Crítica
El trabajo de Ruven Afanador se ha caracterizado por la ambigüedad de sus retratos. En cambio, esta nueva serie suscita preguntas: ¿habrá otra forma de presentar a Colombia en el exterior más allá del cliché festivo?
Ruven Afanador sabe de rostros más que de poses. El retratista de Oprah Winfrey, Quentin Tarantino, Courtney Love, Drake y un largo etcétera ha dedicado toda su vida a distinguir qué movimiento es real en un ser humano que tiene como profesión actuar. Pareciera que su habilidad parte de la pregunta de Dostoievski: “¿Cuánto de humano hay en un ser humano?”, y pareciera, también, que se cuestiona cómo mostrarle ese ser humano a los otros. Afanador casi siempre ha logrado ser fiel al espíritu de los hombres y mujeres que fotografía. Sobre todo en sus trabajos personales, los que no huelen a las rotativas del New York Times o Vogue, esos que no se exhiben en los quioscos de Nueva York o Los Ángeles.
Una vez, en una entrevista de 2016 para El Espectador, Afanador dijo que una sesión de moda no perdura. Que no le gusta fotografiar escritores por su actitud desabrida, ni a cineastas que conocen tanto de poses que nunca están de acuerdo con una toma. Por eso en sus libros aparecen toreros sin nombre y bailarines de ballet y flamenco cuya fama empieza y acaba en teatros de ciudad pequeña. Rostros olvidados en la multitud, cicatrices que son vestigios del oficio de bailar, torear o actuar en pueblos.
Esas fotografías están atravesadas por otro tipo de pasiones más allá del protagonista, el paisaje o el color de la imagen. En trabajos como Torero (2001), Mil besos (2009) o Ángel gitano (2014), otras fuerzas cruzan las fotos: el erotismo, la sensualidad y la ambigüedad de los retratados, que no son personas ni buenas ni malas; son personajes oscuros y misteriosos. Esa idea repetida sobre la sexualidad: los modelos –que no son modelos profesionales– se convierten en órganos sexuales, y cantan y bailan en medio de las sesiones de fotos. Lloran, aúllan. Con una sesión no basta; hacen falta muchas. Tantas horas en el estudio o en las plazas como sean posibles. Alargar los minutos: así trabaja un retratista insistente.
Este año Afanador emprendió varios viajes por Colombia. Dos proyectos en específico pusieron al bumangués a andar por algunas tierras olvidadas de este país. El primero fue “Hijas del agua”, un trabajo con la artista bogotana Ana González, en el que se retratan 30 indígenas de las comunidades misak, guna-dule, arhuaca y wayuu. Este trabajo, apoyado por Artesanías de Colombia y la presidencia de Juan Manuel Santos, pretende mostrar algunas de las comunidades en las que el agua es el elemento central de su cosmogon&iac...
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Hizo parte del comité editorial de la revista Cromos y trabajó en la sección cultural del diario El Espectador. Actualmente es la editora de la HCJK, la radio cultural más antigua de Colombia.
Julio 2019
Edición No.209
Publicado en la edición
No. 203Cada una de estas notas es el germen de un gran texto. El autor de esta bitácora, escarbador de profesión, las ofrece para otros curiosos que, como él, quisieran escribirlos. [...]