Cada cuerpo se sumerge según
la densidad de los huesos:
una medida que no conoces hasta que
en la lengua que bajo el agua
moldea las manos
alguien dice,
girando el pulgar:
vamos a descender. Esa vez,
el cuerpo diminuto de alguien
que en la superficie
caminaba como una extraña entre los hombres
me tomó, de las manos,
y solo cuando descendimos preguntó
con el primer gesto que se aprende
es pregunta y respuesta a la vez:
¿Estás bien? Estoy bien.
Arriba, no miraba a los ojos.
Arriba, invertíamos el aire en preguntas
felices e innecesarias:
¿qué haces?, ¿de dónde eres?,
¿qué horas son allá?
Abajo, de la lengua,
el cuerpo no conoce esa precisión,
puede toser, reír, estornudar,
recordar vagamente haber sido pez
pero nunca
retener la respiración,
y además, como una Midas,
todo lo que el cuerpo toque morirá
que es una forma de decir
aquí abajo, detente a ti misma,
agárrate de las manos,
aprende esa lengua en imperativo,
esa lengua que demanda siempre
una respuesta:
ve en esa dirección;
yo, mira hacia mí;
dame aire,
y con la que también puedes decir
doblando los dedos sobre la palma:
híncate, quédate acá, ponte bajo el mar
de rodillas.
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Tiene una maestría en escritura creativa de la Universidad de Nueva York. Actualmente vive en Ithaca, Nueva York, en donde cursa un doctorado en literatura y dicta clases.
Agosto 2019
Edición No.210