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Ficción

La clase de lectura

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La primera vez que Danielle recuerda haber tenido conciencia de sus senos fue a los trece años, cuando su madre le dijo que se los frotara con mariposas machacadas para que le crecieran. No mariposas muertas, sino vivas, arrancadas de los pétalos de las flores con sus propias manos. Las zeuxidias resultaban preferibles porque era fácil distinguir a las pálidas hembras, que le servían, de los más oscuros machos, que no. Las de cola bifurcada y demás especies con manchas negras se consideraban de mala suerte. Y no debía, eso sí que no, confundir una polilla de antenas gruesas con una mariposa, pues si se refregaba en el punto ciego del pezón con una polilla venenosa no sólo le daría urticaria sino que no vería ni un centímetro más de crecimiento en el resto de su vida.

Ella ya era una cazadora experta de lagartijas —prefería las de cola entorchada por encima de todas—, de modo que las mariposas demostraron ser presa fácil, pero estaba acostumbrada a que le dieran más pelea de lo que éstas podían dar y a veces las apretaba demasiado. Entonces las alas se deshacían, dejándole un polvo fino y pegajoso entre las uñas, o sucedía que las mariposas se desbarataban del todo, y ella amontonaba los cadáveres en un frasco-mausoleo transparente y caleidoscópico, demasiado horrible para ser guardado en el tocador de su madre pero demasiado bello para echarlo a la basura.
 
El día en que a su madre la mató un muchacho no mayor que ella —compañero suyo de clase, según testigos— en el camino de regreso a casa desde su almacén de textiles, Danielle simplemente destapó el frasco de las mariposas y vació el contenido encima de las dos iguanas que mantenía en una jaulita en el jardín, cercado con bambú e hibiscos. Y como había seguido los consejos de su madre, los senos sí le crecieron, tanto que bastante pasada la adolescencia y tras abandonar Haití con su padre, ya trabajando como profesora de primero de primaria en un colegio experimental del Pequeño Haití de Miami, una mañana se descubrió en la ducha un bulto del tamaño de una castaña en uno de ellos, el derecho, la cual parecía haber florecido de la noche a la mañana, como si sus glándulas mamarias hubiesen pasado por un baño de mariposas mientras dormía.
 
Danielle relató la historia de su madre y de la poción con las mariposas a dos mujeres haitianas que se apar...

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