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Columna

¿Alternativas?

Ante una posible negociación con las Farc, algunos piensan que el costo de la paz es mayor que el de la guerra. Pero, ¿cuáles son las alternativas?

© Randy Faris • Corbis

 

Se está tramitando en el Congreso colombiano un instrumento jurídico del que se dice que está diseñado con el propósito de crear condiciones institucionales adecuadas para una eventual negociación con las Farc. ¿Conviene o no al país? En principio, creo que sí, dadas algunas condiciones previas (que realmente conduzca al desarme, que no se caiga en ingenuidades tipo Caguán, etcétera). Las razones detrás de esta afirmación son simples. Primero, la victoria militar del Estado colombiano sobre la guerrilla –que con tan predecible regularidad han proclamado desde generales convencidos hasta analistas apresurados– ha demostrado ser bastante esquiva, y hoy ya nadie se llena la boca proclamando “el fin del fin”. Segundo, una negociación implica una serie de procesos de incorporación factual y simbólica que podrían estar ausentes en una solución de fuerza, y contribuir a hacer de la sociedad colombiana una más vivible y más sostenible. En tercer lugar, el conflicto lleva al menos tres décadas (según mis cuentas, que son las más conservadoras; para otros, son cinco, o seis, o siete, o muchas más). Es cosa de burros persistir en el mismo camino. Para que no se crea que digo todo esto por algún prurito faccioso, me permito recordar que apoyé públicamente las conversaciones del gobierno de Uribe con los paramilitares, a pesar de que no me gustaba ninguno de los dos. Pensaba entonces que esos acuerdos, si contenían suficientes pesos y contrapesos y permitían establecer mínimamente la verdad de lo que había sucedido, tendrían el efecto de desinflar los niveles de violencia en el país y de hacer posible el acceso de cientos de miles de víctimas a alguna forma, así fuera imperfecta y modesta, de reparación. El tiempo no ha desmentido dicha expectativa. La turbulenta reinserción paramilitar terminó involucrando suficientes instrumentos y actores –cierto, a contrapelo de los deseos del gobierno de aquel entonces– como para ser más que un simple acto de complicidad, y contribuyó a desmontar una parte muy sustancial de aquel aparato y a liberar de su nefasta influencia a una parte significativa del Estado y la sociedad.

El proyecto en trámite en el Congreso, s...

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Francisco Gutiérrez Sanín

Columnista de El Malpensante y El Espectador. Es profesor en el Iepri de la Universidad Nacional de Colombia.

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