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El Malpensante

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Aki Kaurismäki: ¿un Jarmusch a la finlandesa?

Por André Didyme-Dôme

Con este texto podrán entender un poco más sobre el conversatorio que haremos en alianza con Tornamesa y Cinecolombia.

El otro lado de la esperanza, el nuevo trabajo de Aki Kaurismäki, es la segunda parte de una trilogía inspirada en la masiva llegada de refugiados iraquíes a Finlandia, tierra natal del director. Dicha trilogía se inició con Le Havre, una estupenda cinta estrenada en el 2011, en la que un hombre pobre adoptaba de manera clandestina a un joven africano que llegó a Francia escondido en un barco contenedor. En la segunda entrega el protagonista es Khaled, un refugiado de la guerra de Siria que llega a Helsinki para iniciar una nueva vida luego de que su familia muriera víctima de los bombardeos. Sin embargo, cuando el gobierno finlandés le niega el asilo a Khaled y se dispone a deportarlo, este huye y se va a vivir a las calles, lugar habitado por pandillas de xenófobos que andan al acecho de inmigrantes.

De una manera paralela, la película de Kaurismäki nos cuenta la historia de Wikström, un vendedor de camisas que decide dejar atrás a su esposa y a su profesión, para administrar un restaurante al borde de la ruina. Este personaje es interpretado por Sakari Kousmanen, el actor fetiche del director finlandés y protagonista de la saga de los Leningrad Cowboys y de Un hombre sin pasado. Para su nuevo propósito, Wikström participa de un juego de póker en el que consigue una pequeña fortuna que le permite cumplir su sueño y transformar su vida. Y en algún momento la vida de Wikström y Khaled se cruzan, pues el vendedor le ofrece trabajo, hogar y una nueva identidad al inmigrante. 

Aunque Kaurismäki reconoce como influencias a los directores Jean Pierre Melville y Robert Bresson, el ritmo pausado, el sentido del humor irónico y la aguda observación sobre la condición humana del director, produce un estilo muy cercano al del norteamericano Jim Jarmusch, ese otro autor fascinado por las ideas urbanas bohemias y tragicómicas, y que al igual que el director finlandés, ofrece unas profundas reflexiones sobre la vida cotidiana de la clase marginal y sobre unos personajes sumidos en la desesperación, la depresión y la falta de esperanzas; que viven una existencia rutinaria, con muy pocas o ninguna posibilidad para relacionarse y comunicarse, más allá de una ayuda desinteresada. Tanto Jarmusch como Kaurismäki producen un cine que cautiva, ya que los dos deciden no desechar los “momentos muertos” del cine, que muchos cineastas desechan bajo el supuesto de que no permiten el avance de la historia y que no aportan a la trama, para ponerlos en un primer plano y así retratar la vida de unos desahuciados inmersos en una rutina constante, pero que están en la búsqueda de un momento, así sea pequeño y efímero, de felicidad y plenitud. La simpatía entre ambos directores incluso ha tenido guiños en la pantalla grande. Jarmusch aparece como un vendedor de autos en la excéntrica película de Kaurismäki de 1989, Los Leningrad Cowboys van a América, y Sakari Kousmanen, el alter-ego de Kaurismäki (alter-ego de Kaurismäki por su parecido y afinidad),apareció en Night on Earth de Jarmusch en 1991.

El caos en la vida de los personajes concebidos por Jarmusch y Kaurismäki se estructura en una composición visual minimalista, simétrica y armónica. Y los dos utilizan de una forma incidental la música para brindarle una dimensión emocional al relato, y el humor para evidenciar el absurdo de la existencia. Pero Kaurismäki se distancia de su colega, al darle una dimensión sociopolítica a su trabajo, y al presentarnos a unos personajes con una gran determinación, que toman unas decisiones trascendentales de una forma brutalmente sencilla. 

Por medio de lo que el director finlandés denomina como “diálogos revólver”, los protagonistas de sus historias dicen lo que tienen que decir sin necesidad de largos diálogos y sus silencios son mucho más elocuentes que sus voces. Según la madre de Kaurismäki, este no comenzó a hablar hasta cumplido los cinco años de edad. Tal vez por esto su cine terminaría siendo más de acciones que de palabras. 

A Kaurismäki también se le suele tildar de pesimista (para el director, el cine es una forma de arte moribunda que expresa aquello que está vivo dentro del artista, pero que de alguna manera muere al ser expresado), pero, en realidad, es todo lo contrario. Kaurismäki es una persona que recurre a la ingenuidad y a un sentido del humor existencial como medio para luchar contra el absurdo de la condición humana de la postmodernidad. En el evento posterior a la entrega del Oso de Plata en la Berlinale, el director invitó a Sakari Kousmanen para que ofreciera la primera rueda de prensa cantada de la historia en el festival.

A diferencia de muchos de los grandes directores de la historia del cine, Kaurismäki no es un autor pretencioso. Para él, el cine es ante todo entretenimiento y no cree que posea la fuerza o el ímpetu para transformar el mundo. Como alguna vez lo confesó, es un artesano convencido de que lo que hace es mierda, pero con sentido.

Ahora, con treinta y cuatro años de carrera y dieciocho largometrajes, Kaurismäki ha expresado su deseo de retirarse del cine. De ser así, su trilogía quedaría inacabada y los cinéfilos perderíamos a uno de los directores más interesantes y relevantes de los últimos años. 


 

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