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El Malpensante

Ficción

Leandro

Leandro Díaz pudo hacer desde las tinieblas la cartografía más luminosa del paisaje del Magdalena Grande. Este es el primer capítulo de una novela, próxima a publicarse, sobre la vida del juglar ciego que percibía la luz con las yemas de sus dedos.

Esta foto, tomada cerca del río Tocaimo, Cesar, recuerda estos versos de "Matilde Lina": ‘Las aguas claras del río Tocaimo me dieron fuerzas para pensar’ (2011). 

Erótida llegó a vivir en Alto Pino años después de que naciera Leandro. Memorizó los pormenores del inicio de esta tragedia de tanto oírselos contar a Nacha, su cuñada, y un par de veces también a Abel, su hermano. Del recuento que me hace ahora que ha cumplido noventa años me valgo para reconstruir la historia de la siguiente manera. La casa estaba tan oscura como la noche, con la luz apenas insinuada de una vela encendida que permitía distinguir algunos objetos: un par de taburetes de madera y cuero, uno de ellos con el espaldar recostado contra la pared, una estera de junco puesta en el suelo de tierra apisonada, una pequeña mesa con unas cuantas ollas, dos platos de peltre y un juego de totumos que se usaban como cucharas, ordenados en la parte superior de un tinajero de madera de dos piezas, del que guindaba el cucharón dentado de aluminio que servía para sacar el agua del par de tinajas del color de la tierra húmeda. El chinchorro colorido, tejido a tres hilos por las indígenas vecinas, colgado con hicos blancos de una pared a la otra, era la única alegría en medio de la oscuridad.

Al centro de Alto Pino se ubicaba esta casa de algo más de treinta metros cuadrados y una sola habitación. La habían construido con adobe, barro, cal y techo de paja de sabana y en ella habían puesto todo su tiempo y su empeño Abel Rafael Duarte Díaz y su mujer, María Ignacia Díaz, a quien con cariño llamaban Nacha. Además de marido y mujer, eran primos. Hijos, cada uno, de otros primos que también eran primos entre sí.

Nacha era la hija de José Luis Díaz Gámez, el dueño de Alto Pino, donde Duarte había llegado a trabajar como jornalero dos años atrás, a finales de 1925 o principios de 1926, luego de abandonar la casa de sus padres en Hatonuevo, un pueblo que a principios del siglo XX había sido devorado por un incendio que inció un indígena en venganza por no haber recibido a satisfacción el pago por el rapto de una de sus hijas.

Era una mujer agraciada y había h...

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