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El Malpensante

Ficción

El arte de los monstruos

.

 

Ilustración de Mierdinsky


–Necesitamos el arte de los monstruos –dijo el mensajero, y mostró el oficio que lo mandataba.


El alguacil barrió el oficio lentamente con la mirada como si considerara su gravedad, aunque no la considerara, pero lo parecía.

–Desde luego –dijo. Y se dio media vuelta.

Empujó la puerta de madera a sus espaldas y entró a la siguiente habitación. Mostró el oficio al secretario, que lo barrió con solemnidad y asintió, entonces caminó al fondo de la habitación, giró el pomo de la segunda puerta, que era de plástico. En la siguiente habitación sólo había un buró de un solo cajón. Abrió el cajón y extrajo un anillo con tres llaves; usó una para abrir la siguiente puerta, la puerta de aluminio, y entró a la siguiente habitación. Nada había ahí, salvo paredes de metal plateado. Utilizó las dos llaves restantes para abrir la siguiente puerta, que era de roble en la superficie pero de alma de acero, y entró a la última habitación. Ésta era también toda metálica pero más chica que las otras. El techo era un bulbo cuadrado que iluminaba un estante con botellas, otro estante en el que reposaba un bastón de extremo contundente y una caja con rollos de papel de diversas texturas; en el suelo había un aparato negro y cuadrado con un cable negro también. Puso una botella, el bastón y un rollo de papel sobre el aparato, y empujó todo hacia la siguiente puerta, que parecía una caja fuerte. El alguacil giró el dial de la cerradura de combinación para un lado, para el otro, para uno, para uno, para uno, para el otro, giraba sin dudarlo, con tempo y determinación, hasta que la cerradura hizo clic. Entonces jaló del asa de la compuerta de titanio y entró a la sala de los monstruos.

A la entrada, colgada de un clavo, había una tabla con una hoja para el registro. El alguacil hizo tres marcas en sendas líneas, se dio media vuelta, tomó el bastón, giró una manivela y entró a la mazmorra del primer monstruo. Lo sorprendió haciendo arte. Golpeaba y golpeaba con sus puños velludos un pliego de papel sepia que se había marcado de manera perturbadora contra el piso de cemento. Era extremadamente difícil observar al monstruo haciendo arte, era tímido; pero no le preocupaba que lo vieran haciendo monstruosidades, para las cuales le proporcionaban lo que precisara. No quedaba nadie más en la mazmorra, sólo restos de ropa y restos de güesos. Quizá por ello, a falta de a quien sobajar, se había puesto a hacer arte.

El monstruo se volvió hacia el alguacil entre estupefacto y babeante, y tensó sus músculos para saltar y despedazarlo, pero para entonces el alguacil ya tenía en alto el bastón y lo descargó sobre el lomo del monstruo hasta que lo sintió blando y luego sobre el cránio del monstruo hasta que lo sintió blando y luego sobre las extremidades del monstruo hasta que las sintió inútiles, y sólo entonces se acercó a ver el arte en el suelo; por fortuna, tenía salpicaduras de sangre. Lo recogió, dejó otro pliego de papel en su lugar y salió.

Guardó el arte del monstruo en un tubo de cartón, se metió la botella entre el pantalón y la cintura y pasó a la mazmorra número dos. El monstruo de esta mazmorra sí lo esperaba. Estaba en un rincón, encogido, echándole con la mirada una letanía de odio, casi como si pronunciara con los ojos. Por momentos la letanía cobraba más fuerza y el monstruo comenzaba a estirarse desde su rincón hacia el alguacil, como si sus güesos fueran un resorte lento, y ponía su cara contra la cara del alguacil, a nada de tocarla. El alguacil ahora sí estaba asustado pero recordó su entrenamiento. No debía dejarse avasallar por la letanía o el desdoblamiento de güesos del monstruo, entonces blandió el bastón y le reventó la cuenca de un ojo. No había problema con eso, sanaban. Luego le reventó la boca y una vez que el monstruo se volvió a agazapar lo empujó para recoger lo que el monstruo ocultaba, pero el monstruo le dio la espalda y abrazó aquello, y como no soltaba el alguacil comenzó a pegarle también en las garras hasta que soltó y el alguacil pudo recoger el bulto, que era una muñeca representando algo, una niña o un gato, algo con ojos enormes, sonriente. Se sacó la botella del pantalón, la abrió, esparció aguardiente sobre las heridas del monstruo y luego le arrojó la botella, que el monstruo se apresuró a recoger y llevarse a la boca.

Dejó la muñeca junto al tubo, a la entrada de la sala de los monstruos, conectó el aparato cuadrado a un enchufe y lo remolcó. Antes de entrar a la tercera mazmorra lo encendió y una serie de luces parpadearon en la superficie de la caja. Se inclinó hacia ella, apretó un botón disimulado en una de las caras y dijo: Probando, probando. Apretó otro botón y se escuchó a sí mismo hablar y asintió satisfecho. En cuanto entró a la mazmorra el monstruo empezó a ulular. El alguacil introdujo la caja y el monstruo empezó a ulular con más desesperación. Era pequeño y contrahecho, con extremidades unas más cortas que otras. Utilizó todas para enterrarse las uñas y hacerse heridas y comenzó a expulsar secreciones diversas, pardas, amarillas, por los orificios.

–No, no, así no, así no –dijo el alguacil, intentando acercarse al monstruo con el bastón en una mano y empujando la caja negra con la otra–. Así no.

Pero el monstruo no dejaba de rociarlo con sus secreciones nauseabundas. Ya no emitía ningún sonido, estaba concentrado en hacerse más y más heridas por las cuales secretaba purulencias. Hasta que el alguacil empezó a golpearlo con el bastón, calculadamente, en las extremidades primero, luego, como sólo le sacara gemidos toscos, en el pecho y en el sexo. Entonces sí el monstruo dejó salir un sonido profundo y grave que se volvió dulce y casi agudo y en todo momento lacrimoso. El alguacil apretó el botón de la caja y al ver que el monstruo dejaba de cantar volvió a golpearlo y el monstruo volvió a cantar con gran dolor y en una gran variedad de escalas; en un momento dado el alguacil inclusive empezó a llevar el ritmo con la punta del pie, hasta que el monstruo pareció disminuirse sin remedio y dejó de supurar y dejó de cantar y se quedó como un bulto inútil.

El alguacil salió de la mazmorra, puso las otras piezas de arte sobre la caja grabadora y abandonó la sala de los monstruos.

Se devolvió por las habitaciones amortiguadoras asegurándose de cerrar bien cada una. En la penúltima, el secretario tomó nota del arte que retiraba, y finalmente volvió a la recepción.

El mensajero esperaba con muda impaciencia. No hizo ningún gesto ni comentario sobre la inmundicia que cubría al alguacil. Recibió el arte de los monstruos, se dio media vuelta y salió.

El alguacil bajó la mirada para apuntar el retiro en la bitácora antes de ir a cambiarse. Mientras lo hacía se empezó a mordisquear una uña y sin darse cuenta siguió haciéndolo hasta que sintió que había empezado a roer el güeso. Se quedó mirando la punta desnuda de la falange y sólo entonces sintió la punzada de dolor, aunque la carne ya comenzaba a cubrir de nuevo el güeso. El alguacil se puso a llorar. No porque doliera, sino por todas las veces que se había comido su propia carne y se había dicho que él también tenía lo que se necesitaba para hacer arte.


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Yuri Herrera

Es doctor en lengua y literaturas hispánicas de la Universidad de California y autor de tres novelas, la más reciente de ellas "La transmigración de los cuerpos". Actualmente imparte clases en la Universidad Tulane de Nueva Orleans.

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