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Breviario

Amor celular

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En mi infancia, un objeto parecía resumir los remedios para el hombre en apuros: la navaja suiza. Durante años esperé el momento de encarar una situación que me llevara a usar en forma simultánea la lupa, el sacacorchos y las pinzas para arrancar cejas. Aquella navaja había sido ideada para momentos complicados que por desgracia nunca fueron para mí. Ni siquiera en mi paso por los boy scouts encontré mejor uso para la hoja grande que untar mostaza en mi sándwich.

El teléfono celular llegó a nuestros bolsos y cinturones como la versión ultramoderna de la navaja suiza. Ofrece tal cantidad de posibilidades que muchas de ellas sólo se utilizan porque están instaladas. Que alguien te fotografíe con un teléfono debería ser una transgresión simbólica tan obvia como que un cura te dé la bendición con un zapato. Sin embargo, vivimos tiempos de simbiosis donde los aparatos aspiran a la identidad versátil del ornitorrinco eléctrico. Poco importa que un teléfono fijo ofrezca mejores condiciones acústicas ni que una cámara supere en nitidez al visor del celular. Lo gratificante es la condensación de oportunidades.
 
Tal vez porque en mi niñez de explorador no encontré el momento de aprovechar la aguja de coser mientras decapitaba un oso con la hoja serruchada, encuentro pocas virtudes en los utensilios que ofrecen usos combinados.
 
Obviamente pertenezco a una generación rebasada por las ofertas del mercado. Cuando le digo a un joven de mi confianza que las fotos que toma con el celular no son precisamente deslumbrantes, me responde en tono de obviedad: “¿Y qué querías? ¡Es un celular!”. Esta rotunda respuesta tiene el objetivo no declarado de establecer una distinción entre la artesanía y el arte. Al usuario acostumbrado a las tecnologías especializadas le cuesta trabajo entender que lo impuro puede ser práctico. El celular no fue inventado para poner a prueba la perfección de los cinco sentidos, sino para mostrar que a veces resulta útil oír mal, ver a medias o sentir una extraña vibración en el bolsillo.
 
Los objetos semifuncionales pueden volverse irrenunciables, según demuestra el tostador de mi casa, trasto bipolar que a veces broncea el pan y a veces lo incinera. Aunque no hemos sacado nada bueno de su vientre, aprovechamos que está a la m...

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Juan Villoro

Ganó el Premio Herralde en 2004 por su novela 'El testigo'. Su última publicación es el ensayo 'Balón dividido'.

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