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El Malpensante

Breviario

Tengo un vecino que escupe

No es lluvia todo lo que cae del cielo.

Ilustración de Ricardo Nunez Suarez.

Tengo un vecino que escupe. Lo he probado todo para impedirlo, pero ha sido en vano. Ayer, sin ir más lejos, fijé un cartel en mi ventana. “Transite con cuidado”, escribí, “tenga a mano su paraguas”. No he querido señalar a nadie. Quiero decir, no de forma explícita. Nunca se sabe cómo reaccionará la gente. Es mejor evitarse disgustos.

Escupir no es ningún crimen. En cierta medida, todo depende del contexto. En algunos lugares se considera incluso aceptable. Como quien se sopla la nariz. No tengo nada en contra de eso, que cada cual haga con su boca lo que quiera. Pero el caso de mi vecino es otra cosa. Apunta y acierta. Si he de ser sincero, es admirable lo que consigue. No hace mucho soltó un proyectil que surcó el aire, como una libélula de alas muy flexibles, e impactó sobre un niño que paseaba por la acera.

Nos separa un callejón, que no suele ser muy animado, ni es sitio obligado de tránsito. No hay nada digno de mención. Excepto que mi vecino escupe desde su balcón. Hay que ver las reacciones de los involucrados. Se encogen, se dan vuelta como queriendo sorprender al viento, se preparan para el combate, se ovillan con disgusto, tropiezan, pero no aciertan a ver la procedencia de los proyectiles. Y no es que el tirador se oculte. Escupe a la vista de todos, pero es como si no existiera.

Anoche lo vi llorar. Lo hacía como si no fuera la primera vez. Se apreciaba cierta experiencia. Parecía lamentarse por una vieja pena. Me pregunto si alguna vez pone un pie dentro. He pensado en preguntarle suavemente por qué suspira. Y por qué escupe. No creo que sea necesario alzar la voz. No hay razón para perder la calma. La verdad es que no tengo motivos para reprochar sus actos. Yo mismo he dejado caer un salivazo en el callejón como por accidente. Una noche aproveché la lluvia para hacerlo. Mientras con la mano abierta se protegía de las gotas finas que inclinaba el viento y atravesaba la luz, sorprendí a un chico con mi descarga. Aunque decir que lo sorprendí es ir muy lejos. No tiene ninguna importancia. Una vez que lo has hecho, para qué lamentarse.

Cuando oscurece, me invade la tristeza. Supongo que a mi vecino también. Esta noche ha estado especialmente melancólico. Espero que el asunto del cartel qu...

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Felipe Jaramillo Gómez

Abogado con maestría en literatura, radicado en Barcelona, donde trabaja como editor de mesa. Ha colaborado para medios como El Espectador, Arcadia y El Colombiano.

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