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Coda

D'Artagnan

¿Roberto Posada García-Peña fue realmente el “gran periodista de oposición” y el “polémico columnista” del que hablan los obituarios?

 

Cincuenta y cuatro años es una edad temprana para morir, pero es la edad propicia para recibir el reconocimiento a la vida y obra cuando éstas han valido la pena o han sido sobresalientes. El columnista Roberto Posada García-Peña, quien acaba de fallecer después de largos padecimientos, ha recibido sobre su memoria un enjambre de elogios, todos provenientes del medio periodístico, en los que destacan, como algo singular, su capacidad de ir contra la corriente.

Antes de verificar si dicha afirmación es cierta, conviene recordar que en los cenáculos periodísticos capitalinos se considera que la función del columnista es la de oponerse al poder porque sí, porque éste entrañaría todo lo monstruoso de la condición humana y porque la crítica sistemática los asemejaría a los intelectuales franceses del siglo XVIII que, con Voltaire a la cabeza, fundaron el método de ridiculizar y hacer mofa de los poderosos aplicándoles el tábano de la suspicacia y la descalificación moral. Para los lectores de prensa, desde luego, la glosa inteligente y fundamentada es un bálsamo en medio de la obsecuencia y la mediocridad de la burocracia. La criticadera odiosa y permanente, sin embargo, se convierte en expresión de indigencia mental, de la cual no pueden escapar quienes cultivan día a día el rencor gratuito y las frustraciones vengativas. D’Artagnan, a mi juicio, no era lo uno ni lo otro. Ni el intelectual que deslumbraba por su lenguaje y su razonamiento lúcido y desinteresado, ni el amargado que destilaba hiel de forma asidua y venenosa. Fue, simplemente, un columnista de verbo más bien apocado y un amigo consuetudinario de presidentes y funcionarios a quienes les hacía evidentes mandados. Pero sobre todo fue, en años de malsana recordación, un soldado que usaba su mosquete para defender causas estrictamente partidistas, no propiamente disidentes. Usar de vez en cuando expresiones como hélas, pardiez y vaya vaya no son suficiente demostración de apego a las formas clásicas de la literatura, como alguien le atribuyó con más generosidad que juicio.
 
El periodista Roberto Posada fue un defensor a ultranza de Julio César Turbay cuando a éste le adjudicaban la encarnación del clientelismo dentro del Partido Liberal. El asunto llegó a tales grados que el doctor Carlos Ll...

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Álvaro Bustos González

Es columnista de El Meridiano de Córdoba

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