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El Malpensante

Iceberg

La abolición del lector

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Una prueba incontrovertible de la supervivencia del libro, por encima de todas las crisis que periódicamente amenazan con destruirlo, se manifiesta en un invento reciente de la industria editorial: el libro sin lector.

El problema del libro tradicional consistía en que, para cumplir su cometido, requería de un lector que, primero, lo comprara y, luego, lo leyera de principio a fin. Hoy en día tal exigencia no es necesaria. El libro sin lector, como su nombre lo indica, repele la sola presencia del que lee y solo requiere, a duras penas, de un simple propietario. Ni siquiera necesita, en sentido estricto, de un comprador, pues la función de este llega a ser, por lo general, indirecta o efímera. Y ello ocurre porque este libro ha sido pensado casi de modo exclusivo como regalo. La gran mayoría de sus propietarios lo han recibido en calidad de donación, canje, dádiva, o pago indirecto, y solo unos pocos lo han adquirido expresamente. Pero aun en el caso de que alguien llegara a comprarlo como un libro cualquiera, su intención recóndita sería la de regalárselo a sí mismo. Se trata pues, en todo caso, de un libro que carece del tradicional lector comprador. De este modo, la actual industria editorial ha logrado por fin suprimir ese estorboso escollo representado por el buen lector, que, como se sabe, más que suscitar las compras, se convertía en un obstáculo para las ventas. ¿Qué críticas, además, puede generar un libro recibido por quien no lee?

Este invento moderno resulta maravilloso porque cura, por una parte, el complejo de culpa frente a la lectura; pero, por otro lado, no obliga a nadie a leer. Aunque un mal lector, como es obvio, no lee, jamás soportaría que por culpa de un simple libro fuera tildado de inculto. Así que este libro llena todas sus aspiraciones y expectativas: está en casa a la vista de todos, sin reclamar la lectura, y le confiere a su propietario un toque de intelectualidad sin exigirle nada a cambio. El libro sin lector podría ser promocionado, en el lenguaje actual de la publicidad, como aquella amante silenciosa y bella que no crea conflictos con la esposa legítima. ¿Podría exigírsele más perfección?

A diferencia de lo que ocurre con un libro pesado y estorboso, nadie se deshace subrepticiamente de este en una de esas campañas anuales en favor de una biblioteca desvalida. Poseerlo, además, resulta tranquilizante para cualquiera, pues es de fácil comprensión y no exige de su propietario ninguna sustentación intelectual. El libro sin lector se adapta con callada sumisión a la biblioteca, a la mesa de noche o a la sala de la casa, donde algunos suelen exhibirlo como un objeto de buen gusto que armoniza con la decoración. En realidad, no desentona entre el lujo excesivo, y en algunos casos llega a suplir con eficacia el papel de la obra de arte. El tamaño, el formato, el lujo de la edición (pero, sobre todo, su inutilidad), hacen que este libro, a diferencia de los demás, no se tome jamás en préstamo y, por tanto, no corre el riesgo de desaparecer en la biblioteca de un amigo remoto. Todo aquel que expresa su deseo de poseerlo entrega a sus allegados un indicio cuya utilidad puede verificarse en el siguiente cumpleaños. Y es que este libro agrada por igual al consumado lector y al intelectual sedicente. Tanto las visitas pesadas como los cobradores de cuentas vencidas lo hojean desprevenidamente, pero también podrían interesarse con morosidad en él, como si se tratara de uno de esos viejos libros que convocaban la presencia de un lector.

Puesto que el libro sin lector no es un artículo necesario, puede alcanzar el costo de cualquier objeto de lujo, aunque su máximo efecto se logra –como ocurre casi siempre– si la mayoría considera que su precio al público es inferior a su valor real. Comparado con las mercancías de su mismo género, tiene la ventaja de que repele las ediciones piratas, y causaría la máxima irrisión si alguien se atreviera a fotocopiarlo. Como se deduce, por tanto, carece de los principales enemigos que socaban la existencia del libro tradicional. Y como si lo anterior no fuera suficiente, tiene la pasta dura para resistir trasteos y reacomodos, excesos y confianzas inconcebibles.

Pero quizá lo más importante de todo es que, para complacer el gusto actual de todos los públicos, el libro sin lector es ecológico, ese tema que no crea resistencias. De modo que a la facilidad intelectual de este libro se añade una realidad impoluta, artística, que intenta hacer olvidar la brutalidad y el prosaísmo de un país que, por fortuna, queda lejos del propietario del libro. Ante la crisis de la industria editorial, y ante la inminente abolición del lector, lo que nadie se alcanza a explicar es cómo el libro sin lector se ha convertido, hoy por hoy, en un rotundo éxito de ventas. Tal vez algún viejo y desusado libro podría contener la explicación.

 

Jaime Alberto Vélez

El Malpensante n°12, 1998

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Jaime Alberto Vélez

Fue escritor y profesor de la Universidad de Antioquia. Escribió en El Malpensante la columna Satura durante casi cuatro años.

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