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El Malpensante

Artículo

Una historia sobre la memoria: Camboya

Bitácora de un cruce fronterizo en el que la aparente tranquilidad del presente se mezcla con un pasado de genocidio. Un pintor que sobrevivió a la masacre camboyana acompaña al escritor con una pequeña galería de su obra. 

Pinturas del artista camboyano Vann Nath. 

Llego en autobús a Poipet, un pueblo camboyano en la frontera con Tailandia. Hoy no puedo cruzar. Para que encajen las fechas de mi visado tailandés, tengo que esperar un día en este pueblo casi desconocido para los extranjeros. Cuando me bajo del autobús, veo que delante de mí se alzan un par de brillantes casinos. Estoy en una carretera polvorienta con casas color cemento y restaurantes compuestos por cuatro sillas de plástico al aire libre. Los casinos, en contraste, parecen más bien una extensión de Tailandia, un par de garras ostentosas que se han clavado en el vecino pobre. Un motorista –de la etnia jemer, mayoritaria en Camboya, moreno, gafas de sol– se detiene ante mí y me pregunta adónde voy.

–Busco un hotel para pasar la noche –le digo.

Me señala el asiento de su moto. Me subo y el vehículo arranca, alzando una nube de polvo.

Una semana antes cruzaba la frontera opuesta, y lo primero que llama mi atención también es el polvo. La oficina fronteriza del país de donde vengo, Vietnam, ha sido estricta, burocrática y fiable, con toques de comunismo añejo. Una vez he cruzado la frontera, la carretera asfaltada de Vietnam se convierte en un camino polvoriento en Camboya, flanqueado por pequeñas casas de campo y algún animal de granja. Para sacar el visado camboyano hay que desviarse del camino –pero nadie nos impediría que continuáramos sin él–. Llego a un pequeño edificio donde un par de funcionarios, de mirada soñolienta y camisa de manga corta, fuman tranquilamente. No parece ningún edificio del gobierno, pero al menos hay una bandera camboyana colgando de un asta. Con desgana, los funcionarios estampan el sello en el pasaporte. Parece que más bien molesto. Cuando me voy, vuelven a fumar apaciblemente.

Al cabo de unas horas llego a Phnom Penh, la capital de Camboya. También hay polvo, pero ahora es debido a los centenares de bloques de pisos en construcción repartidos por toda la ciudad, que está llena grúas. También hay algunas calles que se están construyendo desde cero.

Al día siguiente voy caminando a la cárcel S-21. También se le llama Tuol Sleng. Su traducción es siniestra: en jemer, tuol sleng significa “colina de los árboles venenosos&r...

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Javier Borràs Arumí

Ha escrito para medios como para medios como Jot Down, La Vanguardia y El Mundo. Trabajó como corresponsal de la Agencia EFE en Beijing y este año publicó su primer libro, Roja y gris, sobre sus experiencias en China.

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