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El Malpensante

Breviario

Niño de barro

¿Se alberga algún sentimiento maternal por un gólem infantil, una Galatea pueril o un Pinocho que dura lo que un suspiro?

Ilustración de Franco.

Todos los días hago un niño de barro. Le pienso bien los ojos, la boca, la nariz apenas respingada, el pelo sencillo. Nunca es muy alto. No pasa de mis rodillas. Las manos y los pies son lo más difícil. Un niño necesita pies firmes, me digo. Y manos que puedan ser puños. Me concentro, después, en el pecho. Pongo la mano en su piel fría y respiro. Uno, dos, tres: el niño abre los ojos y dice:

–Vamos al jardín.

O:

–¿Por qué no tomamos sol, un helado, o por lo menos el toro por las astas?

(El niño siempre tiene buenas ideas.)

Nunca me dice “mamá” o “papá” y eso es un alivio. Porque no hay nada familiar en mi relación con él. No es mío ni yo soy de él. Ni siquiera nos conocemos porque acabo de crearlo. No tengo idea de quién es y eso me maravilla.

Cuando ya hemos jugado un poco y pienso que está listo, lo mando al mundo y espero.

Casi siempre vuelve roto. Una rajadura en la espalda, tres dedos menos, un agujero en la mejilla.

Entonces me cuenta:

El agujero en la cara es el recuerdo de una niña. Cuando doblaba una esquina, se encontró con una chica de pelo rubio y piel de porcelana que se prendó de él. Pero él siguió su camino, que era el del río y –por lo que sé– el favorito de todos los niños de barro, que parecen oír el llamado del agua que bordea la ciudad. A la rubia no le gustó nada ser ignorada y como iba de la mano de un hombre que fumaba un cigarrillo, se lo quitó de los dedos y muy diestra lo apagó sobre la mejilla del niño, que volvió a la casa sin bajar al río y con un agujero negro como un susto en su mejilla.

Yo suspiro. Sé que otros niños antes de él han tenido ese tipo de encuentros. Pero no tengo nada que decirle, excepto que ahí afuera hay gente que ama y que no se puede hacer nada al respecto.

El niño se toca con precaución la mejilla, palpa el agujero con su índice de yema plana. Asiente. Abre y cierra los párpados. Toma un sorbo de agua –todos los niños de barro aman el agua, siempre la buscan y la encuentran–, se pasa la lengua por los labios y sigue.

Los dedos los perdió en una disputa, me dice. Había tres hombres discutiendo sentados sobre un puente. Uno de ellos decía que Dios vivía en el río; otro que en el cielo, y el tercero que Dios no existía. Cuando vieron venir al niño lo detuvieron. Nunca antes se habían cruzado con alguien así. Les pareció una señal, una criatura de otra especie, tan raro y ajeno que seguro calificaba para dirimir la cuestión que discutían (también puede ser que fueran de esos que creen que los locos y los niños siempre dicen la verdad). Le preguntaron entonces al niño si el creador de todas las cosas vivía en el agua, en el cielo o en la nada misma. Él los miró con sus ojos negros, pintados al carbón, y tuvo miedo porque sabía la respuesta a esa pregunta.

–Las cosas se hicieron a sí mismas, así que todas son dioses –contestó.

(El niño es inteligente. Siempre tiene buenas respuestas a cuestiones filosóficas. No confunde un mero soplo de aire con la respiración de una divinidad.)

Los hombres se enfurecieron. Lo agarraron de los brazos e intentaron arrojarlo al río, donde seguramente se hubiera deshecho en ondas de suave lodo. Pero el niño luchó con sus manos como puños y siguió gritando su verdad.

–Nadie me hizo, nadie me hizo –decía en su intento de protegerme.

Así fue como perdió tres dedos y volvió a casa sin haber podido bajar al río. Yo lo miro y trato de no mostrar ninguna emoción. En general, eso me sale. Las emociones son ciertas solo cuando son invisibles. Así que pongo mi mejor cara cuando suspiro y le digo que ahí afuera hay gente que cree y que no se puede hacer nada al respecto.

El niño sonríe sin mostrar los dientes. No está satisfecho pero acepta lo que digo.

Entonces llegamos a la rajadura en la espalda. El niño se tambalea un poco. Apoya una mano en un árbol. Me acomodo mejor en el pasto para escuchar su historia. Pero no hay ninguna. El niño no sabe de dónde ha salido esa línea que le quiebra la espalda como un rayo. Por eso sigue sonriendo mientras la rajadura se ahonda hasta transformarse en hueco. Me sigue hablando del sol, de las flores, de cómo brillan las cosas del mundo cuando él posa los ojos en ellas. Habla sin darse cuenta de que la línea corre rápida hasta su cintura. Su cuerpo se parte primero en dos y después se desmorona ante mis ojos. Lo último en caer es la mano que se aferraba al árbol. Ahora el niño es un montón de barro seco a mis pies. Y no tengo nada para decirle porque siempre llego tarde a ese error.

Algún día, me digo, iré yo a ver cómo es eso del afuera y por qué es tan necesaria una columna vertebral, un balance interior, un lugar que se erice y se estremezca y a la vez te sostenga, en equilibrio secreto, frente a la furia del mundo. Siempre me voy a dormir con ese propósito. Pero al día siguiente, me despierto y recuerdo que ahí afuera hay gente que ama y cree y que no se puede hacer nada al respecto. Así que me levanto y hago un nuevo niño de barro para que salga y me cuente.  

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Betina González

Tiene una maestría en escritura creativa de la Universidad de El Paso, Texas, y es doctora en literatura latinoamericana de la Universidad de Pittsburgh. En 2012 ganó el Premio Tusquets de Novela con Las poseídas. En 2018 publicó su último libro, El amor es una catástrofe natural.

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