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Breviario

Escritor por Nina

Publicar siempre es cuestión de elegir entre escribir o hacer otras cosas.

© Olga Lucía Gracia

 

Desde que abandoné la droga y la música folclórica, mi vida sólo gira en torno a la autognosis y a los tejemanejes de la literatura, por mí y para demostrarle a Nina –aunque ya no esté a mi lado– que no se equivocó al creer en mis aptitudes. Al atardecer, tumbado sobre una hamaca, sin camisa, las manos detrás de la cabeza a manera de almohada, complexión enjuta, cabello negro cortado al rape y una pierna usada como palanca para impulsarme de un lado a otro del cobertizo que se levanta en la azotea de mi casa, reflexiono en lo que he leído durante el día, preguntándome por qué el autor enfocó la historia de una manera y no de otra y qué elementos son susceptibles de ser asimilados por mi manera de escribir.

Después, bajo la escalera y trato de no pensar más en el asunto. No pensar en Nina, en los libros, no armar el atril ni solfear o estudiar escalas con el saxofón tenor que me enviaron el mes pasado desde Medellín. Acaricio al gato con el pie desnudo y entro al baño a orinar. Bebo tinto o limoncillo y pongo algo de Brahms o Stravinsky en la grabadora. Me tumbo sobre la cama para tomar conciencia de mi cuerpo tal como me lo enseñan en la gnosis, respirando adecuadamente y concentrándome en el corazón. La trama del libro me vuelve a desbordar. Lucho denodadamente por no pensar más en la historia desarrollada por el novelista –la mente también merece un descanso, es normal– pero acabo sin falta sentado al computador, escribiendo todas las sandeces que fluyen a mi pensamiento para cumplirle la promesa que le hice a Nina la última vez que vino a mi casa: no hay otro motivo.

Los martes, miércoles, jueves y sábados, mis días de trabajo acaban a las 5:30 de la tarde. Subo luego a la bicicleta y pedaleo con fuerza hasta llegar al templo donde me congrego, buenas tardes, muy bien, gracias. El trayecto se me va en la misma lucha entablada entre la toma de conciencia y las reflexiones literarias o el recuerdo de Nina. Por ejemplo, a veces paso por el Estadio Metropolitano pensando que allí en la hierba estuve yo tirado al lado de Nina, ella con un chococono en la mano y yo con la cabeza en sus rodillas, (no, Alfredo, ubícate en el ahora: tengo 28 años y siento mis...

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