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Breviario

Atlas en nuestras calles

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Sus primeros clientes lo esperan en esa frontera crepuscular, indecisa, que a duras penas deslinda la noche que termina del día que comienza; éste es tan sólo todavía una larva blancuzca que late en el Oriente. Son personas tan humildes como él: el celador y el serenatero que han concluido su vigilia de acecho y de guitarra; el albañil y el voceador de prensa que inician su jornada de ladrillos y de noticias. Ese heterogéneo grupo conforma, en su peculiar teología, el Nombre de Dios.

Se detiene a acompañarlos a tomarse la negra infusión hirviente: ver sus rostros desdibujarse detrás de los ondulantes hilos del humo, oír el humano ruido de los dos o tres sorbos con que apuran la copita de plástico, intercambiar con ellos un par de triviales palabras.
 
Hasta que, de súbito, en una sola mirada panorámica, ve que el afán que le espera a lo largo del laberinto del día no es precisamente tan breve ni se agota en un instante como la dosis que le ha servido a cada uno. Entonces, con un movimiento ágil, pulido por la costumbre, se vuelve a echar al hombro, como un modesto Atlas, la vasta bóveda del cielo soportada por las ocho columnas de sus termos.
 
En ellos lleva cinco litros de café tinto, un litro de agua de canela, un litro de agua de toronjil, un litro de agua de limoncillo. La primera de estas bebidas es para los proclives a la intemperancia —que son los más—, quienes reclaman un estímulo fuerte para avivar y entusiasmar su espíritu de modo que los ayude a afrontar el nuevo y largo día; las tres últimas, para los moderados, que apenas si quieren excitar su mente, contenidos por el celo de cuidar su salud y el esmalte de sus dientes.
 
Es, por excelencia, el hombre de a pie. El transeúnte perpetuo, que recorre la ciudad por múltiples rutas, trazando un largo dibujo irregular, a bordo de su propio cuerpo sudoroso que avanza, ya lento, ya rápido, según el aliento de sus pasos. Sus hombros sostienen siempre, por el designio del avieso dios de la pobreza, el pesado e incesante cielo que es su cotidiano infierno, mientras los dos pilares de sus piernas sostienen a su turno su cuerpo, que a su vez sostiene sus hombros. Estos últimos lo mantienen alerta con el rumor constante, punzante, de un secreto dolor, amortiguado apenas por una vieja callosidad.
 
El sol despiadado, el ardiente calor, la fatiga de sus músculos y huesos, las vastas distancias urbanas de su itinerario, quie...

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Joaquín Mattos Omar

(Santa Marta, 1960) Poeta, narrador y ensayista. Ha publicado, entre otros libros, De esta vida nuestra (1998).

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