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El Malpensante

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Pavarotti vende más

Traducción de Juan Carlos Garay

Un gordo que sobrepasó en número de fanáticos a muchos cantantes de música pop. Un gordo que levitaba por encima de los mortales gracias su voz. Un gordo, en fin, que con sus exigencias se daba el lujo de ser aún más pesado de lo que indicaba su figura.

Luciano Pavarotti, “el Gran Lucy”, posando en la casa de la que se habla en este artículo. Pésaro, Italia (1985). || © Elisa Leonelli.

La llamada entró a las ocho de la mañana, al igual que todos los días de aquel período de abril de 1991 en que estuvimos ensayando y grabando en Nueva York: “Michael, te habla Herbert Breslin. Luciano dice que no cantará esta noche si...”.

Lo que seguía era una letanía de advertencias. Las luces no debían estar muy encendidas porque el público se ponía a leer el programa de mano (algo que Pavarotti no aprobaba). Pero también estaba el asunto de cuándo debían encenderse: el tenor solicitaba entrar al escenario en completa oscuridad para que nadie lo viera apretujándose al pasar entre los músicos de la orquesta. Y además el orden en que los solistas debían hacer su entrada: Pavarotti era muy voluminoso para caminar grácilmente y si estaba flanqueado por cantantes más elegantes y ágiles, se iba a notar más.

Yo era el productor de la grabación, mi puesto estaba en una cabina en el sótano del teatro y ninguno de esos detalles tenía que ver en absoluto conmigo. En realidad todo tenía que ver con ese monstruo que había creado Breslin, el mánager de Pavarotti. Y esto fue apenas uno de los muchos temas que surgieron durante aquella producción de la ópera Otelo de Verdi. El estrés absoluto rodeaba cualquier proyecto que involucrara a quien llamábamos “el Gran Lucy”.

¡Y esta grabación ya venía con suficientes dosis de estrés! Se trataba de la despedida de sir Georg Solti, luego de 22 años de dirigir la Orquesta Sinfónica de Chicago. El evento era de altísimo nivel, con varias funciones de Otelo programadas para ser grabadas en vivo, primero en el Orchestra Hall de Chicago y luego en el Carnegie Hall de Nueva York: escenarios diferentes, acústicas diferentes, públicos diferentes.

Pavarotti ya había sobrepasado las cifras que determinan el éxito de un artista clásico, y supuestamente había vulgarizado la música clásica al superar en ventas a varias estrellas del pop: para la flor y nata de su época, este detalle era imperdonable. Pero sobre ...

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Michael Haas

Estudió en la Universidad de Música y Arte Dramático de Viena. Hasta 2017 dirigió el International Center for Suppressed Music, del Jewish Music Institute, entidad encargada de recuperar piezas musicales perdidas, sobre todo aquellas desaparecidas por el Tercer Reich.

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