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El Malpensante

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Un tropezón cualquiera da en la vida

O el penúltimo lunes de Gardel

Tal vez por presentarse antes de un mortal accidente aéreo, este encuentro entre el famoso tanguero y la policía de tránsito de Bogotá pasó inadvertido por mucho tiempo.

En el recuento unánime y pintoresco de la visita de Carlos Gardel a Colombia, esa suerte de crónica festiva en la que se agolpan escenas parroquiales, desmesuradas y felices hasta exactamente las 14:51 del 24 de junio de 1935 –cuando su avión se estrelló contra otro durante el despegue en el aeropuerto de Medellín–, hay un día en particular que brilla por su omisión en buena parte de las cronologías oficiales: el de la fría y acaso anodina tarde del lunes 17, en una no menos gélida Bogotá, ocho días antes de lo que el antropólogo uruguayo Daniel Vidart llamó “el día de los paisas llorando junto al fuego”. Gardel ansiaba la llegada de aquel lunes, su día de descanso.

“Yo le veía en su camerino, al bajar del escenario, en el frío glacial de las noches bogotanas, sudando a torrentes. Por eso su mayor alegría, su alegría de niño grande, era el día de descanso”. Son palabras de Nicolás Díaz, representante en Bogotá de Cine Colombia y responsable del paso del artista por la ciudad como parte de su gira latinoamericana. En su libro Diez últimos días de Gardel, el primer testimonio escrito acerca de la malograda tournée del Zorzal Criollo por Colombia, publicado hacia 1936, el empresario recuerda que Gardel “corría, saltaba como una ardilla en una jaula, hacía piruetas como un escolar en primer día de vacaciones, cantaba canciones picarescas, se transformaba, todo porque al día siguiente no tenía que trabajar”.

Es que la jornada venía apretada. El mismo día de su llegada a Bogotá, el 14 de junio de 1935, debutó en el Teatro Real, colofón de una tarde de locos en la que se apiñaron más de diez mil personas en el Aeródromo de Techo para celebrar su arribo desde Medellín. La comitiva afrontó los embates de una multitud que ansiaba llevarse un pedazo del Zorzal a casa. La crónica de Díaz habla de cómo el avión de Gardel tuvo que remontar un par de veces al no poder aterrizar en la pista ocupada por fanáticos; describe el gentío abriéndose paso para llegar hasta el ídolo una vez en tierra y culmina con el robo de una billetera del cantor, que en ese momento estaba en poder de uno de sus asistentes.

El día de asueto gardeliano llegaba, pues, con justicia, después de cinco presentaciones en tres días. Faltaban otras siete de ahí al domingo 23 de junio, sumado ello a compromisos sociales de toda índole. Había que aprovechar cada minuto: la mañana de ese lunes, otro asistente le adelantó el reloj para engañarlo y obligarlo a salir de la cama antes de mediodía, de manera que pudieran emprender el camino con tiempo hacia las afueras. Recuerda Díaz: “Aquella mañana paseábamos por los bellos suburbios hacia el norte de la ciudad: Chapinero, Usaquén, Serrezuelita, respirando a pleno pulmón el aire seco y puro de la sabana. El artista bajó del carro y se adentró en los campos floridos, saltando, corriendo, feliz como un adolescente”.

Una escena que parece arrebatada a La novicia rebelde y que mentalmente funciona mejor acompañada por un alegre fox-trot instrumental que por un tango tristón.

Luego tomaron camino de regreso a la ciudad, a bordo del potente automóvil Auburn que un distribuidor había prestado para uso exclusivo del cantor. La comitiva se hospedaba en el Hotel Granada, en la calle 14 con carrera séptima, avenida que a esa altura y hasta la calle primera llevaba el nombre de Calle Real. No sabemos a ciencia cierta si Gardel, Díaz y los demás asistentes a la tarde de campo volvían rumbo al hotel cuando se desencadenaron los hechos que derivaron en el titular de El Espectador del día siguiente: “Carlos Gardel fue detenido por una infracción, ayer”.

La nota explicaba en forma sucinta que el cantante había sido detenido “por breves momentos” en la Prefectura de Circulación y Tránsito por infringir el reglamento vehicular. “El genial tanguista había solicitado permiso para transitar en su automóvil por la Calle Real, entre calles 11 y 14, lo cual es prohibido. Este permiso le fue negado. Sin embargo ayer, contraviniendo todas las disposiciones que rigen la materia, Gardel pasó con su automóvil por ese sector”. Al músico lo condujeron, de acuerdo con la información del diario, hasta el llamado Permanente de Circulación, “donde fue detenido hasta que pagó una multa”.

AQUEL PASADO MALEVO Y FEROZ

Hay gente del tango que no requiere de biografía: toda su vida quedó descrita en su prontuario criminal.

El director de orquesta Ernesto Ponzio, autor del célebre instrumental Don Juan, recibió una condena de veinte años de cárcel, conmutada en determinado momento en contraprestación por su aporte a la música de Buenos Aires. El particular sentido de la ética del “Pibe Ernesto” fue expuesto por Borges al citar su desopilante excusa: “Es cierto, tengo varias entradas en la cárcel. Pero todas por homicidio”.

Al anarquista Andrés Cepeda lo llamaron el Divino Poeta de la Prisión, pues pasó tanto tiempo tras las rejas como fuera de ellas. Fue amigo personal de Gardel, quien registró seis de sus poemas en su primera sesión de grabación, en el año 1912, para el sello Columbia. Reincidente en delitos menores como hurto, falsificación y riñas, Cepeda murió apuñaleado en una pelea callejera. Durante su agonía, al ser inquirido por la policía para que revelara (o “batiera”, en lunfardo) el nombre de quien lo hirió de muerte, Cepeda prefirió callar. Dice el tango “Sangre maleva” que “un hombre, para ser hombre, no debe ser batidor”.

Carlos Gardel conocía bien esos códigos. Su crianza en el barrio de Balvanera, en los agitados alrededores del Mercado de Abasto en Buenos Aires, lo había acercado a malevos, taitas y compadritos de todos los pelambres. Diferentes teorías, en las que aparece mencionado con los seudónimos de “Carlitos”, “Garderes” o “el Francesito”, lo vinculan a hechos delictivos que, incluso, parecen haberle valido una temporada en el penal de Ushuaia, en el extremo más austral de Argentina. Quienes sustentan esta última especulación también hablan de una posterior limpieza del nombre de Gardel tras la destrucción de sus antecedentes penales por orden de su amigo el jefe de policía Eduardo de Santiago. Incluso se rumoró que el presidente Marcelo T. de Alvear le entregó el folio al propio Gardel para que dispusiera de él.

El tango no es terreno para simples contravenciones o pecados veniales. Sus sones, está visto, hacen apología de la muerte violenta y de los labios sellados de la omertà. Al resultar tan visibles las referencias en prensa nacional, quiero pensar que una infracción de tránsito era un dato demasiado anodino para ser registrado en una biografía oficial, más aún cuando tal tontería antecede al horror de los hierros retorcidos entre llamas una semana después, en Medellín.

Dato nimio, aunque no para los cazadores del Gardel contraventor de la ley, que los hay, y muchos.

 

TOTAL, LA GENTE SIEMPRE HABLA...

Tras difundirse la noticia, el diario barranquillero El Heraldo, que en algún pie de foto había llamado al cantor “huésped grato de Barranquilla”, se despachó de esta manera en un texto de autor anónimo:

Estos artistas internacionales, que recorren los más diversos países en jiras [sic] de tangos y películas, llegan a las ciudades de Colombia como a las prolongaciones de su tierra, permitiéndose aquí libertades que nunca se tomaron allá.

Cada villa que recorren sus pasos es una ínsula, en donde lo mismo se puede demostrar el ingenio que exhibir la mayor parte de las simplezas. Igual salir a la calle con pieles de esquimales que en una total desnudez. Estos países apenas son buenos para extraerles la plata que producen.

...Vuelve Carlos Gardel al pináculo de la actualidad, cuando ha ganado en pocas horas más de siete mil pesos. Lo asalta el deseo violento de pasear en automóvil, manejando él, por la Calle Real. Eleva una solicitud y se le niega el permiso.

¿Qué importa? No va a sacrificarse Gardel porque el tránsito conteste con una negativa. Tiene ganas de pasear por la Calle Real y nadie puede impedírselo.

En Buenos Aires, en Asunción, no habría nunca violado los reglamentos.

Ni aquí tampoco los volverá a violar. Se le puso una multa de cuarenta pesos.

Cuarenta pesos más que quedan en Colombia del dinero que ha ganado Carlos Gardel.

Cuarenta pesos. Si nos remitimos a la cotización del Matadero Municipal de Bogotá de ese mismo día, encontramos que con ese dinero se podían comprar 136 kilos (12 arrobas) de carne sabanera de primera calidad. O acaso invitar a 121 amigos a su concierto de esa noche en el Teatro Olympia, en localidad económica.

Un día después del revuelo, el propio Gardel redactó una nota aclaratoria que fue publicada en El Tiempo el 19 de junio. Es de esperar que la haya escrito de puño y letra, al igual que toda su correspondencia y hasta su testamento.

 

Bogotá, 18 de junio de 1935

Señor director de El Tiempo

Distinguido señor:

El Espectador de ayer anuncia mi detención con motivo de una infracción de tráfico. La noticia es inexacta y no me queda más remedio que decirlo así aun a riesgo de desencantar al amable redactor de la gacetilla.

Lo ocurrido es bien simple: advertido de que el conductor de mi automóvil había sido detenido, fui a la dirección de tráfico con mi amigo, señor Álvaro Reyes, a solicitar su libertad. Allí fuimos atendidos con una cortesía y dedicación que agradezco.

Yo no conozco, claro está, el tráfico bogotano, pero presumo que la policía tenía razón en aplicar una multa existiendo la infracción. Lo curioso y humorístico es que, precisamente en mi auto, viajaban durante mi temporada del Real dos policías uniformados que sabían del tráfico y sus complicadas leyes tanto como yo. No es raro, entonces, que mi chofer se creyera suficientemente protegido contra todas las multas imaginables.

Muchas gracias por la hospitalidad que usted quiera dar a estas líneas. Aprovecho la oportunidad para saludarle muy expresivamente.

S. S.,

Carlos Gardel

 

Casi la totalidad de las biografías gardelianas dedican al menos una mención al conductor que estuvo al servicio del cantor en Buenos Aires a partir de 1928: el simpático y locuaz Antonio Sumaje. Apodado por Gardel “el Aviador”, Sumaje llegó a hacer parte de su primer círculo de confianza, y no fueron pocas las veces en las que fungió como su crítico más severo. Fue tal su incidencia en la vida del Zorzal que el escritor argentino Federico Andahazi se basó en él para crear al protagonista de su novela Errante en la sombra, de 2004.

A diferencia de Sumaje y su papel protagónico en la vida del cantor, el conductor del Auburn bogotano nunca fue mencionado con nombre propio ni en el libro de Nicolás Díaz ni en las policiales de prensa. De la misma manera, Díaz omite cualquier información sobre quien supuestamente acompañó al cantor a la estación policial: el empresario Álvaro Reyes, representante para Colombia de la Paramount Pictures, empresa con la que había rodado sus filmes en Francia y Estados Unidos.

Desde las primeras páginas de Diez últimos días de Gardel, Díaz se da a ponderar, eso sí, la pericia que acusa el conductor de marras para escabullirse por entre la multitud en el Aeródromo de Techo. Una sola de las descripciones, que podríamos calificar como profética si no fuera porque ya sabemos que el libro fue publicado seis meses después de los acontecimientos, pinta este cuadro: “Las gentes corren detrás, pero el chofer acelera a una velocidad fantástica, desdeñando todas las reglas de tránsito. Ya se pagarán mañana las multas”.

Y es la última mención que se hace de cualquier infracción de tránsito en el libro de Díaz. Aunque los periódicos son elocuentes en la narración de los hechos (La Prensa de Barranquilla lo llama “un original caso de policía... objeto de los más variados comentarios en la ciudad”), el empresario matiza: “...la tarde [del lunes 17 de junio] la empleamos en varias diligencias oficiales para llenar ciertos requisitos con las autoridades”.

La versión de Díaz asegura que “un funcionario de policía, tosco y repugnante, se empeñó en que el artista debía concurrir a su despacho para rendir declaración sobre el robo que les hicieron el día de su llegada”, es decir, la billetera aquella que le birlaron a su asistente. El resto de la descripción, que por su intrascendencia podemos tomar por cierta, habla de Gardel siendo conducido al departamento de extranjeros de la Policía Nacional, despacho donde fue recibido con deferencia por parte de los funcionarios de la ley, y despedido con vítores, “en medio de aclamaciones y aplausos”.

Entonces, el que se tiene como el documento más veraz y descriptivo de la estancia de Gardel en Bogotá omite hechos claramente registrados en prensa de aquello que podría ser, entre tanta conseja inveterada, su única contravención probada.

Igual, con o sin multa, ocho días después sus ojos se cerraron. Y el mundo siguió andando.

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Jaime Andrés Monsalve

Jefe musical de la Radio Nacional de Colombia. Autor de tres libros sobre tango y coautor de al menos 12 más sobre jazz, rock, música clásica y otros géneros. Miembro del comité editorial de El Malpensante.

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