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El Malpensante

Ficción

El traductor cleptómano

Traducción del francés de María Esther Gutiérrez

Un cuento de Dezsö Kosztolányi.

Ilustración de Pep Boatella.

 

Hablábamos de poetas y escritores, de viejos amigos que empezaron el camino con nosotros, amigos del pasado que se fueron quedando atrás hasta que les perdimos el rastro. De vez en cuando lanzábamos un nombre al aire. ¿Quién se acuerda de...? Asentíamos con la cabeza y nuestros labios esbozaban una ligera sonrisa. En los espejos de nuestros ojos aparecía un rostro que creíamos haber olvidado, una carrera y una vida quebradas. ¿Quién ha escuchado hablar de él? ¿Sigue vivo? La única respuesta fue el silencio. En ese silencio, la marchita corona de su gloria crujía como las hojas muertas en un cementerio. Nos quedamos callados.

Así permanecimos un largo rato, hasta que alguien pronunció el nombre de Gallus.

El pobre, dijo Kornél Esti. Lo vi de nuevo hace unos años, siete u ocho, en unas condiciones muy tristes. Le sucedió entonces, a propósito de una novela policíaca, una historia que es en sí misma una novela policíaca, la más excitante y la más dolorosa a la que me he enfrentado.

Ustedes lo conocieron, al menos un poco. Era un tipo talentoso, brillante, muy intuitivo y, sobre todo, riguroso y culto. Hablaba varios idiomas. Dominaba tan bien el inglés que el mismísimo príncipe de Gales, decíamos, habría tomado clases con él. Había vivido cuatro años en Cambridge.

Sin embargo, tenía un defecto fatal. No, él no bebía; pero se quedaba con todo lo que le caía en las manos. Era tan ladrón como una urraca. No le importaba si era un reloj de bolsillo, unas pantuflas o un enorme tubo de estufa. Le daba igual el valor del botín, tanto como su peso o dimensiones. En la mayoría de los casos ni siquiera le encontraba una utilidad. Su placer consistía simplemente en hacer lo que no podía dejar de hacer: robar. Nosotros, sus amigos más cercanos, nos esforzamos por hacerlo entrar en razón. Con cariño apelamos a sus buenos sentimientos. Lo regañamos, lo amenazamos. Y él estaba de acuerdo. No paraba de prometernos que lucharía contra su naturaleza. Pero por más que su razón se defendiera, aquella era más fuerte. Siempre recaía.

Más de una vez fue desenmascarado y humillado en público por desconocidos, más de una vez fue sorprendido en el acto, y en esos casos nosotros teníamos que desplegar unos esfuerzos increíbles para eludir, de una manera u otra, las consecuencias de sus actos. Pero un día, en el expreso de Viena, le sacó la billetera a un negociante moravo que de inmediato lo cogió por el cuello y en la siguiente estación lo entregó a la policía. Lo trajeron a Budapest atado de manos y pies.

Una vez más intentamos salvarlo. Ustedes que son escritores saben que todo depende de las palabras, tanto el valor de un poema como el destino de un hombre. Intentamos probar que él era un cleptómano y no un ladrón. Cleptómano es, en general, alguien que uno conoce; ladrón alguien que uno no conoce. Como el tribunal no lo conocía, lo juzgó como ladrón y lo condenó a dos años de prisión.

Después de su liberación, en una sombría mañana de diciembre, un poco antes de Navidad, irrumpió en mi casa hambriento y andrajoso. Cayó ante mí y suplicó que no lo abandonara, que le ayudara, que le consiguiera trabajo. Ni hablar de escribir con su propio nombre, al menos por un tiempo. Pero él no sabía hacer otra cosa. Así que fui donde un editor bondadoso, un filántropo, lo recomendé y a la mañana siguiente el editor le encomendó la traducción de una novela policíaca inglesa. Era una de esas obras desechables con las que da vergüenza ensuciarse las manos. No las leemos, como mucho las traducimos, pero con guantes. Su título todavía lo recuerdo: El misterioso castillo del conde Vitsislav. Pero, ¿qué importaba eso?, yo estaba feliz de poder hacer algo por él, y él de poder ganarse el pan, y muy contento se entregó a su tarea. Trabajó con tanto ahínco que, sin esperar la fecha estipulada, a las tres semanas entregó el manuscrito.

Quedé muy sorprendido cuando, unos días después, el editor me contó por teléfono que la traducción de mi protegido era completamente inservible y que no estaba dispuesto a dar ni un peso por ella. No entendía nada. Así que tomé un coche y me hice llevar a casa del editor.

Allí, sin decir una palabra, el editor me puso el manuscrito en las manos. Nuestro amigo lo había mecanografiado perfectamente, había numerado las páginas e incluso lo había atado con una cinta de los colores de la bandera. Todo eso era típico de él, porque –creo que ya lo había mencionado– en lo que se refiere a la literatura era alguien confiable, de una escrupulosa precisión. Empecé a leer el texto con exclamaciones de gozo. Las oraciones claras, los giros ingeniosos, los descubrimientos lingüísticos casi espirituales se sucedían, cosas que tal vez no eran dignas de esa bazofia. Desconcertado, le pregunté al editor qué objeción le encontraba. Entonces me extendió el original en inglés, aún sin decir una palabra, y a continuación me invitó a comparar los dos textos. Me sumergí en ellos, estuve una media hora con los ojos hundidos unas veces en el libro, otras veces en el manuscrito. Finalmente, me levanté consternado. Le dije al editor que tenía toda la razón.

¿Por qué? No intenten adivinarlo. Se equivocan. No es que hubiera deslizado en su manuscrito el texto de otra novela. La traducción de El misterioso castillo del conde Vitsislav era realmente fluida, artística y por momentos llena de elocuencia poética. Vuelven a equivocarse. En su texto ni siquiera había una sola incongruencia. Después de todo, él sabía perfectamente tanto inglés como húngaro. No busquen más. Nunca han escuchado nada parecido. Era otra cosa la que no encajaba. Algo completamente diferente.

Yo mismo solo me di cuenta lenta, gradualmente. Presten atención. La primera oración del original en inglés decía así: “El antiguo castillo sobreviviente de tantas tormentas resplandecía a través de sus treinta y seis ventanas. Allá arriba, en el segundo piso, en la sala de baile, cuatro candelabros de cristal prodigaban una orgía de luz...”. La traducción húngara decía: “El antiguo castillo sobreviviente de tantas tormentas resplandecía a través de sus doce ventanas. Arriba, en el segundo piso, en la sala de baile, dos candelabros de cristal prodigaban una orgía de luz...”.

Abrí los ojos como platos y seguí leyendo. En la tercera página, el novelista inglés había escrito: “Con una sonrisa irónica, el conde Vitsislav sacó una billetera cargada de dinero y les lanzó la suma solicitada, mil quinientas libras esterlinas...”. El escritor húngaro lo tradujo de la siguiente manera: “Con una sonrisa irónica, el conde Vitsislav sacó una billetera y les lanzó la suma solicitada, ciento cincuenta libras esterlinas...”.

Tuve un mal presentimiento que, desgraciadamente, al minuto siguiente se convirtió en una triste certeza. Más adelante, al final de la tercera página, leí en la edición inglesa: “La condesa Eleonora estaba sentada en una de las esquinas del salón de baile en traje de noche, y llevaba las antiguas joyas familiares: sobre la cabeza, una tiara cubierta de diamantes herencia de su tatarabuela, esposa de un príncipe elector alemán; en su pecho blanco como un cisne, un collar de perlas auténticas de reflejos opalinos, y en cuanto a sus dedos, casi no podía moverlos de tantas sortijas ornadas con brillantes, zafiros y esmeraldas...”.

No me sorprendió constatar que esta colorida descripción en el manuscrito se reinterpretara de la siguiente manera: “La condesa Eleonora estaba sentada en una de las esquinas del salón de baile en traje de noche...”. ¡Nada más! La tiara cubierta de diamantes, el collar de perlas, las sortijas ornadas con brillantes, zafiros y esmeraldas, todo faltaba.

¿Entienden lo que hizo nuestro miserable colega, este escritor tan digno de una mejor suerte? Simplemente se había robado las joyas familiares de la condesa Eleonora, así como había despojado con la misma tranquilidad imperdonable al conde Vitsislav, por demás tan simpático, de sus mil quinientas libras, dejándole tan solo ciento cincuenta; y así robó también dos de los cuatro candelabros de cristal del salón de baile, y sustrajo veinticuatro ventanas de las treinta y seis que había en el castillo sobreviviente de tantas tormentas. Yo estaba aturdido. Pero mi consternación llegó a su cúspide cuando constaté sin lugar a dudas que la cosa, llevada por un hado fatal, se mantenía de principio a fin en su trabajo. Por donde había deslizado su pluma, el traductor había causado algún perjuicio a los protagonistas, sin remordimiento ni consideración; mueble o inmueble, había atentado contra el carácter indiscutible, casi sagrado, de la propiedad privada.

Operaba de distintas formas. A menudo, los objetos de valor habían desaparecido sin dejar rastro. De las alfombras, las cajas fuertes, la platería, destinados a elevar el nivel literario del original en inglés, no encontré huella en el texto húngaro. En otras ocasiones, había robado solamente una parte, la mitad o las dos terceras partes. Si alguien hacía que su criado llevara cinco maletas al compartimiento del tren, él solo mencionaba dos y astutamente ignoraba las otras tres. En todo caso, lo que me pareció más contundente –porque claramente era una prueba de mala fe y pillaje– era que frecuentemente cambiaba los metales nobles y las piedras preciosas por materiales viles e insignificantes, por ejemplo el platino por hojalata, el oro por cobre, los diamantes por bisutería de vidrio.

Cabizbajo, me despedí del editor. Para saciar mi curiosidad, pedí permiso de llevarme el manuscrito y el original. Intrigado por el verdadero enigma de esta novela policíaca, seguí mi investigación en casa y realicé un inventario de los objetos robados. Trabajé sin descanso desde la una de la tarde hasta las seis y media de la mañana. Al final descubrí que en su desliz durante la traducción nuestro compañero se había apropiado, en detrimento del original en inglés, ilegalmente y sin autorización, de: 1.579.251 libras esterlinas, 177 anillos de oro, 947 collares de perlas, 181 relojes de bolsillo, 309 pares de aretes, 435 maletas, eso sin mencionar las haciendas, bosques y pastizales, castillos, palacios de duques y barones, y un catálogo más extenso de baratijas como pañuelos, palillos, campanitas, cuya enumeración sería larga y tal vez inútil.

¿Dónde había metido aquellos muebles e inmuebles que no existían sino en el papel, en el imperio de la imaginación, y cuál había sido su propósito al robarlos? Tal pregunta nos llevaría lejos, así que no lo indagaré. Pero todo esto me convenció de que él seguía siendo esclavo de su placer culposo o de su enfermedad, que no había para él ninguna esperanza de recuperación y que, en esta sociedad de personas honestas, el no merecía ayuda. En mi indignación moral, le retiré mi protección. Lo abandoné a su suerte. Desde ese entonces, no he vuelto a saber de él.

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Dezsö Kosztolányi

Estudió literatura en la Universidad de Budapest. Es considerado un referente obligado para los narradores húngaros. Sus libros más conocidos son "Entre cuatro paredes" y "Los lamentos del pobre niño".

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