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El Malpensante

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Volver a casa

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Cuando Maríamatilde Rodríguez propuso que le dedicáramos una edición al archipiélago de San Andrés, sentí que se cerraba un círculo. Fue a principios de este año, a la salida de un evento literario en Bogotá, y a mi lado estaba el escritor y editor Ángel Unfried. A Maríamatilde le entusiasmaba lo que El Malpensante venía haciendo y sugirió vincular de alguna forma la revista con el proyecto que se traía entre manos: la primera Feria Insular del Libro de San Andrés Isla (Filsai), que se celebraría en paralelo con el segundo Encuentro de Escritores La Raya en el Ojo, este último un festival de artes levantado a pulso por ella con ingenio, candidez y dominio de las relaciones sociales, apoyándose además en la gracia de su escritura.

Yo me tomé en serio la idea y me subí a ese bote en el que hemos estado remando por intervalos desde hace meses. Las aguas se despejaron gracias al patrocinio y organización conjunta de la Gobernación de San Andrés, Providencia y Santa Catalina –a través de su Secretaría de Cultura–, la Universidad Nacional sede Caribe, y la Asociación Mamaroja Company (álter ego institucional y acrónimo de Maríamatilde Rodríguez Jaime).

En cuanto a los festivales, la trayectoria en gestión de Mamaroja Company, el compromiso de la Gobernación con la realización de iniciativas culturales en el archipiélago –entre ellas la Semana de las Artes– y la experticia de la Universidad Nacional sede Caribe, dirigida por la profesora Adriana Santos Martínez, que lleva décadas impulsando proyectos de toda índole en las islas, sobre todo en materia cultural, se vieron reforzados con la participación de dos socios potentes: el Banco de la República y la Casa Editorial Welcome. Así se materializó la Filsai, que finalmente tuvo lugar entre el 25 y 29 de septiembre de este año, y que junto a La Raya en el Ojo reunió en el archipiélago a músicos, escritores y artistas de todo calibre, y a una oleada de público que inundó los espacios de encuentro.

A varios de esos escritores les pedimos colaborar en esta edición, que no es una memoria del evento, sino una especie de pequeño bote salvavidas desprendido de ese barco mayor, y que preferimos fuera arrastrado a la deriva por una corriente paralela hasta encontrar su propio rumbo.

Para mí como editor, el proyecto tomó un cariz muy personal. Eventos como la Filsai y La Raya en el Ojo buscan, entre otras cosas, motivar a los jóvenes a emprender o persistir en búsquedas creativas y estéticas. Así que no hay mejor halago para esos esfuerzos que ilustrar sus beneficios con un ejemplo de mi propia cosecha. Por eso, me saldré por un momento del itinerario institucional al que había orientado esta presentación.

En 2004 se celebró en San Andrés un encuentro de escritores que sería el prototipo de La Raya en el Ojo. Yo era un chico de unos trece años con un cuaderno lleno de poemas de amor dedicados a la hija de Maríamatilde, amiga y compañera de clase; un cuaderno que, para fortuna de la literatura universal y de Laura, mis padres extraviaron en alguna mudanza cuando yo ya estaba a kilómetros de la isla, persiguiendo una carrera universitaria en tierra firme.

Ese festival piloto fue muy importante para mí. Recuerdo una charla muy reveladora, ofrecida por Diana Uribe con su típico desparpajo y su habilidad para seducir, sobre la relación de El Señor de los Anillos y la Primera Guerra Mundial. La historiadora retrataba a un Tolkien veinteañero, estudiante de literatura reencauchado como soldado, delirando dentro de las trincheras en la batalla del Somme. Pero recuerdo incluso con mayor vivacidad el recital de un joven poeta chocoano-barranquillero. Llevaba una camiseta de rayas blancas y negras que lo hacía ver más flaco de lo que sus casi dos metros de estatura ya lo estiraban. Leyó un poema sobre los fraccionarios y el desamor. Yo, que era la mitad de la pareja que quería tener, me sentí aludido. Me emocionó que se pudiera ver esa minúscula tragedia con humor; fue uno de esos primeros momentos en los que el melodrama de la adolescencia comenzaba a dar paso a la sonrisa burlona o resignada de la adultez.

Ese poeta era Ángel Unfried. Al final de su presentación intercambiamos chistes y, meses después, también cuentos, anécdotas y proyectos. Con el tiempo él se convertiría en un amigo, antes de ser mi jefe y mentor en las oficinas de El Malpensante, revista que editó por varios años y dirigió por un par más.

Antes dije que sentí que un círculo se cerraba, pero no me refería al de una azucarada rosca literaria. Ahora, en Bogotá, Ángel, Maríamatilde y yo nos habíamos encontrado por casualidad a la salida de aquel evento, después de catorce años, y pensé que lo que ella me ofrecía era una oportunidad para agradecerle a aquel festival de 2004 que de alguna manera me había puesto a escribir y a editar con ánimo y rigor, conectándome con personas afines.

La edición que tiene en sus manos, lector, es el resultado del entusiasmo de ese momento y de la participación de todas las personas e instituciones mencionadas, y de otras más. Maríamatilde dio pautas para este viaje. Ángel no pudo participar con el texto que pensamos en algún momento y abandonó el barco, pero otros se sumaron sobre la marcha. Debo agradecer especialmente a Raúl Román, nuestro enlace con la Universidad Nacional sede Caribe y el encargado de dirigir las cosas desde esa orilla.

 Entre los escritores invitados a la Filsai que contribuyeron con estas páginas están la sanandresana Cristina Bendek, recientemente galardonada con el Premio Elisa Mújica por su novela Los cristales de la sal. Ella aporta un análisis mordaz sobre la situación geopolítica del archipiélago en medio de la disputa territorial entre Nicaragua y Colombia. El poeta dominicano Frank Báez se jala una crónica de viaje con su humor y sencillez habituales, en la que establece relaciones y contrastes entre su pedacito de tierra insular y el nuestro. Hazel Robinson se encarga de dos remos de nuestro botecito con una historia sobre su abuela y el pasado de las islas, más una presentación para el portafolio gráfico del primer fotógrafo que capturó a San Andrés en imágenes, el jamaiquino trasplantado Philip Phillips. Juan Manuel Roca le hace un homenaje a otro hijo adoptivo del archipiélago, René Rebetez, que en los intersticios de su obra narrativa nos dejó un sabroso y literario libro de recetas. Rhett Bush y compañía participan con un extracto de una cartilla en la que explican un ingenioso método para aprender lectoescritura musical a través del pulso del creol y el ritmo del calipso. Y hablando de ese género musical, Maríamatilde participa con un perfil de su representante más subversiva: la trinitaria Calypso Rose.

En esta edición también hay piezas de personajes que no estuvieron personalmente en la Filsai, pero sí en espíritu. Mónica María del Valle escribe un agudo diagnóstico de la literatura del archipiélago con referencias a sus exponentes más notables. El costarricense Quince Duncan nos introduce al mítico personaje de Anancy y nos explica el derrotero de esta pícara araña por donde quiera que han desembarcado los africanos en América. María Esther Gutiérrez y Mariann Soto, dos integrantes de nuestra redacción, aportan pruebas para demostrar que Stevenson y Defoe basaron sus dos novelas más famosas en las historias de náufragos o piratas que frecuentaron nuestro archipiélago. Y por último, Derek Walcott, ganador del Premio Nobel, aparece en este especial con un bello e inteligente ensayo referido a las Antillas, pero aplicable al Gran Caribe, sobre el prejuicio de mirar estos territorios como la puesta en escena de otras civilizaciones siempre mejores y menos decadentes.

Me conmueve que El Malpensante se haya unido a este impulso de explorar la idiosincrasia del archipiélago, así como su poesía y su música, sus fronteras agujereadas y sus tensiones sociales, su idioma creol y sus fábulas. Siento como si volviera a casa, montado en mi hogar actual, aunando remadas con el resto de nuestro equipo y todos los autores que colaboraron en esta edición.

Solo me resta disculparme si agobié al lector con este peaje necesario y mi tono dulzón. Quisiera que esta introducción fuera vista como aquella tarjeta de turismo que deben adquirir quienes no residen en el archipiélago y carecen de la credencial que otorga la Oficina de Control, Circulación y Residencia, la famosa OCCRE. Y a los isleños que leen esta revista les digo: bienvenidos de vuelta.

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Karim Ganem Maloof

Abogado y literato, becario de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es el editor de la revista El Malpensante.

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