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El poder y el amor

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Invitado Festival MalPensante 09

Ignoro a quién se le ocurrió la idea para esta mesa redonda, el amor y el poder, pero nos puso en calzas prietas a los conferenciantes.

Estaría fácil decir que el amor y el poder son como el agua y el aceite y dejarlo en eso, en un cliché. Pero el cliché tampoco se ajusta del todo a lo que uno, huerfanito del poder y practicante inexperto y descarriado del amor, sabe o cree saber sobre ambas cosas: que raramente se mezclan, que más frecuentemente se suplantan o se hacen saltar en pedazos, que el amor es una forma de poder que repudia al poder y que entraña un cierto debilitamiento en el amante, que el poder considera al amor un pariente pobre sin derecho a sucesión. En fin, el tema en abstracto conduce al galimatías, a la tentación retórica.
 
De ahí que la manera quizá más promisoria de abordarlo sea mediante alguna crónica emblemática de amor y poder, y entre las muchas que ofrece la historia, se me ocurre traer a cuento una de una época en que el amor se vivía como si no tuviera mañana —muchas veces no lo tenía— y el poder se ejercía a los hachazos. De primero llamaré a escena al rey Enrique VIII, autor apócrifo de algunas de las más bellas canciones de amor del renacimiento inglés, quien como es sabido nunca estuvo demasiado contento con su primera mujer, la princesa Catalina de Aragón, quinta y última hija de los Reyes Católicos, con quien se casó en un matrimonio por conveniencia según usanza de la época. El descontento no obstó para que Enrique indujera en la viuda de su malogrado hermano Arturo por lo menos seis embarazos, pero nunca obtuvo de ella lo que buscaba, un heredero, pues el único hijo varón de la pareja murió a los 52 días de nacido. De los seis embarazos, llegó a la edad madura una mujer, la reina María Tudor, mejor conocida en Inglaterra con el apodo de “Bloody Mary” por el trato cariñoso que se daba a los protestantes durante su reinado. Los ingleses, muy proclives al humor negro, hoy en día la recuerdan más que todo a la hora de tomar el famoso aperitivo que lleva su nombre.
 
Frustrado por la errática fertilidad de su reina española, Enrique apenas la dejó cumplir cuarenta años antes de empezar a conspirar para repudiarla. La animosidad contra España y la obsesi&oacut...

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Andrés Hoyos

Es columnista de El Espectador y fundador de la revista El Malpensante.

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