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El Malpensante

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Calypso Rose y la legión de insumisas del Caribe

El calipso, ese género que plantea la abolición de las costras de la esclavitud con un ritmo que permite sonreír, se canta con la voz de esta negra “desobediente”.

Ilustración de Germán González

 

Si como dice Borges “el nombre es el arquetipo de la cosa, en las letras de la rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo”, entonces fue Homero quien inventó el calipso.

En la Odisea, Calipso es la hija de Atlas que albergó a Odiseo después del naufragio. Fue ella quien lo hospedó, lo alimentó, compartió su lecho y lo retuvo durante siete años mientras le paría cuatro hijos inmortales. Quería que él olvidara a Penélope, la mujer que lo esperaba en Ítaca mientras tejía y destejía la manta con la que envolvió el universo.

Un hilo de esa manta se soltó y cayó sobre la cabeza de Linda McArtha Monica Sandy-Lewis, quien sería bautizada por el historiador y ex primer ministro de Trinidad y Tobago, Eric Eustace Williams, con el nombre de Calypso Rose. Así lo hizo en 1955, luego de escucharla cantar en el escenario en que le rendían tributo tras el fin de su período como primer ministro, porque, según él, “la rosa es la madre de todas las flores”.

Ella nació en la isla de Trinidad, cuando aún no era una república independiente, pero se parece tanto a nosotros los sanandresanos y es tan nuestra que tengo la sensación de haberla visto caminando con un turbante en la cabeza por el centro, por el almacén El Polito o por el callejón donde antes estaba la proveedora de Vancleef Newball. Y es que a los habitantes de todas las islas del Caribe nos hermana el recuerdo del humo del África occidental, la culpa servida en el té de las misiones evangelizadoras y el mar en el que la contabilidad de la historia mezcló hombres negros, blancos, piratas, filibusteros y libres.

Pertenecemos a la nación calipsoniana que vive más allá de absurdas fronteras políticas. Somos una patria escrita con la caligrafía musical que sale de Trinidad y Tobago, llega a Venezuela, pasa por Jamaica, cruza todas las Antillas, pasa por el estado de Pará en Brasil, se sumerge en el archipiélago de San Andrés y Providencia, cruza a Puerto Limón en Costa Rica, y de ahí a la costa nicaragüense y a Bocas del Toro, en Panamá.

Me gustan los trinitarios porque antes de que Gandhi naciera ya ellos habían inaugurado el pacifismo como una forma de lucha. Era 1834 y, a pesar de la abolición de la esclavitud, la Corona inglesa insistía en que los “nuevos súbditos” debían trabajar durante seis años en calidad de aprendices antes de ser completamente libres. Ellos respondieron cantando en coro: “Pas de six ans, point de six ans”, que traduce: “No a los seis años, nada de seis años”. Mientras las mujeres bailaban, los hombres gritaban “pas de six ans...”, y las mujeres seguían bailando. El calipso estaba ahí marcando el ritmo de la rebeldía, narrando una forma de estar y de pertenecer a un lugar.

Tuvo que pasar un siglo para que una mujer se atreviera a trovar a la par de los hombres. Y se necesitarían unos años más para que se reconociera que Calypso Rose ha sido la continuación de la misma voz que entonaba la consigna libertaria del “pas de six ans”, pues sus canciones claman justicia para las hembras, para los negros del Caribe y para Trinidad. El día en que a Mighty Sparrow, a manera de chiste, le dio por cantar insultos contra las mujeres, Calypso compuso letras para defenderse, como una especie de gatillo benigno: “No les peguen, no levanten la mano en contra de las mujeres. Recuerden que su mamá es una mujer, la mamá de sus hijos es una mujer, así que mejor déjenlas tranquilas...”.

El calipso plantea la abolición de las costras de la esclavitud con un ritmo que permite sonreír. Creol y calipso son líneas que se encuentran en algún punto. Sin duda el verbo “subvertir” fluye en el torrente sanguíneo de Calypso Rose. Iniciada en el carnaval, está habituada a huir de la solemnidad. Lezama Lima dijo que hay viajes que se pueden hacer sin moverse a ningún lugar. Eso sucede con Calypso Rose, quien trae en la garganta la voz de su tatarabuela esclava, la de su papá, secuestrado por los escoceses, y la beligerancia de su tatarabuelo paterno que, dicen, urdió una revuelta contra la Governor’s General House para la liberación de los esclavos.

Su iniciación en una carpa carnavalera sería una especie de premonición. Para completarla debía vencer al diablo porque su padre, pescador y ministro de la Iglesia bautista, creía que cantar en las fiestas paganas era cosa del demonio. Qué inocencia creer que un diablo gozón puede ser más malo que nosotros. Pero, en fin. El diablo huyó cuando ella comenzó a cantar ese sartal de calipsos sencillos que condenaban el tedio y la injusticia.

Las historias del Caribe son más fáciles si se cantan, se digieren, se mastican y se bailan. La muerte no es erudita. Hay que despojarla de solemnidad, no de gozo. El calipso era territorio de hombres hasta que ella llegó, Calypso. En Colombia hay casos similares: la investigadora Daniella Cura afirma que Esthercita Forero –una compositora que los colombianos hemos dejado empolvar en los anaqueles de la historia– era una mujer que bebía, bailaba y amanecía con la mismísima vedette y actriz Josephine Baker, mientras enarbolaba la bandera de las insumisas.

Nosotros también tenemos mujeres transgresoras en este lado del Caribe: unas apacibles y serenas; otras locuaces y desafiantes. Que lo diga el antropólogo Weildler Guerra, que me contó la historia de María Luisa Reina, más conocida como Wicha, una guajira vendedora de dulces de lengua procaz que un día se fue para Aruba y regresó bailando pegao. Fue la primera mujer en el país que bailó pegao y las malas lenguas se la comieron. En el argot popular decían que “se la tragó el criterio”, pero un año después todas las mujeres estaban bailando abrazadas como un preludio del amor humano en este país de pacatos.

El archipiélago de San Andrés, además, guarda una señora compositora entre sus habitantes: la serena miss Cecilia Francis Hall, cuyo calipso más famoso, “Beautiful San Andres”, eclipsa composiciones menos populares o cuya autoría es desconocida. La historia de miss Cecilia y su legado merecen una indagación más profunda. Díganme si no estamos en deuda con ella cuando su canción es más importante para nosotros que el himno nacional y el “Happy Birthday”.

En todo caso, las luchas de Calypso Rose son el ejemplo de lo que la literatura cantada puede hacer por un país. Luchas que llevaron a la cantante a compartir gira con Bob Marley, y a que Michael Jackson se sorprendiera con sus letras insumisas que pretenden cambiar el mundo. En Trinidad y Tobago, su canción “No Madame” fue el himno del cambio legislativo que mejoró las condiciones de las empleadas domésticas, que antes ganaban tan solo 20 dólares al mes. Aún resuenan en mi cabeza sus consejos para enfrentar las varias formas que adquiere la violencia. En el álbum Far From Home una sencilla frase lo dice todo: “Tú eres lo primero, cuídate”.

Calypso Rose hoy vive en Nueva York y acaba de ganar una ardua lucha contra el cáncer de mama. La teta que nos dio a beber la leche del calipso libertario tiene la convicción de seguir con vida.

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Maríamatilde Rodríguez

Es autora del libro de poemas Los hijos del paisaje. Vive en la isla de Providencia.

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