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Coda

La culpa es de la élite

Culpable de todos los males, la élite suma a sus fechorías un sospechoso anonimato. ¿Quiénes se ocultan detrás de las máscaras?

Ilustración de Diego Contreras

Cuando leo que la “élite” colombiana tiene o tuvo la culpa de esto o de aquello, o cuando oigo a los sindicalistas acusar a “la oligarquía” de todos los males de la República, siempre me aparece la misma imagen en la cabeza: José Gabriel Ortiz: presentador de televisión, cachaco, clubman.

Supongo que la mayoría de los colombianos tiene una imagen similar de la élite. Nos imaginamos al típico bogotano de “ala mi chato”, a la señora con un nido esponjado a manera de peinado o a Jean Claude Bessudo y sus amigos de las páginas sociales. Dentro de nuestro imaginario, la élite es blanca, elegante y usa palabras en inglés cada cuatro frases. Son los ricos de las telenovelas. Pero los ricos y poderosos que andan por fuera de las pantallas de televisión montando caballos de millones de dólares o controlando grandes emporios comerciales no suelen ser personajes caucásicos con modales de señorito y cartones de Eton College.
Entonces, cuando los opinadores le endilgan todos los problemas del país a “la élite” o a “la oligarquía”, ¿a quién se están refiriendo?
Para intentar resolver el asunto, le pregunté a un periodista italiano –que escribe un blog sobre asuntos colombianos, con quien había hablado del asunto y que usa en sus columnas esos términos–, a quiénes se refería concretamente cuando usaba la expresión élite colombiana. Me aclaró que para él, pertenecen a ella quienes puedan enmarcarse en alguna de las siguientes cuatro categorías:
1) Aquellos que cuentan con poder económico, encarnado en los monopolios creados gracias a la complacencia de los últimos veinte gobiernos.
En esta categoría caben los obvios: los Santodomingo, Ardila Lulle, Echavarría, el Sindicato Antioqueño, los De Brigard, Sarmiento Angulo y tal vez uno que otro que se me escapa. Hasta ahí es fácil, son el núcleo de los “monopolistas” del cliché. Pero hay otros no tan obvios: el Grupo Sidauto, que tiene el monopolio del transporte público en Bogotá incluido el Transmilenio; don Uldarico Peña, rey de los taxis en la capital; los zares de la papa en Cora...

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Alejandro Peláez Rojas

Columnista de la revista online La Silla Vacía.

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