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El Malpensante

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Berlín: un mapa para perderse

Quizá ninguna ciudad del mundo ha sufrido una transformación parecida a la de Berlín en las últimas décadas. De capital destruida del nazismo pasó a ser la capital escindida de dos naciones. Ahora, tras quince años de reunificación, podría convertirse en la nueva capital de Europa.

Los viajes de iniciación suelen depender de un azar profundo, una fuerza al margen de la voluntad del desplazado. Robison Crusoe desobedece a sus padres y sube al barco que lo pondrá a prueba; el mar le otorga otra identidad, cubriéndolo con gruesas olas al modo de un bautizo. El descastado cae al agua; junto a él flotan dos zapatos que no hacen juego. Este detalle nimio le revela su nueva condición: es un náufrago.

En tiempos del turismo en masa resulta difícil someterse a un desplazamiento tan severo como el de Crusoe. El viajero contemporáneo debe buscar modos más sutiles de ser modificado por su errancia. A los 21 años, poco antes de partir a Europa, Julio Ramón Ribeyro escribió en su diario: “Sólo ansío viajar. Cambiar de panorama. Irme donde nadie me conozca. Aquí ya soy definitivamente como han querido que sea”. La tentación del viaje: ser otro en otras circunstancias. Para Ribeyro, permanecer en el país significaba reiterarse como la peor de las costumbres. A lo largo de las décadas descubrió el paradójico sentido de sus Wanderjahre; en el aprendizaje en movimiento encontró una significativa manera de volver a casa. Curtido por la soledad, Robinson aguarda el punto en el horizonte que se convierta en un barco de rescate. De modo equivalente, después de su Odisea en pensiones de mala muerte y embajadas de elegante intriga, Ribeyro entendió que el exilio le había servido para regresar a Perú como un náufrago que recupera tierra firme. Sin acudir a los trabajos del océano, los viajeros sutiles encuentran nuevas formas de asignarse tempestades.
 
Mi acercamiento a Berlín comenzó con una combinación de azares. Una noche de invierno recibí una llamada telefónica. Me invitaban a ser agregado cultural en Berlín Oriental, ciudad que no conocía. En las semanas venideras me enteraría de las accidentadas razones del ofrecimiento.
 
México pasaba entonces por una fase que el presidente José López Portillo describió con un lema que parecía (y era) de ciencia ficción: “la administración de la abundancia”. Nos habíamos convertido en el cuarto productor mundial de petróleo. Una época irreal en la que había salarios fuertes y la diplomacia resultaba menos atractiva que en nuestros habituales días de crisis. La burgesía provisional de principios de los años ochenta prefería conocer Nueva York que vivir en el Berl...

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