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La música sirve como consuelo del hogar abandonado y distante y, si es lo suficientemente buena, hace que los nuevos vecinos miren con mejores ojos al recién llegado. En el caso de los colombianos que se fueron para Venezuela y que ahora vuelven –como un torrente en reversa en el que se mezclan los venezolanos– el vallenato es la música de la diáspora y del regreso a casa.

Ilustración de Diego Cadena.
Fui bautizado por la Iglesia, pero en casa recordamos con fervor a una trinidad más terrenal. Aquella tarde, después del agüita en la pila bautismal, nos fuimos al patio de la casa de mi abuelo, en San Diego, muy cerca de Valledupar, para celebrar con los tres artistas que mi familia había contratado. Leandro Díaz (“cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana”) cantó varias de sus canciones; mientras Toño Salas, hermano menor del viejo Emiliano Zuleta (“díganle a Toño, a Toño mi hermano, que él está muy pollo, ay, y yo soy muy gallo”), tocaba el acordeón. El golpe seco de la caja resonó bajo las palmas de Rodolfo Castilla, hijo de otro cajero consagrado, Cirino Castilla, quien había muerto durante un concierto en pleno Festival Vallenato.
Era 1977 y mi primera parranda fue también la última que bailamos como vallenatos habitantes de su tierra. Unos meses después, junto a miles de migrantes, nos fuimos rumbo a Venezuela.
En el viaje nos llevamos muchas cosas; entre ellas, la música. Discos bien empacados de Los Hermanos Zuleta, Jorge Oñate, Diomedes Díaz, el Binomio de Oro y tantos más. Recuerdo muchas tardes de mi infancia sentado frente al tocadiscos, estudiando aquellas portadas, mientras me preguntaba quiénes eran esos hombres famosos de camisas coloridas que sonreían rodeados de acordeones.
En mi familia la música fue el oxígeno que nos permitió sobrevivir a la nostalgia. Y la cuerda que durante décadas nos mantuvo atados a un puerto lejano en Colombia.
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El vallenato, hijo de la diáspora y la mezcla, fue desde sus inicios un género andariego, como andariegos han sido también los instrumentos que usamos para interpretarlo.
Félix Carrillo Hinojosa es un investigador y compositor guajiro que vive en Bogotá. Ha escrito muchos artículos sobre el vallenato, y varios can...
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Su reportaje sobre el "comegente" de Táchira ganó en 2006 el premio Random House Mondadori.
Marzo 2019
Edición No.205