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El Malpensante

Ficción

Hasta la raíz

.

Ilustración de Daniel Liévano.

Cada viernes por la tarde, siempre a última hora, la profesora Magdaliza nos animaba a compartir nuestros talentos. Los alumnos más atrevidos cantaban canciones y recitaban poesías. Marta, que tenía su asiento fijo delante del mío, chupaba una paleta de uva. Con un movimiento rápido, se giró para decirme que iba a cantar una balada que le hacía aguar los ojos a su tía Mildre. Marta tenía la lengua morada. Cuando llegó su turno, envolvió la paleta con una hoja que le arrancó a su cuaderno de sociales, alisó los tachones de su falda y se ajustó el cintillo de tul que se ponía los viernes. Marta los tenía de todos los colores; de hecho, tenía un cintillo distinto para cada día. Su piel era negroazulada. Sus ojos también eran negros y grandes, como dos lunas completas.

El niño que hacía de presentador se llamaba Willie Portorreal. Se paró delante de la pizarra sosteniendo un micrófono de cartón y, con una voz que parecía imitar la de un locutor deportivo, anunció a Marta como “la gran estrella de Haití”. Después hubo un estallido de risas: risas descontroladas, risas tímidas, risas nerviosas, risas que se desplomaron sin piedad sobre la cabeza de Marta. Pobre. Se dejó caer en su asiento con la cara hundida entre las dos manos. Desde mi butaca, veía sus hombros agitándose al compás de su respiración angustiada. Marta no era haitiana. Y no quería serlo. Ningún niño de la escuela hubiera querido cargar con semejante cruz.

En el patio, durante el recreo, habíamos empezado a desafiarnos unos a otros para ver quién pronunciaba mal la palabra “perejil”. Los interrogados se colocaban en el centro de una ronda.

–Di perejil.

–No se oyó.

–¡Dilo de nuevo!

–Tienes tres oportunidades.

–¡Aquí hay un pití gasón!

Muchas veces, de uno de esos juegos de “di perejil” salía alguien dando gritos. La mamá de Pedrito Maldonado se presentó una tarde en la oficina de dirección con las actas de nacimiento de varios miembros de su familia. Su hijo llevaba dos días sin querer ir a la escuela. La mamá le dijo al director que ni en la familia Maldonado, ni en la de los Pérez, había haitianos, y que si su Pedrito tenía problemas para decir “perejil” era porque se le trababa la lengua.

Teníamos un lugar estratégico para nuestro juego. Muy cerca de los límites del patio, donde las buganvilias enredadas en la malla metálica nos resguardaban de las miradas de la calle. Pero eso no impedía que nos escucharan. Doña Pepé, una señora que vivía en el vecindario y que los martes y jueves vendía jugos de frutas junto a la puerta principal, nos estuvo espiando una tarde.

–Yo quisiera saber a quién se le ocurrió ese juego. ¿Es que en la escuela ya no enseñan historia?

Desbaratamos la ronda y salimos corriendo como cuando oíamos el sonido chirriante del viejo timbre. Decían que el juego lo había inventado un alumno de octavo curso. Los demás lo seguíamos como si fuera repartiendo la palabra de Dios. Era un muchacho delgado, muy alto. Tenía un historial de notas excelentes y, sin embargo, era un asiduo visitante de la oficina del director.

Un día de 1937, Trujillo dijo que los haitianos que vivían en territorio dominicano debían ser exterminados. Por mucho que a algunos les pese y, créanme, a muchos les pesa, los haitianos y los dominicanos nos parecemos. No hace falta que abunde en razones. Creo que podría agotar todas las explicaciones con una sola palabra: África. Es tan elemental que Trujillo, quien solía blanquearse la cara con polvos de arroz, tuvo que inventar un método para ejecutar su plan de exterminio. En la lengua criolla de los haitianos,  la pronunciación de la r ligera tiene un sonido distinto. Para saber a quién debían matar y a quién no, los soldados del dictador hacían que sus posibles víctimas pronunciaran la palabra “perejil”. No se ha podido precisar cuántos haitianos fueron asesinados en la frontera entre Haití y la República Dominicana. Se habla de cientos, de miles. Alguna vez escuché decir a mi abuelo que en los tiempos de la Masacre del Perejil, las aguas del río Dajabón se tiñeron de rojo.

Cuando pregunté qué era el perejil, me hablaron de una hierba que les da sabor a las comidas. Nunca la había visto. Conocía el apio y el cilantro, unas ramas verdes y aromáticas que sobresalían de los mostradores de los colmados y que las cocineras ponían en las habichuelas y en los guisos de carne. Ni siquiera en mi libro de ciencias naturales aparecía una foto del famoso perejil. ¿Será que Trujillo mandó a arrancar todo el perejil que crecía en la República Dominicana? Me imaginaba a un ejército de hombres uniformados con camisas y pantalones caqui, botas de caña alta y sombreros de paja, armados con puñales y machetes de diferentes tamaños, arrancando matas de perejil como cosa loca. Antonia, la señora que ayudaba a mi mamá con los oficios de la casa, me dijo que el perejil también servía para alejar la maldad. Me preguntaba qué aspecto tendría la maldad. Si su estado era líquido, gaseoso o sólido. Si saltaba por encima del tiempo con unas canillas de zancudo de carnaval. Si era negra como el betún o blanca como la leche, si era grande como una auyama o pequeña como una semilla de anís.

Yo sabía que Marta era nieta de un haitiano. Una vez me contó que Odilión Jean, a quien ella llamaba “papá”, había salido de Haití para trabajar en un campo de caña de San Pedro de Macorís. Allí se casó con una dominicana. Nacieron el padre de Marta y sus cinco hermanos. Por eso el primer apellido de Marta era Jean. Y, por eso, cuando la profesora Magdaliza pasaba lista y nos llamaba por nuestros nombres, antes de que Marta dijera “presente”, se escuchaba un murmullo de risas burlonas. Habíamos aprendido que los haitianos son más negros que nosotros; más negros y más pobres. Sus apellidos no eran como los nuestros. Hasta el olor del sudor que brotaba de su piel era distinto: más apestoso. Y lo peor no eran esas ceremonias de vudú en las que bebían sangre de animales y masticaban huesos de niños. Lo peor era que un haitiano podía convertirte en zombi, arrancarte la voluntad y condenarte a una vida de esclavo eterno.

Marta decía que Odilión Jean siempre tenía el mismo sueño y que lo contaba una y otra vez en todas las reuniones familiares. Así había sido desde que Marta tenía memoria. Soñaba que un batallón de hormigas coloradas lo levantaba de su estera de mimbre –después de tantos años durmiendo en la barraca del batey, Odilión Jean se negaba a dormir en una cama de verdad–. Las hormigas, que conocían la ruta que debían seguir, primero lo llevaban a las entrañas del cañaveral, donde Odilión Jean aspiraba el olor de la caña de azúcar y escuchaba el sonido de las hojas que agitaba el viento suave de la noche. Las hormigas avanzaban con él a cuestas. Cuando cruzaban el río Dajabón, el viejo alargaba su mano callosa para mojarse los dedos en el agua. A la mañana siguiente, el abuelo de Marta despertaba en su tierra natal.

Después de lo que hizo Willie Portorreal, Marta dejó de hablar con todos nosotros. Se quedaba muy quieta en su butaca, mirando un punto lejano del infinito. Nos estaba aplicando la ley del hielo, un castigo que aprendimos viendo una telenovela mexicana que se llamaba Carrusel. En la telenovela, la castigada era una rubita pedante que despreciaba al único negro que había en la clase de la maestra Ximena. Marta no era la única negra en la clase de la profesora Magdaliza. Casi todos éramos negros, solo que nadie más tenía un apellido que pesara como una casa de hormigón. Alguna vez temí que mi segundo apellido pudiera despertar sospechas. Las únicas que llevábamos el apellido Isaac en la escuela éramos nosotras: mis dos hermanas y yo. Quise estar prevenida. Si las cosas se complicaban sabía qué decir. Mi apellido había llegado a la isla con mi difunto abuelo, desde una colonia inglesa que en el mapa se ubicaba en las Antillas Menores. También pensaba que, si mis orígenes se ponían en tela de juicio y los muchachos empezaban a burlarse de mí, Marta y yo compartiríamos algo más que risas y canciones lacrimógenas.

No sabía cómo interpretar su silencio. Pensaba escribirle una carta para preguntarle por qué había dejado de hablarme, sabiendo, como seguramente sabía, que yo siempre estaría de su lado. Para mi sorpresa, Marta se adelantó a mis deseos. En un bolsillo de mi mochila encontré un papel doblado por la mitad, escrito con su letra cursiva, con líneas derechitas, igual que en la caligrafía Palmer: “Yo no estoy brava contigo, pero no quiero seguir en esta maldita escuela. Ojalá me saquen. ¿A ti te van a apuntar en el curso de ballet? Lo van a dar los domingos por la mañana. Mami dice que ella me da permiso si tu mamá te deja ir a ti”.

En el Centro Comunitario Aguas Vivas iban a dar clases de ballet para niñas entre seis y doce años. La coordinadora del curso estaba visitando las casas del barrio para hablar con los padres que tenían niñas de nuestra edad. Era una mujer pelirroja, alta y caderona. Cuando la coordinadora fue a explicarle lo de las clases de ballet, un sábado por la mañana, poco antes del mediodía, mami se cambió la bata que usaba para estar dentro de casa, se puso un vestido azul, se echó unas gotas de Gloria Vanderbilt y le dijo a Antonia que estuviera pendiente del cocido que hervía en la olla.

Las clases empezaban a las 9:30 de la mañana. La pelirroja pasaba a recoger a las niñas que tenían que cruzar la autopista para llegar al Centro. Yo la esperaba con la cara pegada a las rejas del portón. Sentía el corazón sobresaltado y una extraña alegría que nadaba en mi estómago como un pez betta. Cuando alcancé a ver que la pelirroja entraba en mi calle con dos niñas que parecían hermanas, avisé a mami para que saliera a darme su bendición y a ponerle el pasador a la puerta. La pelirroja se despidió de ella y nos dijo a mí y a las dos niñas:

–Vámonos, mis hijas.

En el Centro Comunitario Aguas Vivas, antes de pasar a la sala de prácticas, todas las niñas teníamos que hacer una fila delante de un mostrador. Ahí estaba la pelirroja, comprobando nuestros datos y anotando no sé qué cosas en un libro de registro. Marta me había guardado un puesto detrás de ella. Cuando la pelirroja quiso confirmar su nombre y su edad, Marta dijo que sus apellidos eran Jiménez Brea. La pelirroja levantó la vista del libro, arrugó el entrecejo y le quitó la tapa a un bolígrafo con los dientes.

—¿Jiménez?

—Sí, con J, y con acento en la primera e.

—Niña, sé muy bien cómo se escribe. Pero, dime una cosa, ¿tú primer apellido no era Jean?

—No, no, no... Mi apellido por parte de padre es Jiménez. Mi nombre completo es Marta Jiménez Brea. Tengo nueve años, cumplo diez en agosto.

—Parece que aquí nos confundimos.

—Sí, seguro que se equivocaron.

La cara de Marta me hizo pensar que había ensayado su actuación toda la noche, repitiendo su nuevo apellido hasta que se le quedó pegado en la lengua, escribiendo “Jiménez”, con J y con acento en la primera e, hasta que el sueño la venció, hasta que se le gastó el lápiz o hasta que su mamá le dijo que se fuera a dormir, que ya estaba bueno. Antes de pasar a confirmar mis datos, la pelirroja dejó el libro sobre el mostrador y buscó uno de esos correctores de líquido blanco que sirven para borrar un error y escribir encima una palabra nueva. Yo había comprobado que, si uno rasca con las uñas, la palabra borrada vuelve a aparecer, igual que un brote de hierba que sigue agarrado a la tierra por la raíz.

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Sorayda Peguero Isaac

Reside en Barcelona. Es columnista de "El Espectador".

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