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Breviario

Yo...

En nuestro número 77, correspondiente a marzo-abril de 2006, publicamos el “Manual para embaucadores (o aquellos que quieran dejar de serlo)”, de Serner, con una nota biográfica compuesta por el traductor, Hernán D. Caro. Ahora ambos repiten: Caro traduce una corta y cortante autobiografía del maleducado autor nacido en la República Checa.

... nací el 15 de marzo de 1889 en Karlsbad. En esta ciudad asistí a la escuela, donde, a través del escritor romano Pablo Ovidio Naso, entré en contacto por primera vez con un espíritu sutil, y a través de mis profesores, con lo más canalla del género humano. Yo era considerado un elemento subversivo, si bien por ese entonces no me interesaba más que por las empleadas del servicio, e intentaba de todas maneras hacerle honor al susodicho escritor. La carrera de derecho, que inicié a mis dieciocho, no llegó a realizarse; en su lugar conocí Viena, que en esos tiempos era una ciudad que había que tomarse a pecho. Hoy sigue siendo para mí un enigma el haber aprobado el examen estatal de historia del derecho. Poco después terminó en mis manos el premio del casino del Carnaval de Munich, y fue así como me largué con el último doblón a Berlín, donde me morí de aburrimiento durante catorce días, pues cometí el error de dormir de noche. Cuando empecé a hacer lo contrario, me divertí tanto tres años enteros que aún hoy mi amor por esa ciudad, y por su argot, sigue siendo inextinguible.

Ya que una mano que determinaba mi vida a mis espaldas seguía pagando la universidad, no pude resistir la tentación de ver amortizadas mis deudas, y me fui a dormir cuatro meses a la Universidad de Greifswald. El resultado fue, no obstante, positivo, lo que tengo que agradecerle a Ovidio. Logré dirigir la charla hacia él, y como mis examinadores eran conocedores del hombre y verdaderos humanistas, me convertí en doctor utriusque juris. Esta circunstancia me ha sido provechosa durante largo tiempo, pues poco después decidí abandonar cualquier vía predeterminada (¿hay acaso una frase más bella que ésta?), y dedicarme a pasear por toda Europa. Por lo general, el padre de familia que descubre que alguien no lleva una vida burguesa se convence de inmediato de que lleva una ilegal. Para él, la vasta gama de posibilidades existentes entre los dos polos no es más que una fantasía. Ahora bien: el título de doctor demora esa convicción, pues estimula la imaginación civilmente.

Sin embargo, cuando explotó la Primera Guerra Mundial, tenía yo tan mala reputación que tuve que recrear mis cuatro años de estadía obligada en Suiza con todo tipo de divertimentos, y con la redacción de un manual titulado Última relajación (Manual para embaucadores), que será de utilidad para todo el mund...

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