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El Malpensante

Artículo

La marihuana de mi infancia

Una miniatura de lo que pasaba en varias zonas del país durante los años setenta: el autor de esta crónica personal y sus sobrinos ideaban maneras cotidianas de domesticar y afrontar la pequeña parcela de ilegalidad que les correspondía por herencia.

Imagen tomada del libro del libro Facts First de John C. Almack.

 

A la memoria de mi hermano Teo.

1.

Éramos tres infantes rurales: Jairo Javier, Álvaro Antonio –que son mis dos sobrinos– y yo. Más que mi sobrinos eran mis hermanos porque mi madre, que comenzó bien temprano el oficio de parir y tardó en jubilarse, me tuvo a mí cuando a ellos –Jairo, hijo de Carlos, el mayor de mis hermanos, y Álvaro, hijo de Estebana, mi hermana mayor– les faltaba poco para cumplir el uno dos y el otro un año de edad. Al poco tiempo fue como si tuviéramos la misma edad, y nos criamos juntos, correteando salvajes y ociosos en el monte, haciendo necesidades fisiológicas en cofradía, disputándonos los mejores frutos de los árboles, tratando de hacerle el quite diario a la obligación de acarrear el agua de beber desde el manantial hasta la casa, y pescando y chapoteando en un arroyo pedregoso que pasaba frente al rancho de bahareque.

A veces jugábamos al helicóptero. Para eso había que ser rápido.

–¡Juguemos al helicóptero! ¡Soy el piloto! –gritaba aquel al que se le ocurría el juego.

–¡Soy el copiloto! –decía el segundo más rápido.

El tercero, enmudecido, recibía la burla de los dos primeros:

–¡Y tú eres el huevo roto!

El piloto, el copiloto y el huevo roto: esa era la jerarquía, en rima ingenua y guasona, del juego del helicóptero en mi niñez.

Normalmente, el tercero refunfuñaba y amenazaba con abortar la aventura. Entonces había que parar las risas y negociar: que tranquilo, que él no era el huevo roto, que era un pasajero importante que había que transportar, un enfermo que era necesario llevar de emergencia a un hospital o un miembro de la Cruz Roja que tenía la importante misión de socorrer a un campesino atrapado por la creciente de un río. Eso le decía el copiloto, poniéndole la mano en el hombro, mientras el piloto buscaba el mejor árbol para empezar a pilotear: tucutucutucutucutucu, tucutuc...

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Javier Ortiz Cassiani

Es candidato a doctor en historia por El Colegio de México. Colaborador habitual de medios como El Heraldo, Arcadia y El Malpensante.

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