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Reseñas

El triunfo de la sabiduría

Genios

A una década de El canon occidental (1994), el tratado con el que ganó, más allá de la academia, su popularidad como crítico coronado y garante del gusto, Harold Bloom publica una secuela (o apéndice) de un millar de páginas. En Genios, el canonista lanza sobre el mundo de la literatura una mirada donde un dejo de victoria aparece en combinación con cierta condescendencia melancólica. De los años de Clinton a los de Bush II, la batalla por el canon pareciera moralmente ganada: la corrección política se ve eclipsada por la descarada (y muy incorrecta políticamente) actividad publicitaria del neoconservadurismo. Las siguientes escaramuzas, se entiende tras leer Genios, serán (y Bloom parece insinuarlo) con la derecha: no se puede dejar el dominio de lo sagrado en manos de los fundamentalistas cristianos.

Es probable que el dominio de la Escuela del Resentimiento sobre los campus estadounidenses (y sus numerosas sucursales a lo largo del mundo) se extienda todavía por algunas décadas, o al menos durante los pocos años que faltan para que la palabra modernos acabe por sonar del todo antigua. La pertinacia de quienes, al estudiar la mediocridad, la estimulan, acaso amargue a Bloom. Pero para quienes dejan ir, imperceptiblemente, casi todas las horas de lectura en el canon, no resta sino reconocer en el patriarca de Yale a un restaurador de ese orden que indica que la crítica es, esencialmente, el viaje por lo sublime. Bloom ha rescatado ante nuestros ojos la figura, vilipendiada durante un cuarto de siglo, del profesor de literatura como verdadero maestro de las humanidades, y su nombre se sumará a los de E. R. Curtius, Erich Auerbach, Walter Muschg, F. R. Leavis, Harry Levin, Hans Mayer, Albert Béguin. Este reconocimiento no significa adoptar ni servil ni universalmente la noción bloomiana de canon: aquello de dividir la historia de la literatura en una era aristocrática, otra democrática y definir la nuestra sólo como caótica me parece propio de un positivismo un tanto chato. También importa recordar que el canon, como comercialización pedagógica del saber, no interesa gran cosa a un espíritu más concentrado y agudo como el de George Steiner, y que tampoco ha hecho mella entre los críticos franceses (pienso en Marc Fumaroli), que resistieron heroicamente el asalto de la teorrea estructuralista.
 
Genios no es un ensayo sino una enciclopedia, y yo no le recomendaría a nadie que siguiese mi ejemplo, ley&eacut...

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