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El Malpensante

Breviario

Defensa del chontaduro

¿Fruta, tubérculo, huevo mitológico? El escritor caleño intenta explicar por qué en su ciudad los niños se acostumbran a comer este bicho raro del reino vegetal.

Ilustración del autor

Mi padre fue el primero en contarme sobre las propiedades alimenticias del chontaduro. Él, matemático y físico, científico de vocación, intentaba acercarse a su hijo con los descubrimientos que sacaba del History Channel, el Discovery Channel o la National Geographic.

–Hace poco –dijo para quebrar el largo silencio que se había cristalizado entre los dos durante un almuerzo– un grupo de científicos de la Universidad de Ciencias Agrícolas de Suecia descubrió que el chontaduro sirve para levantar muertos.

–¿Muertos, pa?

–Sí, muertos –confirmó con un intento de sonrisa pícara–. A esa conclusión llegaron después de lograr que a cincuenta adultos impotentes, de entre setenta y ochenta años, se les parara –hizo una pausa innecesariamente dramática–. También mejoró la libido de las mujeres voluntarias. Tanto hombres como mujeres tomaron jugo de chontaduro en ayunas durante dos semanas.

A pesar de esa incómoda charla padre e hijo, mi gusto por el chontaduro se mantiene hasta hoy. Tan es así, que crecí pensando que a todo el mundo le gustaba. Fue una amiga de la universidad, en Bogotá, la que me sacó del engaño. Yo llevaba semanas sin comer chontaduro en mi nueva ciudad y, al inicio de una cuadra, vi que un hombre tiraba de una carretilla cargada con racimos. La emoción no me dejó esperar a que el hombre se acercara, o reparar en lo excepcional de esa escena en la capital. Arrastré a mi compañera hasta él. Compré dos bolsas previendo que tendría que compartir el chontadurito con ella. Embadurné una fruta con miel y después espolvoreé la sal encima del dulce. Le ofrecí a Ana, luego de que mi goce en el primer mordisco terminara de antojarla. Ella probó y con cada masticada la cara de confusión se le fue definiendo en asco.

–¿Por qué comes esto? –preguntó luego de escupir en una servilleta el cuerpo rumiado, vuelto arena babosa, del chontaduro. Me lo tomé personal, como si la arcada se la hubiera producido una receta de mi madre.

–No sé –contesté, tratando de disimular mi orgullo ofendido.

Nunca nadie me había preguntado por qué com&iacu...

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Harold Muñoz

Estudia literatura en la Universidad Javeriana. En 2015, ganó el Primer Concurso de Cuento del Instituto Caro y Cuervo

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