá cuando hablamos por teléfono.

–Me pregunto de dónde sacaron mi nombre –dije.
–No sé.
–Mamá...
Yo sabía que mi mamá era capaz de recurrir a un engaño para lograr lo que quería, en especial si pensaba que no iba a ser descubierta.
–No tengo idea –dijo–. Pero mándalo. Yo sé que te van a seleccionar.
 Ése era un rasgo muy típico de mi mamá: su confianza en mí era infinita.
–Mamá, esto es una farsa, un fraude. Además, yo no estoy calificado.
–¿De qué hablas? ¿Quién está mejor calificado que tú? ¿Quién se graduó Phi Beta Kappa? ¿Quién ha hecho tres videos maravillosos, dos de los cuales ganaron concursos estatales?
–La mención de honor –dije–. Mamá...
Pero ella no se daba por vencida. Seguía llamando y preguntando si había enviado el formulario.
–Seguro que solo es una formalidad –dijo–. No te habrían contactado si tu nombre no estuviera ya en consideración.
–Pero ¿cómo consiguieron mi nombre?
–Probablemente lo sacaron de la lista de Phi Beta Kappa.
–Mamá, por favor olvídalo.
–Ca-arl, tienes que promoverte. Necesitas darte a conocer. Por eso no se han fijado suficientemente en ti. Eres demasiado pasivo. ¿Cómo se va a dar cuenta la gente de quién eres si no publicitas tu nombre?
Mamá siempre había vivido obsesionada con el éxito, para ella y para sus hijos, especialmente para mí, su primogénito. Esa era una de las cosas que me gustaban de la familia de Lauri. Su padre era un vendedor itinerante de pinturas y su madre trabajaba en un laboratorio de alimentos. A ellos no les preocupaba el éxito. Solo les interesaba sostenerse y estar juntos. Eso me parecía muy refrescante. Cuando estaba con ellos, no sentía más presión que la que yo mismo me ponía. Sin embargo, una parte de mí (¿tal vez la parte que moldeó mi mamá?) se sentía insegura e inquieta con ese tipo de vida relajada y sin ambiciones, y por eso quería irme con Lauri a buscar algo nuevo.
En la siguiente visita a la cárcel, Lauri fue conmigo. Nos llevaron a la sala de visitas, donde cada uno entró a un cubículo. John estaba contento de verme y de que Lauri estuviera visitando a Ricky Boyd. Le conté a John que le había llevado algunos libros. Tal vez estaba haciendo proselitismo, pensando que podría causar un gran efecto sobre él al introducirlo a la gran literatura, pero elegí libros como Crimen y castigo, Los miserables y Servidumbre humana. Él dijo que había dejado las transcripciones del juicio con los guardias y que podía recogerlas a la salida.
En el camino a casa, escuché atentamente mientras Lauri me contaba acerca de Ricky Boyd. Lo describió como un hombre con un cuerpo fibroso, de pelo negro y más bien atractivo, muy conversador y amigable.
–¿Te coqueteó? –pregunté, mientras hacía el esfuerzo de parecer indiferente.
–Fue muy gentil.
–¿Por qué está ahí? –sí, ya sé. Estaba rompiendo la regla de oro de Jamie.
–Apuñaló a su ex novia 16 veces en un parqueadero.
Agarré el timón con fuerza.
–¿Vas a volver a verlo?
–La próxima semana.
Cuando llegamos a casa, me senté a leer las transcripciones del juicio de John. Ahí, en el tire y afloje del interrogatorio, me enteré de que John comenzó a llamar a California insistentemente, para tratar de convencer a su esposa de que regresara. A veces le contestaba un hombre y John sabía que ese hombre estaba con su mujer en la cama, ahí, en frente de sus hijas. Se estaba enloqueciendo. No comía ni dormía. Perdió el empleo en la fábrica. Y cuando veía a sus ex suegros en la casa de al lado, preparando parrilladas en el asador que su suegro había fabricado con el cascarón oxidado de una cortadora de pasto, sabía que no estaba invitado y que, si se presentaba, le pedirían que se marchara.
Se desesperó. Comenzó a suplicar. Luego comenzó a amenazar. Le dijo a su mujer que si no regresaba, él iba a matar a su familia. Ella lo ignoró. Una noche se sorprendió sentado en un carro, a una cuadra de la casa, con las manos temblorosas y el pelo de la nuca erizado. En el piso del carro había una Smith and Wesson. No estaba seguro de lo que había hecho, pero sabía que había sido algo terrible. Más tarde se enteró de que había entrado a la casa de sus ex suegros mientras estaban durmiendo y había matado al padre, a la madre y a la hermana de su esposa.
Y luego, de la nada, Lauri me dijo que iba a comenzar un nuevo trabajo. Iba a trabajar como ayudante de su cuñado, un plomero. A mí me pareció bien que Lauri, que antes del vivero enseñaba ballet, trabajara en una profesión de hombres como la plomería. Yo no veía nada malo en eso. Pensé que era genial. Pero ¿por qué iba a empezar un nuevo trabajo justo dos semanas antes de irnos? ¿Quizás para ahorrar un poco de dinero para el viaje? Pero no hablamos de esas cosas porque tal vez saldría a flote algo que no queríamos oír.
Mamá intentó una nueva estrategia para tratar de acercarse a mí. Tal vez al creer que Lauri era el principal obstáculo en su camino, comenzó una campaña para ganársela. Primero la invitó a ir de compras. Luego al ballet. Y todo el tiempo la estaba adulando y llenándole la cabeza con imágenes de una maravillosa carrera en decoración de interiores, la cual ella estaría encantada de ayudar a promover. Fue a través de Lauri que dispuso las cosas para que nos encontráramos en la manifestación por Thelma Barfield.
–¿Qué podía decir? –me preguntó Lauri.
La protesta empezó a las once de la noche y la ejecución estaba programada para las dos de la mañana. Fue todo un espectáculo. Los reflectores creaban una atmósfera de juego nocturno, había cámaras de televisión por todas partes y un vendedor que ofrecía Gatorade y maní. Entre la multitud se respiraba un aire de expectativa morbosa y espeluznante. Al otro lado de la calle, frente al grupo de manifestantes armados de velas, se reunió una congregación de ruidosos defensores de la pena de muerte, que llevaban pancartas con letreros como “Ojo por ojo” y cantaban vítores como los que se usan para apoyar a los equipos de fútbol, como “Hola, hola y adiós”.
En lo alto, el rítmico golpeteo en las ventanas de las celdas resonaba en medio del aire frío y húmedo. Miraba todo el tiempo hacia arriba y me preguntaba cuál sería la celda de John. A medida que se aproximaban las dos de la mañana, nuestro grupo formó un círculo alrededor de un montón de velas organizadas de manera que formaban la palabra “esperanza”. Las velas se apagaron cuando se extinguió la vida de Thelma Barfield. Antes de morir, Barfield, que confesó haber envenenado a su prometido, a su madre y a dos ancianas que cuidaba, pidió perdón por última vez por “todo el daño que causé”.

Yo estaba en la cocina, cortando una cebolla, cuando Lauri entró.

–En una semana nos vamos –dije.

Lauri asintió con la cabeza.
–¿Ya les contaste a tus padres?
–Todavía no –Lauri me dio la espalda y abrió un gabinete.
–¿Cuándo piensas contarles?
–En el último minuto.
Cerró ese gabinete y abrió otro.
–¿Por qué?
–Para no tener tiempo de sentir su decepción.
Yo sacudí la cabeza.
–Francamente no creo que vaya a suceder.
–¿Qué?
–No creo que vayas a ser capaz.
Cerró el gabinete sin sacar nada.
–No quiero que lo hagas solo por mí –dije.
Un largo silencio. Lauri clavó la mirada en el suelo.
–¿No podemos esperar un poco más?
El taburete salió volando antes de que yo me diera cuenta de que le había dado una patada.
–¡Mierda! ¡Lo sabía! Me has estado tomando del pelo todo este tiempo.
Lauri comenzó a temblar. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Los labios se le pegaron y
tuvo que lamérselos para despegarlos.
–Está bien. Nos iremos. ¿Okey?
–¡Hijueputa! –rugí y apreté los puños tan duro que temblaron.
Al día siguiente llegó una carta:
“¡Felicitaciones! Usted ha sido seleccionado para aparecer en el próximo Quién es Quién en el Sur. Por favor marque en el siguiente desprendible cuántos ejemplares le gustaría recibir a un precio especial de 150 dólares”.
Pero ¿cómo me habían podido seleccionar si nunca envié el formulario?
La siguiente vez que fui a la cárcel, Lauri me acompañó. John me dijo que había empezado varios de los libros que le dejé, pero que el único que no pudo soltar hasta que lo terminó fue Servidumbre humana. Se había sentido tremendamente conmovido por el protagonista, un “lisiado” (Somerset Maugham, el autor, era tartamudo) que termina dominado y destruido por su amor obsesivo hacia una mujer que es cruelmente indiferente con él.
De manera similar, John parecía ser el tipo de persona reservada y sensible que es susceptible de caer en el maltrato. En las transcripciones del juicio su abogado trató de sostener que el atormentado estado mental de John era un factor atenuante para determinar la sentencia.
¿Y qué hizo usted después de perder su trabajo?
Me quedé encerrado en la casa, enloqueciéndome.
¿Qué quiere decir con “enloqueciéndose”?
No me bañaba... espiaba a través de las cortinas... me daba golpes contra las paredes...
Le conté a John que había leído las transcripciones. Él asintió. Luego le conté que Lauri y yo nos íbamos a separar. Le dije que en unos pocos días me iría para Filadelfia y que ella no me iba a acompañar.
Los ojos de John se llenaron de terror. Y luego de inmensa tristeza y compasión. Reaccionó como si fuera su propia relación la que se estuviera acabando, como si fuera su propio corazón el que se estuviera partiendo en dos. Él parecía darse cuenta, aun mejor que yo, del doloroso camino que me esperaba.
Esas últimas noches dormí en el suelo. O traté de dormir. No dormí en la cama porque no quería perder la determinación. Lo que empeoraba la situación era que Lauri había empezado a dormir sin camisa, dejando que la sábana se deslizara por sus senos a la luz de la luna.
El día que me fui fue el día más duro de mi vida. Mientras empacaba no podía pensar. Me movía de manera mecánica. Más tarde tendría tiempo de pensar, me dije. Pero cuando cogí camino, seguía sin poder pensar en lo que estaba haciendo. El corazón me dolía demasiado. Para aliviar el dolor, traté de convencerme de que no era tan definitivo como parecía. Tal vez yo terminara cambiando de opinión y pidiéndole a Lauri que se reuniera conmigo en Filadelfia. O tal vez encontrara a la mujer perfecta para reemplazarla. O tal vez, después de cinco o diez años, después de que los dos hubiéramos explorado otros caminos y conocido a otra gente, después de que hubiéramos olvidado todo esto, nos volveríamos a encontrar, en otra etapa de la vida, y viviríamos felices para siempre.
Más tarde supe que Lauri fue a ver a mi madre poco después de que me fui. Estaba bastante afectada. Quería saber por qué la había abandonado. Mi mamá le dijo que yo no estaba satisfecho con mi vida, que necesitaba cambiar algo y que nuestra relación fue la única cosa que pensé que podía cambiar. Durante mucho tiempo me molestó que mi madre le hubiera dicho eso a Lauri, pero luego decidí que, después de todo, no era una respuesta tan mala.
En Filadelfia conseguí empleo en un refugio para la gente de la calle y seguí trabajando en un guión. Un amigo de la universidad, la única persona que conocía en la ciudad, me dejó dormir en el piso de su casa. El dolor no cedía. A veces podía encontrar alivio en la bebida o la charla, pero siempre estaba ahí. Veía imágenes de Lauri durmiendo sola en nuestra cama, o con alguien más. Vivía con la tentación permanente de llamarla y pedirle que me volviera a recibir, pero sentía que debía resistir.
Me crucé varias cartas con John. Las de él eran largas y escritas con mucho cuidado, en esas hojas de papel rayado que me recordaban la escuela. Lamentablemente, las mías eran mucho más cortas. Él me contaba detalles de su vida diaria, hacía comentarios deportivos y me contaba sobre Ricky Boyd: yo me fruncí cuando leí ese nombre. Pero me alegró que John se abstuviera de mencionar si Lauri seguía visitándolo. De hecho, él evitaba discretamente todo el tema de Lauri. Me sentí mal cuando dejé de contestarle, pero no podía pensar en John sin recordar el dolor y la compasión que reflejaron sus ojos cuando le conté que iba a dejarla.
Alquilé un pequeño estudio en una raquítica torre de apartamentos en el área de Center City. Prefería el ruido del tráfico al silencio, que se parecía mucho a la soledad. La misma semana en que me mudé sin tener prácticamente ningún mueble, mi amigo me llamó para contarme que Lauri había aparecido en Filadelfia para pasar el fin de semana. Había ido a visitar a la ex esposa de mi amigo, dijo él. Eso me sorprendió, pues Lauri no era realmente muy amiga de la ex mujer de mi amigo. La ex mujer de mi amigo le dijo que Lauri estaba disponible, por si yo quería ir a verla. Claro que quería verla. Pero yo acababa de alquilar el apartamento y de pagar el primero y último mes de arriendo, más el depósito. Además, tenía una gripa horrible. (Dicen que en esas ocasiones las defensas se le bajan a uno.) Así que le dije a mi amigo que le dijera a su ex mujer que le dijera a Lauri que no. Tenía miedo de perder la determinación.

Ilustración de Henry Rodríguez Herrera

Entretanto, mi madre me mantenía al día sobre todo lo que sucedía en Raleigh: el grupo de trabajo para Cen­troa­mérica, el movimiento de protesta a favor de los trabajadores inmigrantes, etc. Y yo escuchaba con impaciencia, a la espera de oír las últimas noticias de Lauri, aunque una parte de mí no quería que mi mamá se le acercara. Mamá decía que llamaba con frecuencia a Lauri, pero que la mayor parte de las veces no parecía estar en casa. Un día logró encontrarla y la invitó a ir al museo de arte. Durante el almuerzo, Lauri le contó a mi madre que otra vez estaba enseñando ballet y que había encontrado un nuevo grupo de amigos. Esa palabra, que mi mamá pronunció sin darle importancia, me perforó el corazón.

–Es una mujer muy valiente –dijo mamá, e hizo otros comentarios crípticos que me torturaron al tiempo que me consolaban.
Un día recibí una carta en la que me informaban que había sido seleccionado para aparecer en Quién es quién en América. Me decían que por favor indicara en el desprendible cuántos ejemplares me gustaría comprar.
Yo había comenzado a viajar regularmente a Princeton, Nueva Jersey, a dar clases de inglés. Recuerdo que esos viajes en tren eran especialmente tristes. Una vez me senté junto a una mujer muy atractiva, aproximadamente de mi edad. Todavía estaba muy adolorido para ser capaz de sostener una conversación, pero ella era bastante conversadora. Dijo que tenía una au pair que necesitaba clases de inglés. Acepté dárselas. La muchacha vino a mi modesto apartamento. No era tan bonita como su patrona, pero era simpática y tierna (no conocía a nadie más en el país, excepto a la familia para la que trabajaba) y también muy joven. Aunque probablemente éramos las dos personas más solitarias de todo Filadelfia, tal vez ésa fue la razón por la que nunca le hice ningún avance.
Comencé a preguntarme qué era exactamente lo que estaba buscando. La verdad era que no lo sabía. Una parte de mí sentía admiración por el hecho de haber asumido el riesgo, por haber tratado de encontrar algo nuevo, por no resignarme a una vida cómoda y predecible. Pero otra parte se preguntaba si no había cometido un error garrafal.
Ahí fue cuando recibí una carta de Lauri:
... Al comienzo fue difícil tener en casa a alguien que no fueras tú, pero ya me estoy acostumbrando...
Mi mamá siguió manteniéndome informado acerca de la comunidad de activistas de Raleigh. Tengo que admitir que el entusiasmo de sus cartas no me molestaba. Aunque expresó sus condolencias por mi separación, sentí que se alegraba de ver el vínculo especial que surgió entre nosotros debido a nuestra mutua soledad.
Un día decidió ir a cine sola, a un teatro al noreste de Raleigh. Pero se perdió y terminó cerca de la casa de Lauri, la que yo había compartido con ella.
–Ya era muy tarde para la película –dijo mamá–, así que pensé que podía pasar a ver a Lauri.
–Mamá...
–¿Qué? Ella también es amiga mía.
La casa estaba remodelada, según mamá, con una bonita terraza en la parte de atrás. Tuvo la oportunidad de conocer a Steve, el nuevo novio de Lauri, un carpintero “muy simpático”, y de ver la barriga de Lauri.
–Tiene ocho meses –me dijo con alegría.
Al año siguiente recibí una carta en la que me informaban que había sido seleccionado para Quién es quién en el mundo.
Diez años después, en 1998, ya estaba viviendo aquí en Colombia cuando mamá me contó que la ejecución de John Noland estaba prevista para la siguiente semana.
–Deberías escribir algo sobre él –dijo–. Han salido varios artículos en el periódico que citan a la gente que lo ha visitado recientemente, pero nadie lo conoce tan bien como tú.
Pensé en escribir algo, pero había muy poco tiempo y, además, sentía que después de haberme marchado de ese modo y no haber mantenido el contacto, no sería apropiado aparecer en el último minuto. Pero leí sobre el asunto en internet:
La última cena de Noland
Noland tuvo una última cena especial a eso de las 5:30 p.m., que incluyó una pizza grande de pepperoni, un burrito supremo y seis Coca-Colas dietéticas.
Los últimos comentarios que Noland le hizo al director de prisiones
Bueno, ya hice mi declaración, pero solo diré que siento haberle causado tanto dolor a tanta gente, aunque es raro que ellos... que otra gente me haya dado tanto amor.
El día en que mi madre murió, mi hermano Ben me pasó el teléfono de manera inesperada.
–Es Lauri. Estaba en la lista de personas a las que mamá quería que les avisáramos. ¿Quieres saludarla?
–¿Cómo estás? –dije–. No sabía que Ben te iba a llamar, pero me alegra oír tu voz.
Me sentí mareado. Principalmente hablamos de los últimos días de mi madre y sobre la mamá de Lauri, que estaba bien, y sobre los tres hijos de Lauri.
–Ocupan la mayor parte de mi tiempo –dijo.
Tres meses después de que mamá murió, hubo un servicio religioso en Raleigh para honrar su memoria. Como había asistido al servicio que se celebró donde vivía mi hermana, no viajé desde Colombia para este otro. Pero mi hermana me contó lo que pasó.
Estaba hablando con dos señoras de edad, cuando notó que alguien la esperaba con impaciencia. La mujer se le acercó y se presentó. Al comienzo mi hermana no la reconoció. Tenía el pelo completamente canoso, casi blanco, prematuramente canoso, como el de su padre, y se le veía muy bien. “Dejé de teñírmelo”, comentó Lauri. Luego le dijo a Jill lo triste que estaba por lo de mi madre y, al decir esas palabras, rompió en llanto. Le contó a mi hermana que se sentía muy mal por no haber visitado a mamá tanto como hubiera debido. “Siento que la decepcioné”.
Ella y mi hermana se abrazaron y lloraron en voz baja durante un rato, hasta que Lauri dijo que tenía que volver con sus hijos.
Pensé que tal vez Lauri no les contó a sus hijos ni a su marido para dónde iba ese día. Quizás lo mantuvo en secreto. Quizás lo hizo como un acto de infidelidad hacia ellos, o tal vez como un acto de fidelidad hacia mi mamá y yo.

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Tim Keppel

Noviembre de 2008
Edición No.92

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

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Nuestro Archivo

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Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

Huesos y pelo


Por Pilar Quintana


Publicado en la edición

No. 194



Un cuento  [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

En defensa de la novela, una vez más


Por Salman Rushdie


Publicado en la edición

No. 158



La crisis de la novela ha sido anunciada con visos apocalípticos en distintos momentos de la historia de la literatura. A mediados de los noventa, uno de sus más destacados representante [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores