Artículo
El testimonio de una abogada que se declara impedida para escribir textos que no sean correos electrónicos o conceptos jurídicos.
Me dedico a escribir documentos jurídicos, como conceptos o memoriales, artículos académicos en el campo del derecho, correos electrónicos y comunicaciones relativos a la administración académica. De vez en cuando también escribo entradas de blog que hablan de feminismo, y una que otra dedicatoria o carta de amor que se camufla en parodias, chistes privados y personajes ficticios para evadir a esa gran bestia llamada cursilería, a la que tanto temo. Me gusta lo que escribo, salvo los correos electrónicos, que han perdido toda su magia. Alguna vez fueron un verdadero sucedáneo de la correspondencia en papel con mis amigos y amores, pero hoy no son más que una herramienta y un obstáculo para la interacción personal entre compañeros de trabajo. Creo que la cantidad también ha tenido que ver con el desencanto. Cuando uno debe contestar decenas de mensajes electrónicos al día, la única manera de mantener la bandeja de entrada bajo control es volviendo al formato del telegrama: palabras concisas, pocos conectores, ausencia de elaboración y digresiones. No es divertido, aunque hay que admitir que se adquiere una habilidad para no herir susceptibilidades con lo escueto. A los latinos nos gusta que nos pidan el favor con mínimo tres frases zalameras; hacerlo a través de un telegrama requiere una combinación perfecta de palabras, tono, puntuación y espacios. En fin, hasta de lo aburrido se aprende.
Escribo porque es parte de mi trabajo y porque disfruto la sensación mental y física que me produce. Hilar palabras hasta formar un argumento es dar cuenta de que en el cerebro algo funciona de la manera adecuada. Ser capaz de escribir repetidamente la secuencia sujeto-verbo-predicado es la única evidencia para reafirmar que sigo viva y en pleno uso de mis facultades. Corporalmente, el ritmo de las palabras que se forman en la pantalla se acompasa con el de mi respiración. Si en mi cabeza se acumulan los vocablos antes de darle forma a mi mensaje, siento el mareo propio de quien corre hasta el límite de sus fuerzas. A veces, incluso, alcanzo a sentir las náuseas que atacan a quienes han llevado el cuerpo al límite de su resistencia. Cuando termino de escribir o simplemente tomo una pausa, camino, como cualquier deportista, con los brazos en jarra cerca de donde se acaba de suspender o terminar el juego. Luego me alejo con paso lento para ocuparme de otras cosas: bañarme, montar en bicicleta, comer, pagar cuentas, verme con los amigos, empujar el carrito de mercado con la esposa... Escribir es eso que me sucede cuando decido dejar que la vi...
El contenido de esta sección está disponible solo para suscriptores
Ex vicedecana de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario. Realizó la maestría en estudios de género de la Universidad Nacional y el doctorado en derecho de la Universidad de Temple, Filadelfia. Fue becaria Fulbright y residential fellow del Institute for Global Law and Policy de la Universidad de Harvard. Ha colaborado con La Silla Vacía.
Mayo 2019
Edición No.207
Publicado en la edición
No. 204Así se llama el último libro de Eric Hobsbawm sobre Latinoamérica, que un colega cáustico desmenuza y destruye con celo de historiador. Dos versiones británicas de n [...]