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Reseñas

Los recuerdos: materia del genio

s

 

Memorias de
ultratumba
Chateaubriand
El Acantilado
2006
 
 
La tumba de Chateaubriand, la puerta entreabierta desde la cual oímos su voz, tal cual él lo dispuso, se encuentra en el islote del Grand-Bé, frente al mar, en Bretaña. A ese rincón de piedra, en Saint-Malo, llegó una buena tarde el joven Jean-Paul Sartre y, en un gesto canino que lo pinta al natural, se orinó sobre la tumba. La meada sartreana marcaba el territorio en que transcurrió, durante buena parte del siglo XX, la posteridad de Chateaubriand, condenado a hozar, “confuso aunque inmortal”, en el vacío de los réprobos.
 
Las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, son una epopeya cuyo tema dominante es la caída del hombre en el tiempo histórico. Sólo la propia historia, por ello, podía restituirle a Chateaubriand (1768-1848) lo que genuinamente le pertenecía desde el siglo XIX: ser el único escritor moderno a la altura de Dante y de Milton. En el bicentenario de la Revolución Francesa y menos de 150 años después de su muerte, los acontecimientos se concatenaron de manera caprichosa, de tal forma que el propio Chateaubriand, testigo de tantas perturbaciones, habría quedado, una vez más, maravillado ante las improvisaciones de la Providencia. Entre los inviernos de 1989 y de 1991, la larga sombra de la Revolución Rusa acabó por extinguirse y al desvelarse la magnitud moral e histórica de los crímenes del comunismo, se evidenció que en el origen de la sangrienta ilusión lírica estaba el Terror de 1793.
 
Marc Fumaroli, prologuista de esta nueva edición española de las Memorias de ultratumba y autor él mismo de una vastísima exégesis (Chateaubriand, Poèsie et Terreur, 2003), explica cómo, al remitir la teoría jacobino-estalinista de las revoluciones modernas, que convertían al terror en una hazaña del humanismo, las miradas más inteligentes (y también las más humildes) hubieron de tornarse hacia aquellas víctimas de la Revolución Francesa que acabaron de adquirir, casi en el siglo XXI, el rango de profetas. Entre ellos, Chateaubriand quedaba como el visionario ante el Altísimo.
 
Mientras dominó el culto revolucionario, todo parecía autorizar la marca sartreana: Chateaubriand pert...

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