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El Malpensante

Ficción

Los danzantes de la Tatacoa

Hay visiones que vuelven a nosotros periódicamente, con la ligereza de espejismos, con la pesadez de apariciones. Un hombre elige convertirse en fotógrafo para demostrarse a sí mismo que lo que ha visto una y otra vez, al atravesar el desierto, no solo existe en su cabeza.

© El Colegio del Cuerpo | Ruven Afanador | Marca País Colombia

 

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La primera vez que vi a los danzantes no me sorprendí. Íbamos en carretera, en un auto viejo sin aire acondicionado, por lo que habíamos bajado las ventanas. Mis hermanas jugaban con unas muñecas tuertas y yo miraba el mundo tergiversado que ofrecían los ochenta kilómetros de velocidad.

Tenía casi ocho años e íbamos a visitar a la tía Crucita, que vivía en Neiva, un territorio ardiente donde había más carros que personas. La tía solterona nos solía recibir con una jarra de limonada y nos llevaba a las piscinas del convento de las salesianas, una comunidad a la que siempre quiso unirse aunque nunca lo hizo por no dejar huérfanos a sus más de veinte perros.

Me gustaba viajar a donde la tía. Me gustaba subirme en el carro y mirar a través de las ventanas y recorrer distancias. Me sentía real, tangible, entre un paisaje que se perdía sin haberlo digerido.

Decía que no me sorprendieron los danzantes. Creo, viendo hacia atrás, que incluso me parecieron normales. Pasábamos por el desierto, después de todo, y en esas ocasiones siempre me agobiaba la sed. Imaginaba que nos perdíamos, o que se dañaba el carro y que debíamos pasar la noche sin agua, huyendo de los bichos monstruosos que seguro anidaban en las cuevas de la Tatacoa.

Nada más el nombre me inspiraba terror. Era el de un monstruo, una serpiente prehistórica marrón y erizada como el paisaje, árido, violento.

No creo que hubiéramos disminuido la velocidad, pero cuando vi a los danzantes llenos de tules, parecían moverse en cámara lenta como cuando los ojos se duermen viendo una fogata. Me llamaban con sus movimientos silenciosos, me invitaban a unirme a su baile aéreo. Miré a mis hermanas, que continuaban abstraídas en su juego. Miré a mis papás, que se reían de algún chiste privado, como solían hacerlo en aquella época en la que todavía parecían felices. Nadie m...

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