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El Malpensante

Ficción

Sombras nada más

Un cuento de Hebe Uhart

Ilustración de SakoAsko

 

Es curioso lo que me sucede con las personas: al momento de conocerlas, tengo una idea global de quiénes son; con el trato y el paso del tiempo, esa idea se va fragmentando y ya no sé nada más de cómo es el otro, me abandono a las diferentes perspectivas; por un lado le pongo puntos, por otro le saco. Todo es mirado por un lado y por otro; ya no encuentro más el cauce. Así me pasó con Miguel, al que conocí en una fiesta. En esa fiesta estábamos juntos pero separados, los dos bailamos con todos los concurrentes y yo, de vez en cuando, me preguntaba de manera vaga “¿cómo sé que estamos juntos?”. Después me olvidaba y me venía una certeza. A cierta altura de la fiesta él dijo:

–¿Vamos?

Y nos fuimos.

A él esa noche le agarraron calambres en las piernas y no hacía más que gritar intermitentemente cuando le venían; cuando no, podía hablar de cosas interesantes; en medio del relato, volvían los calambres. Yo eso no lo entendí ni le busqué explicación; me comporté muy bien, como una huéspeda que acompaña con cierta distancia, yo daba unos vagos consejos que eran rechazados por contraproducentes. Al día siguiente le fui a llevar comida y supe que había otras cosas contraproducentes: acelga no comía porque se le hinchaba la panza como si estuviera embarazado; el médico le había dado un régimen de pizza, sardinas y vino, esa era la mejor combinación para su organismo. Me llamó la atención ese régimen pero lo puse a cuenta de la variedad de dietas posibles y de los derechos individuales. Por la forma en que miró un oso en una juguetería, adiviné que le gustaban los objetos chiquitos, fueran plantas o juguetes. Después me contó que estuvo en Ámsterdam, que venía a ser como una ciudad de juguete donde el chofer del pequeño tranvía va anunciando cada calle, todas con nombre terminado en dam, Budesdam, Kudasdam, Osterdam: él cantó los dam como los choferes de Holanda, tan bien que yo hice de cuenta que estaba allá.

Le gustaba Irlanda por los ponis y por los carros bajos.

Yo tuve también intuición de los colores que le gustarían y de cómo sería la veta que yo podría desarrollar en función de esos colores y texturas: rosa suave, azul, lana que no pique ni raspe. Había tenido muchas veces ropa así con la que me sentía adaptada a la vida, a la temperatura, cómoda para mí misma y para los demás... pero a veces yo quería vestirme de negro desafiante: pensaba que daba intensidad a los rasgos de la cara. Mi primer gran colisión con él se produjo cuando yo estaba vestida de negro; fue por motivos políticos, yo me manifesté peronista y él radical. Cuanto más radical se mostraba él, más peronista yo. Él atribuía al peronismo un poder de aniquilación, una fuerza oscura y terrible. Aunque no me pareciera relevante esa discusión (los argumentos de ambos no eran ni buenos ni nuevos) seguimos discutiendo en la calle. Lloviznaba y cada uno era guardián de sus ideas, y a su vez, las ideas eran guardianas de los pobres cuerpos, medio mojados. Por un momento sentí el placer de ser frágil, pero enseguida lo olvidé. Me separé de él amistosamente, pero como si fuéramos dos potencias de signo distinto. Yo pensé que en esa relación había algo que andaba y algo que no andaba. Por la parte que no andaba yo estaba dispuesta a terminar esa noche, pero después de todo, las diferencias políticas pueden limarse y a santo de qué me mostré tan apasionada si en el fondo... yo... no creía demasiado en nada. Pero él sí, él sí. El día en que triunfó su partido, se compró una banderita para festejar. Él no festejaba en una manifestación o con grupos: lo hacía solo, en su casa, era una manifestación solitaria. Festejaba ante mí como si yo fuera multitudes, tenía una alegría tan grande que era imposible desalentarlo. También fue imposible desalentarlo cuando se puso a tocar la armónica y no sabía. Se había comprado una; con ella emitía sonidos extraños con tanta convicción, estaba tan compenetrado con lo que hacía que no me atrevía a decirle lo que a mí me parecía: eso no era música.

Yo ya lo veía bajo varios puntos de vista, me ponía contenta con su alegría, pero que no festejara a costa mía; tampoco yo hubiera tocado la armónica sin saber, pero bueno, la democracia es la democracia.

Pero todos estos eran pensamientos solitarios míos; por ese entonces, íbamos tomados de la mano con tanta comodidad como si tuviésemos cuatro o cinco años.

La segunda gran pelea no vino por motivos políticos o por debates culturales: vino por una lata de sardinas (el médico se las había recomendado como parte de la dieta). Nunca supe usar bien los abrelatas: me resbalan sobre la superficie de la lata, saltan y se burlan de mí. Yo las abría martillando un cuchillo con otro. Cuando él oyó los ruidos y vino a ver esa apertura gritó como si yo fuera asesina de sardinas –algo de eso dijo–. Dijo que quedarían todas rotas y acuchilladas, que perderían su noble consistencia y su metálico aspecto, él jamás iba a comer sardinas después de ver ese procedimiento. Yo nunca lo había visto al asunto bajo ese punto de vista, de modo que a solas seguí abriendo latas como siempre, pero con cierta perplejidad. Me decía: “¿Estaré haciendo algo malo y yo no soy consciente por mi torpeza o por alguna deficiencia irreductible e incurable?”. Y en ese momento pensaba: “¿Serían las sardinas la causa de una ruptura definitiva?”. Me di cuenta de que no: al día siguiente vino lo más contento; habló de los ríos de la provincia de Buenos Aires, de las inundaciones y de las distintas etnias que viven en el país. Miguel decía que los italianos eran durísimos a la hora de pagar, pero acompañaban en las situaciones afectivas, por ejemplo cuando a uno se le muere un ser querido; los judíos vivían fascinados por Nueva York, pero eran muy correctos en sus pagos. Los paraguayos, de lo peor; pero cuando uno salía bueno, era excelente. Yo pensaba: “Ahora, ahora le voy a decir por qué te enojaste tanto ayer”, pero la conversación seguía su curso y no había lugar para decir eso, él ya estaba examinando a todos los gremios: el peor de todos era el de los plomeros. Esas consideraciones sociológicas, por un lado, me daban sentido de pertenencia a un lugar, a un país; por otro, era poco lo que yo podía aportar: a lo sumo alguna anécdota con un plomero, lo que no hacía más que confirmar la regla. Cuando Miguel recordaba un episodio histórico o político importante, su tono era el de un maestro de buena ley que habla pausadamente como para que el hecho se grabe en el discípulo (que era yo).

Cuando me contaba cómo era él la víctima de las circunstancias, sus palabras se atropellaban y yo más bien intuía lo que quería decir: aparecían montones de seres desalmados, sórdidos y cueveros que explotaban su vida. Como una de mis pasiones es la ecuanimidad, traté de comprender a todos esos seres que él mencionaba. Lo hice una vez y nunca más: era un punto sensible.

A veces pedía disculpas: lo hacía muy ligero y en voz baja como para borrar la disculpa. Tampoco escribía cartas ni notas; él no dejaba huellas ni estaba atento al efecto que producía con sus alocuciones. Cuando estaba hosco me recordaba a esos personajes de Cumbres Borrascosas, propietarios rurales que largaban los perros a la visita. La visita quedaba inmovilizada; no podía creer lo que veía: esperaba para salir o quedarse que alguien encerrara a los perros, pero nunca se sabía cuándo llegaría la tranquilidad. Su costado magisteril era muy simpático y ocurrente: imitaba a los brasileños exagerando con arte esas cadencias sentenciosas, los argumentos remataban en un disparate hilarante. Yo ya me sentía objetada por lo de las sardinas y además por un impermeable amarillo que me hacía demasiado ancha. A él le pareció tan espantoso como si yo fuera otra, una extraña aparición. Entonces cada vez que lo esperaba en un café, me ponía en situación de examinada; me sentaba un rato antes, como para habituarme al lugar, me revisaba el pelo y la cara en el baño para prepararlos bien y me ponía a leer un libro para que él creyera que yo estaba lo más naturalmente sentada y además, por si se producía alguna colisión, yo estaba haciendo lo que había hecho siempre: leer libros en un café.

Yo tenía la tentación de mostrarme aunque fuera una sola vez, de manera insólita, revelando mis aspectos más feos, por ejemplo peinada a contrapelo y vestida con total disonancia de colores pero temía la colisión. Sin quererlo me salía lo que yo pretendía, pero de otro modo: me ponía fea sin que yo lo intentara, pero no como una extraña aparición: humildemente fea. Nunca hice nada insólito pero una tarde de calor yo lo recibí con una remera vieja y en bombachas.

Le dije:

–Perdón por recibirte así, hace mucho calor.

Él dijo:

–Uno en su casa está como quiere.

Entonces él podía ser ecuánime y libre. En otra oportunidad le pedí consejo, con largas y complicadas consideraciones, sobre cómo dar unas cosas y a quién. Él dijo:

–Oh, uno da lo que quiere a quien quiere.

Y me pareció que él gozaba de una misteriosa libertad; no iba a indagar en eso. Pero, ahora que lo conocía más, ¿cómo una persona puede tasar los hechos con tan noble frialdad, producto sin duda de un decantado aprendizaje, y al mismo tiempo ahogarse en un vaso de agua, atormentándose y atormentándome una hora por una lata de sardinas? ¿Cómo podía ser un maestro generoso y feliz, evocando los más variados conocimientos, y al mismo tiempo ese hombre torvo, con esa angustia mal parida que le endurecía la cara y que lo podía? Cuanto más lo trataba, más perdía la pista de quién era él, como si se hubiera fragmentado en mil pedazos. Solamente tenía un conocimiento al modo de los animales de lo que debía hacer para no entrar en complicaciones. Una vez intenté caminar como él para ver cómo era; era un paso sin prisa y sin pausa, aparentemente laxo pero muy encadenado. Era una disposición muy parecida a la que mostraba cuando hacía cuentas. Sí, en las cuentas nos llevábamos bien, a mí me venía una veta burguesa, yo tenía definiciones seguras que a él no le disgustaban. Esa veta burguesa ya había despuntado con un novio anterior mío, que decía: “Hay que tener firmeza de carácter y sentido común, el que resiste gana”. Cuando me reencontré con él, después de una separación yo iba decidida a exponer mis nuevas ideas sobre posibles negocios; pero él ese día tenía muchas ganas de enseñarme el alfabeto ruso. Yo estaba irritada con esas ideas de logros efectivos que traía. ¿Para qué servía aprender un día el ruso si no lo íbamos a estudiar nunca más? Yo accedí porque él estaba tan entusiasmado como si en su vida anterior hubiese sido ruso. Yo accedí como si un bebedor empedernido le hiciera tomar una copa a un abstemio y este bebiera con total prescindencia, haciendo algo que no tiene ningún peso en su vida. Y así entramos de nuevo a comer pizza y sardinas y a tomar vino, yo me acostumbré a que él viniera temporadas enteras todas las noches, después desaparecía; cuando volvía, lo hacía como si siempre hubiera estado presente.

Yo perdí una gran oportunidad de expresarme cuando un Año Nuevo preguntó:

–¿Sos feliz?

Yo dudé: la felicidad es algo muy genérico y difuso; nadie puede saber a ciencia cierta si es feliz; además lo de la felicidad es una idea antigua. Quise decir algunas cosas que no me gustaban, más que todo porque recordé que un novio anterior me dijo un día: “¿Vos no ponés ninguna condición a un hombre?”, y yo le había dicho que no. En realidad lo que pasaba era que siempre, hasta con los perros, yo había visto cómo se violaban las normas establecidas; el dueño le dice al perro “se queda quietito acá” y a los dos minutos el perro está saltando lo más pancho. No es difícil imponer condiciones: lo difícil es que se cumplan. Pensando en todo esto, le dije:

–Sí.

Y perdí una segunda oportunidad cuando después de no poner condiciones me acostumbré a contarle chismes irrelevantes, de esos que hacen más liviana la vida, que producen una suspensión del tiempo porque uno queda exactamente igual después de haberlos contado. Un día en que yo decía cualquier cosa, él hizo lo siguiente: se tapó un ojo y me miró con el otro. Era un ojo que quería saber más, era poderoso. Me impresionó tanto que no le pregunté por qué hacía eso; yo quería que pasara pronto ese examen o lo que fuera y hacer de cuenta que no me había mirado con un solo ojo.

Igual seguíamos tomados de la mano pero de forma distinta: en las alternancias de pelea y reconciliación, cuando llegaba el encuentro, él se mostraba demasiado apasionado, ponía un énfasis que me desconcertaba; yo pensaba: esto tan fuerte no puede durar para siempre, prefiero poco pero estable. Y después de tanto hablar de los plomeros, de los boyardos, de las clases sociales, de las conveniencias y las inconveniencias, él empezó a tener algún interés en saber algo sobre mí. Preguntaba con tono prescindente, como quien no quiere la cosa, mientras destapaba una lata o una botella (él abría siempre las latas), preguntaba:

–¿Y cómo fuiste a parar a...

Y yo contestaba rápido una cosa cualquiera, porque ya se habían armado los carriles de una conversación, de los que era difícil salir. Además yo no quería contestar ahora; debió preguntar antes. Y yo pensaba también que esas preguntas íntimas deben ser hechas en un tono especial y él preguntaba como si tuviera una socia o una compañera incidental de ruta que cualquier azar puso en su camino. Yo encontraba placer en encerrarme en un rencor animal, cuando lo esperaba en un café –y a veces no venía– yo me decía “mejor así”. O si él anunciaba que se iría temprano, yo pensaba “mejor”. Yo estaba curtida como una huérfana de asilo y aunque él no lo notara yo estaba más torva que él, cuando se mostraba hosco e inaguantable. Yo era como una huérfana de asilo a la que inculcaran normas muy fijas, por ejemplo que con la visita hay que ser amable, pero entonces la visita podía ser cualquiera. Eso sí, no podía prescindir totalmente de la visita, porque me quedaría sola en el mundo.

Después nos veíamos menos y evitábamos entrar en cualquier colisión. Como no se producían estallidos, estábamos agradecidos como el que se pone contento con tal que haya sol, nomás. Entramos a caminar mucho, cuando caminábamos no había pelea. Una noche de enero íbamos por una zona de casas con jazmines, yo le pregunté tímidamente: 

–¿Qué tango te gusta más? 

Y él cantó:

 

Íbamos tomados de la mano 

bajo un cielo de verano.

 

Sí, era muy hermoso. Pero yo tuve una premonición, estábamos bajo un cielo de verano y quise decirle “no me dejes”. Pero él ya me estaba señalando una casa rosada y me daba explicaciones; perdí la oportunidad de decirlo. Cuando pasa el momento de decirlo, yo ya no puedo; si yo no lo decía, en el momento debí pedirle que parásemos la marcha y entonces ese pedido hubiese sido melodramático: todas esas casas viejas que nos rodeaban me mirarían asombradas.

Hace poco soñé con Miguel. Yo con mi sombra tapaba la suya: la de él era una sombra civilizada, discreta y correcta; la mía se iba haciendo cada vez más grande mientras la miraba. Él tenía razón, pero yo no quise dar el brazo a torcer. Le dije:

–No tengo la culpa de tener esa sombra.

Por un momento lo vi mortificado y dolorido, quise amigarme. Él dijo algo complicado, como si hablara de un protocolo jurídico, levantando un dedo:

–¿Hacemos el deslinde definitivo?

Yo envalentonada dije:

–Sí, a ver, lo hacemos.

Sabía que esa cualquier cosa definitiva me iba a costar cara. Después el sueño se borró. 

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Hebe Uhart

Se desempeñó gran parte de su vida como docente en todos los niveles escolares y universitarios, estando vinculada a la Universidad de Buenos Aires. Publicó una veintena de obras entre compilaciones de cuentos, crónicas y novelas.

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