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El Malpensante

Artículo

La filosofía del vestido

Traducción: Andrés Hoyos

 

El dandy irlandés confeccionó este compendio para vestir con armonía. Y si bien se refiere a la moda de su tiempo, da una mirada precisa —entre anatómica y arquitectónica— del cuerpo humano, ese modelo que no se ajusta a lo prefabricado y exige enaltecer sus particularidades.

Ilustraciones de Armando Fonseca

 

En los últimos años, tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, se produjo un marcado desarrollo del gusto artístico. Es imposible entrar a las casas de cualquiera de nuestros amigos sin notar de inmediato el gran cambio que ha tenido lugar. Hay un sentimiento mucho mayor por el color y por la delicadeza de la forma, así como la sensación de que el arte puede agregar una cierta gracia y una cierta belleza a las cosas más comunes del hogar. Pero también está un lado completo de la vida humana que sigue casi intacto. Me refiero, por supuesto, a la indumentaria de hombres y mujeres...

A veces me han acusado de darle demasiada importancia al vestido. A esto respondo que el vestido en sí mismo no tiene importancia para mí. De hecho, mientras más completo se vea un vestido en el maniquí de la tienda del sastre, menos adecuado es para ser usado. Los magníficos disfraces del taller del señor Worth se me parecen a esas porcelanas Capodimonte, que son todo curvas y asas de coral, rodeadas de un panteón de dioses y diosas muy emocionados en altorrelieve; es decir, cosas curiosas para mirar, pero no aptas para ser usadas. Los sastres franceses consideran que las mujeres han sido creadas por la Providencia especialmente para ellos, con el fin de mostrar sus productos elaborados y caros. Yo sostengo que el vestido está hecho para servicio de la humanidad. Ellos piensan que la belleza es cuestión de adornos y perendengues. No me importan nada los volantes y no sé qué son los perifollos, pero me importa mucho la maravilla y la gracia de la forma humana y sostengo que el primer canon del arte es que la belleza siempre es orgánica y viene de adentro, no de afuera, de la perfección del propio ser y no de ninguna belleza añadida. Y que, en consecuencia, la belleza de un vestido depende total y absolutamente de la belleza que recubre y de la libertad y el movimiento que no impide.

De ahí se deduce que no puede haber belleza local del vestuario hasta que no se tenga un conocimiento local de las proporciones de la forma humana. Para los griegos y los romanos, tal conocimien...

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