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Perfil

El ladrón de almas

Un perfil de Gérard Depardieu

Traducción de Ricardo Bada

El actor francés trabaja más que nunca, pero sus mejores películas se rodaron hace ya mucho tiempo. ¿Qué lo mueve todavía? Semblanza de un genio apresurado.

 

Eleanor Bentall • © Corbis

 

Con su gran nariz y su figura de tragaldabas se parece inmejorablemente a Beethoven... o no, hay algo que no: faltan la energía, la potencia. El hombre del escenario no parece un genio desaforado sino un animal grande y amedrentador después de haber recibido una flecha anestésica en la grupa. Movimientos lentos, contenidos, casi en una especie de trance. Ahí está, sentado en el escenario de la Sala Pasteur, en Montpellier, para leer cartas de Beethoven, y el público lo embebe todo: no sucede tan frecuentemente que pueda estar viéndolo tan de cerca, y además en un evento cultural. Por alguna razón indescifrable, el director ha colocado a su estrella de la noche contra el foro del escenario, detrás de un velo negro, mientras en el centro del escenario se sienta un cuarteto de cuerdas. Los cuatro músicos hacen lo mejor que pueden, pero no cabe decir más acerca del tema.

Lo enojoso es la declamación en sí. Depardieu tiene una hermosa voz, pero es indesoíble que no ha leído bien los textos antes de su actuación.

Su voz se va apagando cuando alcanza el final de una página, y recién cuando pasa la hoja se da cuenta de que la frase continúa. Y a pesar de todo, de vez en cuando, cuando domina la situación, crea de la nada una atmósfera, una cierta intensidad, un momento de desnudez personal que es realmente conmovedor.

Ahí llega de nuevo al final de una página. El hechizo desaparece de nuevo pero al público le trae sin cuidado: los espectadores aplauden a su estrella y patalean el suelo como siempre hacen en Francia en los conciertos. “C’est sublime”, dice alguien cerca de la puerta, “C’est extraordinaire”, añade otro. Un método para asegurarse una posición cultural dominante consiste normalmente en decidir que, a priori, lo que sucede en el propio país es magnífico.

Aún tengo una cita, antes de poder salir a gozar el aire nocturno de Montpellier: voy a estrechar la mano de la estrella. Mañana, en su hotel, tendremos una entrevista. Depardieu vive con frecuencia en hoteles.

Viaja mucho, tiene un programa enorme: compra viñedos en medio mundo; invierte su dinero en acciones petroleras; posee un restaurante en París; se anda separando de su esposa: recita textos de san Agustín y cartas de Beethoven; está de camino –con su jet privado– a Cannes, a Japón, a Italia; come y bebe por tres; se codea con hombres de negocios, que le fascinan.

Una cosa sí hay que no hace ya en los últimos tiempos: grandes películas. No que no trabaje en el cine, rueda por lo menos cinco films al año, pero la mayoría son adaptaciones de novelas francesas o historias flojas y dulzonas, recalentadas y adornadas con un par de estrellitas galas.

En estos momentos está filmándose la tercera de la serie de Asterix. Ahí Depardieu es Obelix, como es natural, y lo interpreta fantásticamente, pero no, no es ése un auténtico desafío para una de las bêtes sacrées del cine francés. Por lo demás, el actor no quiere mucho a los críticos que escriben estas cosas. “Pajeros intelectuales”, los llama.

***

“Llegó un momento en el que entendí que Gérard poseía una potencia, una intensidad con la que yo no podía competir en absoluto”, recuerda el actor Michel Pilorgé, que conoce a Depardieu desde que eran quinceañeros los dos. “A este tipo pueden mirarlo y admirarlo pero seguro que no imitarlo. Yo también tengo energía, pero la energía de Gérard es algo que sobrepasa todas las fronteras, es algo divino”. Michel Pilorgé tiene ojos castaños, profundos, y viste muy elegante, un poco como si quisiera hacer evidente que también él tiene éxito. Pilorgé hizo junto con Depardieu los cursos de arte dramático. Sigue pareciendo estar bajo la impresión de su viejo amigo, con quien un día compartió un apartamento y que ahora es una estrella internacional. Inmediatamente vio algo extraordinario en él. Pilorgé trabaja ahora para la Iglesia católica y sigue tratando de entender qué es lo que ha pasado entre él y su amigo, a quien todavía ve en raras ocasiones. Una desilusión maravillada se siente en su voz cuando bromea: “Antes lo tenía en mis manos, pero después perdí el control”.

 “Antes” era cuando Gérard lo admiraba a él. Los dos tenían diecisete años, pero Gérard provenía de una familia proletaria con un padre bebedor y que no sabía leer ni escribir. Michel era una especie exótica para él: hijo de un médico, miembro de la burguesía, donde se siente apego a la cultura, donde se cuida la buena educación de los hijos. Michel lo sabía todo, se sentía a gusto, tenía las llaves para acceder a otro mundo. Esto era en Chateauroux, una pequeña ciudad provinciana al sur de París. Un lugar aburrido, de 50.000 habitantes, hermanado con Gütersloh en Alemania, Olsztyn en Polonia y Bittou en Burkina Faso. Cuando Gérard crecía allí, la economía local giraba en torno a la industria del metal y a una base aérea estadounidense.

La industria, en ella trabajaba el padre de Depardieu, Dédé, un hombre tranquilo, soñador, que no supo manejarse con su familia, ni luego con el desempleo, y se dio a la bebida. Lilette, la madre, tuvo que apechugar con los hijos. Cuando estaba embarazada del tercero se desesperó: no veía ninguna salida a la pobreza, ni del pequeño piso de dos cuartos, ninguna manera de realizar sus sueños anteriores de viajar, de hacer teatro. Con una aguja de tejer hizo un intento de abortar, pero no le resultó. Su niño nació en 1948. Lo llamaron Gérard. “Fue rechazado completamente por sus padres”, resume Pilorgé: “Su madre le tomaba a mal que existiera. Era un niño que nunca quiso tener”. Más tarde vendrían tres más, que nacieron todos en la misma casa. A los siete años, Gérard ayudó por primera vez en un parto.

Un velo de silencio pesa sobre la familia. Casi no se habla en ella. Para escapar a la realidad cotidiana, la madre halla su escape en un mundo de films y romanticismo, el padre en la bebida y el trabajo. Los niños se quedan solos, Gérard tiene problemas en la escuela. “En la escuela nunca me sentí en casa”, me contará luego, “era terriblemente tímido y tenía dificultades para hablar”. A los catorce abandonó la escuela y entró de aprendiz en una imprenta.

En ese silencio creció un muchacho que hacía todo el ruido posible. Quería ser visto, ser popular, pronto tuvo amigos con los que se reunía en la ciudad, un joven rebelde. “Todos saben cómo era Gérard. Era un provocador. Estaba en contra, no importa de qué se tratase, estaba en contra”, dice Michel Pilorgé. “Siempre había alguna posibilidad, en la escuela, con la policía. Su madre no sabía qué hacer con él”. Sus padres no podían ya con él, en absoluto. “Era insoportable. Su madre era una mujer amable, generosa, muy sencilla, pero con Gérard no le salieron las cosas como hubieran debido ser”. A los quince ya parecía un adulto, también físicamente. Entrenaba en un club de box y trabajó algún tiempo como “protector” de dos putas, quienes todavía se acuerdan de él porque le dieron al joven una especie de amor maternal. Él crea, cosa que también puede, familias a su alrededor.

Depardieu por su amigo y fotógrafo de cabecera, Richard Melloul • © Richard Melloul | Corbis

 

“Gérard carece de cualquier cultura”, dice Pilorgé, “pero posee un instinto infalible para aprender y entender cosas, y para hacerse querer”. Gérard estaba fascinado por los soldados norteamericanos estacionados en Chateauroux.

Muy pronto se puso a comerciar clandestinamente con cigarrillos y bebidas. Ganaba ya a los 15 años, en una semana, más de lo que su padre llevaba a casa al cabo del mes. Gérard disponía siempre de dinero para bebidas, para los amigos, sólo con las chicas apenas si hablaba: le asustaba la debilidad. Con su cuerpo grande y fuerte no se quedaba nunca sin intervenir en una pelea que se armase en alguno de los bares donde pasaba las noches. Andaba camino de hacer carrera en los bajos fondos, una vida entre la calle y la cárcel. “No he tenido una mala educación”, dijo más tarde acerca de aquellos tiempos: “hablando francamente, lo que pasa es que no tuve ninguna educación”.

Decidió irse un par de meses de su casa, hacia el sur, donde ganó dinero de las más diversas maneras. Se desplazó hasta allí haciendo autostop.

“He contado muchas veces historias duras acerca de mí mismo” recordó Depardieu después: “Cuando haces autostop, te conviertes en la persona que al otro le agrada que le acompañe. Entonces empezaba a contar lo que yo quería hacer de verdad: ‘Estudio teatro’, decía, aun cuando no tenía ni idea del tema”. Dos años más tarde, sin haber cumplido los 17, regresa a Chateauroux, que le parece más pequeño y más opresivo que nunca. Sigue sintiendo una fuerte y ambivalente fascinación por el mundo burgués de su amigo Michel Pilorgé, y cuando éste se marcha a París para convertirse en actor, lo sigue un par de semanas más tarde. “Le dije a mi madre: ‘Me voy a París’, y ella me contestó: ‘Ah, bon?’. Y eso fue todo”. Gérard compró un billete y se montó en un tren, camino de otra vida. No tenía dinero ni tampoco ninguna idea de por dónde iba a empezar.

***

Tras el concierto tengo por fin la oportunidad de un encuentro personal con Depardieu. Ahí estaba, fuerte, más compacto de lo esperado, sudando, con un pantalón negro y una camisa negra, casi eufórico, relucientes los ojos. “¿Estuvo bien? ¿Te pareció bien? ¿Impactó?”, les preguntaba continuamente a los amigos y conocidos, y todos le aseguraban que estuvo magnífico. Su energía era palpable. Todos lo felicitaban, todos le eran presentados. También estaba la nueva amiguita de la estrella. Es rubia, parece tener apenas veinte años y vestía una minifalda microscópica y unos escarpines dorados. Por lo demás, es muy linda. Viene de Estados Unidos. “Pero no te sorprendas”, me había advertido el fotógrafo, “no se va a divorciar, no después de treinta años. Sería totalmente traumático”.

Y tanto que lo sería. Y sin embargo, este hombre a quien todos abrazan y fotografían aquí, tiene una manera de ser directa, una mirada que no parece esconder nada. Así miran los niños, o los amigos de muchos años.

Depardieu y su círculo se hacen todavía un par de fotos (“la estrella y yo”) y desaparecen en la noche. Me quedo solo atrás, con Richard Melloul, que desde hace más de diez años es el único fotógrafo con quien Depardieu quiere trabajar para retratos y la foto fija de las películas.

“Así es él”, dice Richard, “confía en mí y siempre pregunta por mí: ‘Cuando tengo dolor de muelas llamo a mi dentista, y cuando necesito una foto llamo a Richard’, dice él”. Melloul es pequeño y serio.

Es de ascendencia judía norteafricana, y al igual que el actor, comenzó completamente desde abajo. Vive en una especie de estado de alerta que sólo se aprende en la calle, pero también puede ser muy directo, de una manera muy agradable. Su trabajo lo pone en contacto con muchas estrellas, pero es evidente que a Depardieu le tiene reservado un puesto especial, como le pasa a muchas personas que han entrado en contacto con él. “C’est un voleur d’âmes [Es un ladrón de almas]”, me ha dicho Pilorgé: “Cuando has pasado un tiempo con él, después te sientes vacío, exprimido, deprimido. Él absorbe la energía de las personas que le rodean. Oye, habla, bebe y es el otro el que se cansa. Estás muerto de fatiga, pero de alguna manera te sientes también enriquecido”.

Comiendo un steak-frites en el centro de Montpellier, también habla Richard Melloul acerca de este fenómeno, pero él no es alguien a quien lo irrite. “Gérard es un muchacho completamente sencillo. Ama a los demás más que a sí mismo. Por eso necesita a las otras personas. Estar solo, no hacer nada, eso no es para él, le entraría el pánico. En el plató es feliz porque se lo dan ya todo arreglado, le perdonan todo cuando actúa bien y eso lo hace realmente siempre. Funciona exclusivamente por instinto.

”Si algo le gusta, lo hace inmediatamente. Se encuentra con alguien, y al cabo de treinta segundos habla con él como con su mejor amigo, y no le importa si es el presidente de Francia o la camarera que le sirve el café. Contacta amistosamente con cualquiera, pero diez minutos más tarde se ha olvidado del encuentro. No es que sea calculador, es que es lo normal para él. El aquí y ahora lo es todo para él. En su casa de París hay muchas veces huéspedes a los que apenas conoce, estudiantes y conocidos de conocidos, sólo para no tener que estar solo en casa”.

***

1964. París es una nueva experiencia, todo es desconocido. Depardieu vive en un apartamento lleno de crujidos, con su amigo Michel y otros jóvenes, y nada es como en el mundo que él conoce. Sus compañeros de apartamento estudian en la universidad, hablan de literatura, leen a los clásicos, quieren ser artistas. Gérard no sabe nada al respecto, pero siente su hambre. Empieza a leer poemas y novelas. “Estaba fascinado por Dostoievski”, recuerda Pilorgé, “cuando leyó Los hermanos Karamasov se volvió él mismo un Karamasov. Hasta tenía un gorro de pieles y unas botas altas”.

Descubrió a Alfred de Musset y sintió una fuerte afinidad hacia su poesía. “Cuando leyó a Musset estaba por completo entusiasmado”, cuenta Michel Pilorgé, “ ‘¿No podría encontrarme con este tipo?’, me preguntó. No tenía ni idea de que Musset llevaba un siglo muerto. Pero cuando recitaba sus textos, sucedía algo muy especial. El gigante maleducado de diecisiete años, con su nariz de boxeador, se convertía en otro, se volvía hermoso, hasta sublime”.

Al principio, en el teatro, no abría la boca. No comprendía sus textos, no sabía usar su voz. Antes del examen de admisión en la escuela de arte dramático, tuvo que aprenderse una escena. No se sabía el texto. Estaba en el escenario, mudo, y empezó a reír, flojito primero, después con todo el cuerpo. Toda la sala se rió con él. Aprobó el examen. Su maestro, Jean-Laurent Cochet, se convirtió en su padre artístico, así como algunos años más tarde encontró en Marguerite Duras una madre intelectual.

 El actor en su juventud, ya convertido en uno de los mitos vivientes del cine francés • © Christian Simonpietri | Corbis

 

Otra familia. Con la ayuda de Cochet y otros profesores, el joven actor superó sus dificultades idiomáticas.

Un texto que Gérard ama especialmente es un monólogo en una obra de Musset, On badine pas avec l’amour: “Todos los hombres son mentirosos, inconstantes, falsos, bastardos, hipócritas, orgullosos y cobardes, despreciables y sensuales: todas las mujeres son pérfidas, artificiosas, vanidosas, curiosas y depravadas: el mundo entero no es más que una cloaca sin fondo donde rampan las focas más informes y se revuelcan en montañas de fango; pero hay en el mundo una cosa santa y sublime, es la unión de dos de estos seres tan imperfectos y tan repugnantes. No pocas veces a uno lo engañan, lo hieren y lo hacen desdichado en el amor, pero se ama, y cuando se llega al borde de la tumba, uno se vuelve a mirar atrás y se dice: He sufrido no pocas veces, me he engañado algunas otras, pero he amado. Yo soy quien ha vencido y no un ser inventado por mi orgullo y mi aburrimiento”. Todo un credo.

También Gérard está enamorado. De Elisabeth, una actriz joven.

Es independiente, de buena familia, talentosa y desarrollada (ha estudiado psicología), y ve que el joven de quien se ha enamorado es algo más que un estudiante corriente. Quizás sea cierto que detrás de todo gran hombre hay una mujer fuerte. Elisabeth renuncia a su carrera por la de él. En los años que siguen, es ella quien elige los papeles que él interpreta, los directores con los que trabaja, y muchos de los amigos con los que se rodea la pareja ya casada. Gérard la deja hacer. El chico del arroyo, que nada sabía de la cultura y que ha salido adelante gracias a su talento natural, descubre una forma de placer sublimado en la lectura.

En muy pocos años crece hasta ser la bête sacrée del cine francés.

Con una energía increíble, anárquica, que puede convertirse de un momento a otro en una ternura que casi da miedo. Con una masculinidad robusta, en ocasiones violenta, que le viene de la calle, y en la que de repente deja traslucir una sorprendente y delicada feminidad. Perdiéndose en cualquier posible forma de desenfreno. Dotado de una legendaria capacidad para trabajar hasta vaciarse por completo física e interiormente, y siempre con la disposición de entrar íntegramente en la personalidad de otro. Una fuerza elemental que puede expresarse exclusivamente detrás de máscaras. Ha roto el silencio de su familia, se ha liberado a través de la palabra. A los 25 años es una estrella, rico, y omnipresente en el cine francés.

Los nombres de los directores cuyas películas pueden ser vistas como hitos en su filmografía indican una nueva, peligrosa manera de ver el mundo: Bertrand Blier, François Truffaut, Maurice Pialat, Bernardo Bertolucci. También a los personajes de Depardieu los envuelve siempre una atmósfera de peligro y marginalidad: en Les valseuses (el film con el que se hizo famoso) es un pequeño granuja para quien la vida es una seguidilla de placeres; en Barocco le arrancan un ojo; como marido enloquecido –en La dernière femme– se corta el pene en la cocina con un cuchillo eléctrico; en Buffet froid muere sin sentido a causa de una culpa kafkiana; en Le retour de Martin Guerre interpreta a un estafador que vive la vida de otra persona y termina muriendo en la horca; y en Danton cae sobre su nuca la cuchilla de la guillotina.

“Durante diez años he hecho cine negro”, dijo más tarde, “me quemaron, me mutilaron, me asesinaron, me cocieron, me decapitaron... Cuando hacía esos films, no pensaba en el efecto que iban a tener en mí, pero al llegar al final del rodaje pasaba terribles depresiones, períodos de estar exhausto, y andaba muy cerca del derrumbe total”. Depardieu continúa buscando los extremos, pero de otra manera: casi no se aprende los textos, y se niega a ensayar para no perder la tensión del momento, le gustan las motos grandes y sobre todo rápidas, fuma como una chimenea y bebe toda la noche para llegar por las mañanas a los estudios con una gran resaca, tiene hechas sus experiencias con la cocaína y la heroína, sólo el hachís no le gusta: “Me da sueño”.

***

Es temprano en la mañana y estoy sentado con Richard, el fotógrafo, en el jardín de un hotel muy exclusivista de Montpellier. Aquí se aloja Gérard Depardieu, aquí nos hemos citado, y ya se retrasa casi una hora. Ayer estuvo comiendo y bebiendo con amigos, así nos dicen, y que todavía no está listo.

“Gérard y el vino, ésa es otra historia”, dice Richard: “Le gusta enormemente y tiene un par de viñedos en Francia, pero también en Marruecos, Portugal, España, Argelia y Argentina. A veces se bebe seis botellas por día, eso acabaría con cualquier otro, pero él es tremendamente fuerte. Y sin embargo... Ya ha tenido una operación donde le implantaron cinco baipases. Es un gran actor, en Francia no hay nadie como él, pero pienso que en estos momentos le aburre la cámara”. Richard mira a su alrededor. Entretanto ha cambiado el ángulo de la luz, tiene que buscar otro lugar para las fotos.

“Cuando hace un par de años actuó teniendo enfrente a John Malkovich”, sigue diciendo Richard, “tuvo que escribir todas sus réplicas en papeletas autoadhesivas y pegárselas a John. ¡Malkovich parecía empapelado! Gérard estaba borracho como una cuba y no se sabía una palabra de su texto, y sin embargo, cuando la cámara empezó a filmar, de golpe reencontró su profesionalidad y actuó fantásticamente. Así es él. La filmación nunca suele ir tan de prisa como él quisiera. Es un hombre que vuela a todas partes con un avión privado, para ahorrar tiempo. Lo ha hecho todo, ha interpretado todo, tiene más dinero del que puede gastar, pero todo eso no es bastante. Quiere vivir todavía más. Hace un par de semanas voló a Turín y de allí a Roma, a Nápoles y al norte de Italia. Luego se acordó de que se había olvidado de algo, así que voló de vuelta a Nápoles y al final a París. Todo en un solo día”.

Llega el camarero. Monsieur Depardieu puede recibirnos ahora. Está en el vestíbulo.

El monumento se sienta en un enorme sofá. Lleva la camisa muy abierta y se le ve somnoliento. “Estoy resfriado”, bisbisea, “no me siento para nada bien. Una taza grande de café, por favor”, le dice a una joven camarera. “¡No, no una taza, un cubo lleno de café negro americano!”.

 Depardieu al cuidado de uno de sus viñedos • © Richard Melloul | Corbis

 

Se recuesta hacia atrás. “No me gusta nada tener la nariz tapada. No puedo ni respirar. ¡De lo más fastidioso! Y aquí me tienes por fin. ¿Qué es lo que quieres preguntarme?”. Gérard Depardieu tutea a todo el mundo. Debo darme prisa, él tiene que irse. “¿Es la vida una carrera contra el tiempo?”, le pregunto.

“A veces lo es, pero no estoy nunca lo bastante quieto como para preguntármelo”. Ríe y enciende un Gitane. “Incluso después de mi operación al corazón ya estaba a las tres semanas otra vez delante de la cámara. No estuve ni un solo momento sin hacer nada. ¡Eso es algo que hay que evitar!”. Me mira como si nos conociéramos de siempre y la gran sonrisa que se extiende por su rostro es pura, íntima amistad. Todo el mundo es amigo suyo, por el momento. Depardieu, quien por lo demás sostiene que no sirve para seducir, es un seductor innato de todos los que le rodean. Su público es su amigo, y todo el mundo es público.

Suena el móvil de Depardieu. Lo prende y comienza una larga discusión con un compañero de negocios. Está acostumbrado a que los demás lo esperen. Pienso. Es casi imposible algo para lo que no tenga respuesta, y sea lo que sea lo que le pregunte, él sabe enseguida en qué dirección quiero ir. Una fila interminable de periodistas le han hecho preguntas interminables, y después de treinta años de psicoanálisis (también algunos meses sin éxito con Jacques Lacan), no sólo tiene una versión oficial de su vida sino que también se conoce a sí mismo muy bien. Esto no significa que hoy no beba, pero sí que sabe mejor por qué, y habla sin esfuerzo acerca de ello. Todo está a la vista, no hay tabús.

¿Será esto cierto? ¿No se habrá descarriado dentro de su éxito? No, dice, tras la llamada, le va muy bien, mejor que nunca. Y entonces ¿por qué esa prisa? ¿Por qué el avión, la prospección de petróleo en Cuba y la amistad con Fidel Castro, las relaciones con hombres de negocios ricos, el restaurante en París y los viñedos? ¿No tiene bastante con el escenario?

Depardieu enciende un nuevo Gitane. “Pienso que lo de actuar voy a dejarlo”, dice de repente. “En realidad, no tengo más ganas”.

El propietario del hotel llega con un empleado para darle la bienvenida a su importante huésped, y el actor salta de su asiento, lo abraza y nos presenta a todos. Entabla una discusión sobre vinos y restaurantes, que dura un buen rato. También el móvil suena otra vez. Finalmente todo pasa y Depardieu viene a sentarse de nuevo. “¿Qué estaba diciendo?”. Gitane. “Sí, lo de interpretar. Pienso en serio lo que dije. Pero es algo que me he dicho muchas veces, y luego aparece un nuevo proyecto que encuentro fascinante, o un viejo amigo me pregunta si quiero actuar en su película. La gente dice que estoy enviciado con mi obra. ¡No! ¡Para nada!

¡Se trata sencillamente de mi profesión! Soy una persona sencilla, como mi padre, en realidad muy rústico. Me levanto todas las mañanas, tengo un puesto de trabajo y tengo que ir a trabajar. Los críticos dicen que mis últimas películas no son tan buenas, pero si millones de personas acuden para verme en el papel de Obelix, ¿no es eso un éxito? He encontrado un gran público y eso no me lo quieren perdonar los críticos. Para ellos, una película sólo es buena si nadie va a verla”.

¿Cómo mides el éxito? Depardieu carga ya unos 170 films sobre sus anchas espaldas. ¿Por qué tiene que hacer todavía películas para nada apasionantes y que en la propia Francia no siempre programan los cines del país? Cuando se lo pregunto a Michel Pilorgé, se echa a reír a carcajadas: “¡Muy sencillo! ¡El vil metal! ¡El billete! ¿Crees que interpreta a Obelix porque le gusta?”.

Hasta qué punto sea cierto lo de “el billete” es difícil decirlo. Según Pilorgé, su viejo amigo es más que millonario, en cualquier caso es muy, muy rico. Y según confesión propia, Depardieu paga 2,3 millones de euros anuales como impuestos, pero a su biógrafo Laurent Neumann le hizo saber que vive “prisionero” de un sistema de deudas fiscales. Sea como sea es evidente que apenas le interesa una película, aunque le paguen aproximadamente 800.000 euros por un papel (“con el cine se acabó, el dinero corre ahora a la tv y los bobos blockbusters de los americanos”), pero está extraordinariamente fascinado por el mundo de los hombres de negocios exitosos.

En la elección de sus amigos entre ellos, Depardieu no siempre es crítico.

Al argelino Abdelmumen Khalifa, por quien ha respondido personalmente ante el ministro francés de Comercio, lo persigue judicialmente su propio gobierno por fraude, y vive en Londres. El “rey de los pollos”, Gérard Bourgeoin, a quien está investigando la justicia francesa, lo puso en contacto con Fidel Castro. Actualmente, un equipo financiado por Depardieu y Bourgeoin busca petróleo en Cuba. Resulta caro y ha rendido aún muy poco, con independencia de que las relaciones de Depardieu con la bastante fósil dictadura pueden ser funestas para su reputación. Eso no le molesta. La política, dice, nunca le ha interesado.

Parece existir un patrón en las relaciones comerciales de Depardieu: al igual que en sus películas, también aquí se le ve fascinado por la intemperancia, por los self-made men y por los que poseen mucho poder.

“Gérard está cautivado por Castro”, dice Pilorgé. “Naturalmente sabe que no todo está en orden en Cuba, pero en primer lugar le gusta muchísimo el dinero y ve ahí una posibilidad, y en segundo lugar está profundamente impresionado por la energía de Castro, por el poder del hombre. Es algo que se juega casi en el plano simbólico. Es inadmisible para él que haya gente que no lo admire, pero Gérard hace a veces cosas sencillamente inadmisibles”.

Por fin llega el café. No un cubo, sino una taza de porcelana muy elegante, que casi desaparece entre las grandes manos de la estrella. Bebe su café y me mira. “El dinero no me interesa”, afirma, “todo lo que hago, lo hago por pasión. Sólo la emoción cuenta. Si no me entusiasmo, no empiezo nada. Quiero vivir intensamente. Si lo haces, si vives de verdad en el momento, encuentras instantes de gracia, es algo místico. Eso es lo que quiero, eso me vivifica en el trabajo con otros actores. Es como un niño que juega, o como el sexo. Eres feliz, el tiempo no existe. Para otra clase de experiencia me voy a mis viñedos. Allí vives con la eternidad, con la naturaleza. Soy enormemente feliz porque puedo vivir así, pero no estoy nunca parado”. 

 Querido por muchos, a sus 60 años el actor continúa siendo el hombre amigable que describen sus allegados • © Angel Medina | Corbis

 

Nuestra conversación no se detiene mucho en el cine, ni tampoco habla Depardieu con interés sobre su pasado personal. Mucho mejor platica de sus viñedos –él, el hijo de un bebedor, que admite que también, en “los buenos tiempos”, puede echarse al coleto tres o cuatro botellas diarias–, y ante todo de su château Tigné, una posesión de cien hectáreas en Anjou. En el pasaporte de Depardieu, en el renglón Profesión, reza “actor/vinicultor”, y afirma encontrar entre las vides una paz segura: “Que no me pueda quedar quieto no significa que no tenga paciencia. No puedes forzar a la naturaleza, tienes que esperar. Si quieres cocinar un boeuf carotte, eso no se hace en diez minutos, es sencillamente imposible. Tienes que respetar el ritmo de las cosas”.

“Como vinicultor te conviertes en parte de otra noción del tiempo, de un mundo medieval, y ésa es parte de mi vida, en ella encuentro una verdad que me conmueve de veras. En realidad soy un campesino y sueño con poder pasar mi vida en mi viñedo. Cuando era muchacho y yacía en la cama, siempre me entraba el pánico al sentir cómo fluían los segundos, cómo desaparecía mi vida. Pero en un viñedo encuentro una especie de contraveneno: la morosidad de la Naturaleza, que de alguna manera disuelve al tiempo mismo”.

Como siempre, hay también un aspecto comercial. Quien tan sólo en su château Tigné produce 700.000 botellas de vino al año, tiene asimismo que colocarlas, y así fue como Depardieu se decidió a posar junto con Sylvester Stallone y Bruce Willis para la foto de la cadena de restaurantes Planet Hollywood, en cuya carta figura su vino. También supermercados franceses venden Château Tigné, y los otros vinos de Depardieu se lanzan al mercado con una considerable campaña de mercadeo. ¿Está ello en pugna con la ética de un campesino sencillo en su viñedo eterno? No para él.

El mercadeo se lo deja a los otros, como su amigo y ultraeficiente hombre de negocios Bernard Magrez, quien se ocupa del lado comercial de sus vinos y le deja al actor el placer de comer y de beber. Depardieu prefiere pensar en sus dos restaurantes, de los que uno, La Fontaine de Gaillon, en París, parece albergar la ambición de conseguir una estrella Michelin. Él mismo, un año atrás, publicó un libro de cocina en el que describía platos simples y tradicionales. No obstante, nunca son sencillas las relaciones en la vida del actor: le gusta el buen vino pero al mismo tiempo es conocido por sus apariciones borracho en la tv y sus accidentes en moto. Le encanta comer, pero su peso fluctúa tanto que él mismo afirma haber perdido 290 kilos en los últimos diez años.

 “La bouffe”, la comida, es algo sagrado en Francia, y su amor por lo desmedido y las alegrías de la mesa hacen del actor un auténtico heredero de los grandes gourmands de la historia literaria francesa: Rabelais, Dumas hijo, Balzac. No es pues sorprendente ver que Depardieu ha actuado en películas basadas en libros de Dumas y Balzac, ni que alguna vez haya interpretado el papel de Vatel, el legendario cocinero de Luis xiv que se dio muerte con su espada porque las ostras para la mesa real no habían sido suministradas a tiempo. Comida y sexo, bebida y drama, todas ellas son formas del Eros.

Depardieu enciende un nuevo Gitane y me mira. “¿Algo más todavía? ¿Tienes lo que necesitabas? Tengo amigos que me esperan, tengo que ir hoy todavía a una vernisage en Arles. Así pues... ¿Todo? ¡Magnífico! Hagamos ahora las fotos. Pero antes tengo que mostrarles la cocina de aquí y estrecharle la mano al cocinero. ¡Es un verdadero artista!”.

El director del hotel se materializa desde el fondo de la escena, y todos vamos a la cocina. Los ayudantes, que estaban preparando el lunch, dejan a un lado sus cuchillos y se quedan un poco sin saber qué hacer mientras atraviesa por su cocina un huracán amistoso que un minuto después sale por la puerta, y al siguiente abandona el hotel. E inmediatamente me siento vacío, abandonado por un amigo. Las palabras de Michel Pilorgé echan raíces en mí: es un monstruo que sobrepasa todas las fronteras.

Un voleur d’âmes. Más tarde me dice aún Pilorgé: “Ya no lo llamo más por teléfono. Con sus negocios y todo lo demás, eso es otro mundo, ése no es el Gérard que yo conocí. Hasta he borrado el número de su móvil de mi agenda. Pero de qué me sirve... Me lo sé de memoria”.

***

En uno de sus últimos films, Quand j’étais chanteur, Depardieu interpreta el papel de un cantante que ha conocido hace mucho mejores tiempos y que ahora actúa en discotecas provinciales y asilos de ancianos. Entre tales tómbolas y la soledad en su camerino, canta sus dorados oldies y responde con una sonrisa profesional y prometedora a las lánguidas miradas de unas mujeres en una cierta edad. La vida da sus vueltas así, de su esposa se ha divorciado pero él sigue cantando, una parodia corpulenta de sí mismo, joven y ardiente. Con un guión mediocre y un montaje apresurado, el film se arrastra como puede, apoyándose por completo en el carisma de los protagonistas y en la embelesadoramente hermosa Cécile de France, de quien se enamora el personaje de Depardieu.

Tras la entrevista le pregunto a Richard si él supone que esta película es quizás también una reflexión sobre la carrera de Depardieu. El fotógrafo reacciona choqueado: “¡No, claro que no! ¡Gérard es un gran actor y la película también es magnífica! ¡Tienes que ser un gran actor para poderle dar vida a alguien así! ¡No puedes verlo de ese modo como lo ves!”.

Y en cuanto lo dice me hace pensar involuntariamente en el público de la lectura beethoveniana de ayer noche. 

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No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

Tres piedritas hepáticas


Por Hernán Bravo Varela


Publicado en la edición

No. 193



De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. [...]

Columnas

Poetour en una ciudad andina

Esperando a Cantinflas

La cueca larga del anti-poeta

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores