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El Malpensante

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Estar aquí queriendo estar allá

Hay pueblos colombianos en los que la gente vive asediada por la muerte, donde el solo hecho de sobrevivir es proeza. ¿Se puede, además, prosperar allí de algún modo? La presente crónica explora las posibilidades que les quedaban a algunos paisanos de Peque, uno de estos pueblos.

Si usted no es capaz, nosotros sí

Faltaban unos minutos para coronar el ascenso hasta Uramita y en poco tiempo el asfalto se agotaría. Si el viejo Toyota azul cruzaba ese límite, con seguridad la mercancía llegaría a Peque bien entrada la noche. Eso pensaba Jota Jota cuando un grupo de cinco hombres armados le hicieron señas de que se detuviera.
 
El más joven se acercó. Era un conocido del pueblo. El conductor se rascó su desordenada barba rubia y jaló el freno de mano.
 
—¡Qué hubo Jota Jota! ¿Entonces qué? —le preguntó el muchacho sonriente que olía a tela nueva y perfume.
—Bien mijo, trabajando.
—¿Qué trae ahí?
—Una carga de pollo.
—¿De quién es?
—De don Antonio Parra1.
—¿Y ése quién es?
—El que vende en la plaza.
—¿Eso no irá más bien para la guerrilla? ­—dijo el uniformado mientras la sonrisa se extinguía de su cara.
—No hombre, él es un señor que trabaja sanamente. ¡Usted lo conoce!
—Vamos a ver qué dice mi comandante.
 
El muchacho acercó el radio a la cara y apoyó su brazo sobre el marco de la ventana, poniendo frente a los ojos del conductor las letras AUC de su brazalete.
 
—Espere un momento que están verificando en la lista. Le recomiendo que apague el motor y tenga paciencia porque a veces es demorado.
 
Aunque el olor a pollo crudo aumentaba a medida que se descongelaba atrás, Jota Jota acomodó su barriga que casi tocaba el timón, apoyó la cabeza contra la puerta y durmió un par de horas. Detrás del suyo esperaban otros carros estacionados.
 
A las once de la noche apareció de nuevo el joven.
 
—En la lista no está ni para bien ni para mal, pero la orden es que la carga se queda.
—Hombre, dejala pasar. Ese señor es muy buena gente.
—No. Es una orden. Baje esa mercancía y bótela ahí.
—Yo no puedo hacer eso, cómo voy a tirar la comida; además, de eso viven ese señor y su familia.
—Tranquilo. Si usted no es capaz, nosotros sí.
 
Esa m...

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