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Coda

Contra los fanáticos de la salud

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Soy predadora.

En el más extremo sentido que el Diccionario de la Real Academia Española le da al término: un animal que mata a otros de distinta especie para comérselos. Me gusta cazar. He matado perdices, liebres, nutrias, langostas, cangrejos, y me los he comido. Casi no fumo —un cigarro por mes, a veces menos— pero no tengo intención de suspender ese vicio mensual, bimensual o trimestral. Porque no: porque me place. Aprecio la carne roja (incluso cruda), y no me gustan la leche ni la soja ni los cereales, no tomo yogur, detesto el arroz integral y no hago ninguna evaluación calórica, química o transgénica de lo que como o dejo de comer.
 
Pero si la salud es el estado en el que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones, soy una máquina eficaz y casi portentosa: no tengo caries, y todos mis órganos funcionan bien. Nunca —nunca— he seguido el signo de la época: intentar el bonus track: transformar mi buena salud en una salud pujante. Mi cuerpo es una herramienta de la que hago uso y que responde bien: no un santuario.
 
Y eso (esa forma de ateísmo: la ausencia de fe en el poder del fríjol y del gimnasio) me transforma en alguien levemente anormal. Insalubre.
 
 
La salud solía ser otra cosa. Cualquier humano que hubiera superado la tuberculosis o la viruela definía su salud en términos poco más sofisticados que el de ser un sobreviviente. No tener polio y ser saludable eran sinónimos.
 
Hoy no basta con estar libre de enfermedades serias y tener una relación lógica entre altura y peso. Además hay que bregar por una dieta libre de alimentos transgénicos, abrazar alguna disciplina física y evitar el humo propio y ajeno. Erradicadas las pestes más o menos peores, la clase media occidental ha salido a buscar nuevos peligros y los ha encontrado: carnes rojas, baños de sol. Se multiplican los fundamentalistas del té verde, la japonesidad y los cereales. Nadie se atreve a decir: “Soy carnívoro”, pero son cientos los veganos y macrobióticos que autoproclaman su elección alimentaria con orgullo digno de mejores causas.
 
La salud —como el comando del televisor y el diseño de interiores— se ha sofisticado.
 
Ya no alcanza con no tener polio. Ahora hay que ser un guerrero del mijo.
 
Si alguna vez la fórmula fue vivir rápido, morir jo...

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Leila Guerriero

Periodista y editora para el Cono Sur de la revista Gatopardo. Su último libro, 'Una historia sencilla', fue publicado en el 2013.

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