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Reseñas

Los carnets de una vida

Abecedario Diccionario de una vida

Invitado Festival MalPensante 09

En 1980 Czeslaw Milosz recibió el Premio Nobel de Literatura y un año después regresó a su pueblo natal, Szetejnie, y a Vilna, tras más de medio siglo de ausencia. “Quizás enmudecí a causa de la sobredosis emocional que me produjo este reencuentro, y por eso opté por expresarme de forma indirecta”, afirma en la primera entrada de este bello y curioso libro que es Abecedario. “Es decir, en vez de hablar de mí mismo empecé a confeccionar una suerte de vidas y acontecimientos ajenos”.

Así explica, de soslayo, la decisión de recurrir al abecedario, un género extraño para mí pero familiar para los conocedores de la literatura polaca que consiste en una recopilación aparentemente azarosa de entradas que registran momentos y personajes, iluminándolos “por un destello, a menudo por un detalle insignificante, pero tienen que conformarse con ello, porque es mejor escapar al olvido, aunque sea de esta forma”.
 
De manera que Abecedario no es un ensayo, ni es una novela, ni es un diario: Milosz vuelve a tocar el tema en la última página, y esa advertencia tardía no puede ser otra cosa que una burla a los lectores convencionales, que empezamos en la primera página y terminamos en la última, incómodamente conscientes de que quizás así no se baila este minué.
 
Pero no deja de ser divertido que la primera cuestión que nos plantee el abecadlo (que así se llama en polaco, con la l atravesada por un palito) sea la forma de abordar el texto; una manera es hacerlo como si se tratara de hipertexto, o como quien lee Rayuela, pero sucede que acabamos demasiadas veces en un callejón sin salida (y de nuevo imagino a Milosz burlándose de nosotros): por ejemplo, Gombrowicz aparece citado en la entrada “Antologías”, pero cuando nos vamos a la G, no lo encontramos; y en “Balzac” aparece la primera referencia a Janka, su primera esposa, muerta en 1986, pero ella no está en la J; ni en la B está Brodsky, ese otro gran poeta en el exilio, a quien cita bajo “Frost” sólo para refutarlo: “No me gusta su poesía [la de Frost] y cuando afirmo que es un gran poeta me limito a repetir lo que otros, en-tre ellos Joseph Brodsky, escriben de él”.
 
También podríamos leerlo como quien lee la Biblia o el I Ching en busca de respuestas: nos concentramos en una pregunta (por ejemplo: “¿Sobreviviré al día de hoy?”) y abrimos el libro (en este caso, el Libro) en cualquier parte: “Miedo”: “Hay muchos tipos de miedo y cada uno de ellos debería ser tratado por separado... El miedo paraliza y quizá también impida actuar...”. A Milosz le habría gustado esta posibilidad, como hombre profundamente religioso que era —a finales de los setenta se dedicó a traducir al polaco la Biblia: el Libro de los Salmos, el Libro de Job, el Evangelio según San Mateo—; el libro entero está salpicado de alusiones al tema, pero mi favorita es la que cierra esta misma entrada: “La decencia exige que, por haberme salvado de pruebas que estaban por encima de mis fuerzas, crea en Dios. En agradecimiento”.
 
Todo eso no quiere decir que esté mal leérselo de cabo a rabo, ateniéndonos a la acepción española de abecedario como libro que sirve para enseñar a leer: no hay mejor manera de trazar el mapa de sus obsesiones, de sus amores, de sus culpas, necesario para guiarnos por el denso y maravilloso mundo de su poesía:
 
Recuento (fragmento)
La historia de mi estupidez llenaría muchos volúmenes. //Algunos estarían dedicados a las actuaciones contra la conciencia /Como el vuelo de una polilla que, de haberlo sabido, /Igual se hubiese inclinado hacia la llama de la vela. //Otros se ocuparían de maneras de silenciar la ansiedad, /El susurro mínimo que ignoramos aunque es una advertencia.
 
De Vilna a Varsovia (1937) a Vilna (1940), donde se encontraba cuando entraron los tanques soviéticos; de allí a Varsovia de nuevo (donde pasó cuatro años bajo la ocupación nazi), y a Cracovia. Después de la guerra trabajó como diplomático de la República Popular de Polonia hasta 1950. Y en 1951 solicitó asilo político en París, convirtiéndose, a los 40 años, en un poeta polaco en el exilio, con una extensa obra que casi nadie podía leer y la reputación entre los intelectuales de ser un traidor. En Abecedario registra al vuelo la acusación de ser “El hombre que huyó”, pero no dice que fue Pablo Neruda el dueño del dedo acusador.
 
En 1953 publicó El pensamiento cautivo, con el ánimo de combatir la confusión intelectual y política del momento. Pero “supe resistirme a la politización”, explica en otra de las entradas; “mi deber era concienciar a la gente, contarles aquello que no sabían del comunismo y que no querían saber. Pagué esta servidumbre con un par de libros, pero enseguida me dije: basta ya”. 
 
Y es que Milosz es ante todo un poeta, un gran poeta, y leerlo como poeta es otra de las maneras de leer Abecedario: “Parece que las cosas tenían que ser así, que estaba condenado a tragarme mis errores, obsesiones, tonterías e iras, para, a cambio, ver cosas que otros no veían”. Es la condición de un gran poeta: la capacidad de ver cosas que otros no ven. Y en este sentido todas y cada una de las páginas de este libro son iluminadoras:
 
La distancia obtenida gracias al misterio del tiempo no debe obligatoriamente transformar los acontecimientos, los paisajes, las figuras humanas en una confusión de sombras cada vez más pálidas. Por el contrario, puede mostrarlos a la luz del día, de manera que cada acontecimiento, cada fecha, pase a ser significativa y persista como un recuerdo eterno de la depravación y la grandeza humanas. [Fragmento de su discurso de investidura del Premio Nobel de Literatura]
 
Las entradas dedicadas al polaco, a los amigos, a Los Ángeles; las innumerables referencias a Vilna, a la naturaleza, a los ríos; los comentarios sobre el francés y el inglés; las reflexiones sobre la fama, la identidad, la autenticidad: por donde miremos hay un texto que nos fortalece, que amplía nuestro mundo o que sencillamente nos hace felices. Y que nos obligará a leer o a releer su poesía, “ofrendas de colores / claros y puros, si es posible, / porque en la desgracia se necesita algún rigor, o belleza” [fragmento de Mi habla fiel].

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Margarita Valencia

Es editora independiente colombiana.

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