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¿Por qué no lo peor?

Traducción de Carlos José Restrepo

¿Para qué sirven los libros malos? ¿Cuáles son los beneficios de la basura literaria? Un crítico del New York Times aventura una posible respuesta.

 

Ilustración de Richard M. Abarno • © Corbis

 

El año pasado tropecé con un libro digno de nota, El talismán de Troya. Escrito por Valerio Massimo Manfredi, El talismán de Troya narra las aventuras de Diomedes, un héroe de segunda fila de la Ilíada, tras la caída de Troya. Erizada de frases como “Anquíalo se estremeció: en aquel chico moraba el impresionante poder del hijo de Peleo, pero ni una miaja de la piedad del padre, ni de sus hospitalarios modales”, la novela proponía la teoría de que Helena de Troya en realidad no había sido raptada por Paris, hijo de Príamo, sino que había viajado ex profeso al Asia Menor con intención de echarle mano a un tótem sagrado –el talismán de Troya– que daría a las mujeres el gobierno del mundo. El libro es, pues, uno de esos placeres impolutos de la vida: una novela de una estupidez sin miramientos en un mundo lleno de novelas estúpidas que sí tienen miramientos. Y, en virtud de su inanidad seudohelénica y sus ululares délficos para todo propósito, es también un arma poderosa en manos de quienes bregamos noche y día por resistirnos a la tiranía de lo bueno.

La mayoría de nosotros conoce personas que han convertido la calidad en un fetiche: que leen sólo libros buenos, ven sólo películas buenas, oyen sólo música buena, discuten sobre política sólo con gente buena, y que no se cohíben para hacértelo saber. Creen que eso las hace más listas y mejores que las demás, pero no es así. Eso las hace mezquinas y criticonas y tacañas, como si tomarse quince minutos para hojear El código Da Vinci fuera un crimen monstruoso, una ofensa que violara de manera flagrante las sagradas leyes del manejo intelectual del tiempo, suficiente para que los Guardianes de la Llama Cultural arrojen a las tinieblas a quienes así obran. En la opinión de estas personas el tiempo malgastado en leer un libro malo jamás se recupera. Por lo demás, actúan como si el resto de la humanidad estuviera pendiente de sus horarios.

Tales melindres son neuróticos y contraproducentes. Los libros malos hacen parte esencial de la vida, y son tan entretenidos e indispensables como la ropa mala (las irón...

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Joe Queenan

Es humorista y crítico literario. Publica en The Guardian, Spy y The New York Times Book Review.

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