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El Malpensante

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París, Roma y Vinci; Bogotá, Envigado y Ba­rran­quilla; medio en serio medio en broma, por estas postales se pasean conocidos y desconocidos personajes de la vida intelectual. Angulo los conoció a todos y ahora nos los presenta bajo la doble luz del recuerdo y la fotografía.

El profesor

 
Alejandro Obregón se deprimía en Bogotá, en un apartamento que quedaba, creo, en la carrera 12, entre calles 22 y 23. Su pintura de entonces reflejaba su estado de ánimo, nostálgico de su soleada costa, y su paleta estaba llena de colores oscuros, con tierras, mucho negro y grises al fondo, de los que me dijo un día: “Los grises son la niebla, para tener la ilusión de que detrás está el mar”.
 
No aguantó más y se regresó a Barranquilla. Desde allí podía viajar a Puerto Colombia donde, finalmente, estaba el mar.
 
Cerca de la plaza del puerto —que vio en los años veinte cómo don Mario Santo Domingo inventaba el correo aéreo, vestido como el Barón Rojo, con bufanda al viento y todo, al lanzar desde la carlinga descubierta del avión de Knox Martin un saco lleno de cartas— tenía su establecimiento (para darle un nombre) el Profesor. Era uno de los sitios preferidos de Obregón y a él llevaba a Vilá, el dentista retirado; al Nene Cepeda, El Cabellón; a Alfonso Fuenmayor, tan culto que, según Gabo, “mamaba gallo en latín”, y a otros amigos de la hoy mítica Cueva, como Kike Scopell y Juancho Jinete.
 
La tienda del Profesor no sobresalía por su gran surtido, pero sí tenía en cantidad cerveza Águila fría y una pequeña parrilla donde asaba al carbón mojarras y lisas, el pescado preferido de los barranquilleros. (Por algo será que los llaman comelisas.) El Maestro y sus amigos las comían acompañadas generosamente con cerveza y un poco de bollo limpio. Al fondo, una pared pintada de cal con hisopo, sin ningún adorno, a la que estaba adosada una primitiva escalera de madera que esperaba impasible.
 
Y a la escalera su hora le llegaba cuando habían acabado con los pescados. (Una vez Cepeda, que era exagerado para todo, se comió 13 mojarras.) Entonces Alejandro se subía a la escalera y, usando el carbón apagado que había dorado los pescados, pintaba unos gigantescos cóndores describiendo grandes y seguros trazos, con brazadas que él llamaba “de maestro de obra”. Al mismo tiempo, su mujer inglesa, Freda, una excelente artista opacada por la exuberante personalidad de Obreg&oacu...

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Guillermo Angulo

Fue director del periódico 'Ciudad Viva' y actualmente regenta la Orquidiócesis de Tegualda.

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