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Recuerdo

Que las cosas cambian cada vez más rápido es algo indudable. ¿Cómo? Esta breve mirada al pasado arroja luces sobre el intrincado mecanismo de la historia. 

© Juice

 

Yo recuerdo cuando los hombres no nos besábamos. Recuerdo cuando la televisión tenía cuatro canales en riguroso blanco y negro. Recuerdo cuando un porro era una novedad aterradora. Recuerdo cuando una computadora era un delirio de las películas de ciencia ficción. Recuerdo cuando el mundo iba a ser mucho mejor. Recuerdo cuando las villas miseria estaban llenas de trabajadores. Recuerdo cuando las mujeres no usaban pantalones. Recuerdo cuando un blue jean era una muestra de rebeldía casi intolerable. Recuerdo cuando los ricos tenían apellidos que sonaban a bosta. Recuerdo cuando nadie sabía qué corno era la soja. Recuerdo cuando los coches tenían la palanca al volante. Recuerdo cuando la Unión Soviética era el gran poder y mandaba al espacio perros y astro­nau­tas. Recuerdo cuando tomar un avión era un evento extraordinario. Recuerdo cuando los viejos usaban sombrero. Recuerdo cuando muchas etiquetas decían industria argentina. Recuerdo cuando los curas decían misa en latín. Recuerdo cuando había mujeres vírgenes. Recuerdo cuando los chicos debutaban con putas. Recuerdo cuando Perón era un general derrotado en Madrid y Guevara un guerrillero que iba a ganar una revolución en algún lado. Recuerdo cuando los diarios y las revistas estaban escritos en castellano. Recuerdo cuando el pelo largo –por encima del cuello de la camisa– era causa de suspensión en el colegio. Recuerdo cuando viajaba en tren a Mendoza, a Zapala, a Jujuy. Recuerdo cuando la palabra pedorro no existía, ni la palabra cedé ni devedé ni digital, ni la palabra shopping ni la palabra sushi, ni maxikiosco ni tetra ni rockero, ni celu ni huskie ni bolú y mouse era el apellido de un tal Mickey. Recuerdo cuando gay se decía maricón y era una condición que se escondía. Recuerdo cuando los equipos de fútbol no podían hacer cambios. Recuerdo cuando el pasado era un desastre. Recuerdo cuando era más fácil ver un caballo en la calle que una teta en el cine. Recuerdo cuando estaban por sanear el Riachuelo. Recuerdo cuando los restoranes vendían comida porteña, española, italiana, francesa o alemana –y ni siquiera se conocían las hamburguesas.

Decir recuerdo es decir, por supuesto, estoy grande, pero también es decir que el mundo no siempre fue como es. Es decir que las cosas –los objetos, las conductas, las sociedades– suceden en la historia, son dinámicas, cambian, siempre cambian: que nada dura para siempre. Parece una tontería, pero el mito más fuerte de esta época de cambios incesantes es que no hay cambios posibles. Tampoco es nuevo: ya ha circulado en otros momentos de la historia.

Muchas doctrinas, religiones, sistemas de gobierno se formaron a partir de la idea de que nada cambia –y para tratar de confirmarlo. Las primeras interesadas en la idea de todo siempre igual fueron las religiones. Una religión –cualquier religión– es una forma de tranquilizarse y pensar que lo que es ahora siempre será: que todo está diseñado y controlado desde aquí hasta el fin de los tiempos, y que el poder –un dios, los dioses– ha sido y será el mismo. Si un fiel creyera que los poderes universales cambian, ¿quién podría prometerle una vida eterna? Y los poderosos –reyes, emperadores– se colgaron de esta idea: nuestro poder no debe cambiar porque está basado en el Gran Poder que nunca cambia: el derecho divino.

Una religión necesita lo inmutable; por eso, por ejemplo, las reacciones violentísimas de la Iglesia católica cuando ciertos fulanos de hace un par de siglos empezaron a hurgar rastros geológicos, cuevas, huesos, y demostraron que el mundo era mucho más viejo que lo que contaba la Biblia, y que no siempre había sido como es: que había habido animales extraños, que las vacas y las pulgas no habían sido creadas por el Señor sino por la evolución de las especies, que los hombres veníamos de los monos. Nada podía ser más subversivo –y subvirtió.

Durante estos dos siglos subvertidos, la idea de cambio fue central: la sociedad no funcionaba, sus mecanismos debían ser reemplazados. Se inventaron sistemas de reemplazo que, en general, no funcionaron. En las últimas décadas , su derrota se llevó puesta, en gran medida, la idea de que hay otras opciones. De ahí el mito dominante: que nuestras sociedades nunca van a ser demasiado distintas porque no hay otras posibilidades, que el capitalismo de mercado con gobierno elegido y delegado es la única forma de organización posible y va a quedarse para siempre.

Para creerse eso, antes que nada, había que aprender a no pensarnos en términos históricos: a olvidar que este momento es un momento. Es curioso, hacía mucho que no se hablaba tanto de historia en la Argentina, pero esas referencias sirvieron, en general, para lo contrario: para mostrar que, supuestamente, siempre fuimos como somos, que ya éramos corruptos en el siglo XVII, que ya éramos mentirosos en el XIX, que –según sintetizó nuestro filósofo mayor– “estamos como estamos porque somos como somos”. La historia, la disciplina que muestra que nada es permanente, se transformó en un medio para sostener lo contrario.

Que es perfectamente insostenible. Una cosa es que no sepamos imaginar los cambios: es cierto que es difícil, que los grandes cambios sociales se producen cada tanto, que son procesos largos, inesperados, generalmente dolorosos –pero siempre suceden–. A menos que se produzca el mayor cambio posible, lo que nunca en la historia del hombre: que todo siga igual. Es muy improbable. Los atenienses de Pericles, tan ilustrados, se habrían reído si alguien les hubiera dicho que el mundo podía funcionar sin esclavos; los franceses de Luis XIV, tan elegantes, no habrían creído que pudiera existir un país sin un rey; los argentinos de Yrigoyen, tan orgullosos, habrían escupido si alguien les hubiera dicho que algún día iríamos a la rastra de Brasil. Yo recuerdo todas aquellas cosas, y recuerdo cuando los helados de dulce de leche no sabían a dulce de leche. Después, de pronto, aparecieron unas heladerías que los hacían con mucho gusto, y fue una gran sorpresa: aquellos helados medio sosos eran los únicos que conocía, y nunca había pensado que pudieran cambiar. Con el tiempo, dejé de sorprenderme ante la finitud de cada cosa. Pero recuerdo –todavía recuerdo– cuando era tan chiquito que no sabía que vivía en la historia.

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