Ficción
Originalmente aparecido en la revista Eco, en 1974, este es el único relato sobre vallenato que se conoce del autor sabanero, fallecido el año pasado. Una pequeña historia de suspenso sobre el curso marítimo y fluvial del aparato que fundó un cancionero.

Ilustración de Herikita
El hombre desde antes de embarcarse era –sin duda– un perseguido de la melancolía. Lo que no puede desecharse es la agudización de su enfermedad en quién sabe qué perdida corriente de los siete mares que lo visitaban en las larguísimas noches de guardia, durante las cuales consultaba los signos del cielo al bamboleo del velamen recogido y el deslizarse de las jarcias. Era un ser silencioso, y osado hasta la crueldad en el combate. Nadie podría decir que su mal era resultado del acoso de los recuerdos porque nunca se entregó a ellos, y en su rostro no había señal distinta a la serenidad con que retribuye la aceptación de la soledad, tanto que llamarlo enfermo parece ahora una exageración. Tal vez lo único que lo distinguía de los demás tripulantes era el acordeón. Un acordeón grande, con doble teclado, que acariciaba todos los amaneceres en que el alba era transparente y no amenazaba tormenta. De esas melodías no quedó registro en la memoria de ninguno de los tripulantes, aunque algunos aseguran que al escucharlas era más llevadera la anticipada eternidad que los embargaba cuando a la inmovilidad del horizonte se unía una navegación monótona y sin embarcaciones para el abordaje.
Después de un viaje incierto, huyendo de las naves de Su Majestad, atravesando brumas que les interrumpían el conteo de los días y aferrándose a la idea de que seguían vivos, aparecieron por fin frente a las costas de Riohacha. Nunca supieron cuánto tiempo estuvieron perdidos y, a pesar de estar cerca de la sombra de la tierra, seguían tan perdidos como antes, solo que ya a nadie le importaba. El hombre, con un pretexto a lo mejor deleznable, consiguió el permiso y un bote para llegar a la playa cercana. Hasta aquí todo es verificable: diarios de navegación, memorias, sobrevivientes, dan fe. Lo que sigue obedece a la conjetura y es la razón de esta crónica tardía, la cual comienza en el instante en que un hombre con su acordeón se aleja en un bote de la nave mayor al encuentro de la playa. Sin embargo, el cronista, condescendiente con el realismo de la historia y sus lectores, piensa si el hombre de su relato es el mismo pirata que acariciaba el fuelle de su acordeón al amanecer, u o...
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Abogado de profesión, dirigió el Departamento de Creación Literaria de la Universidad Central de Bogotá. Ganó el Premio Jorge Gaitán Durán del Instituto de Bellas Artes de Cúcuta, el Premio de Narrativa José María Arguedas de Casa de las Américas.
Marzo 2019
Edición No.205
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