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Ficción

Galápagos

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© Ilustración de Ana Yael 

 

Como siempre, todas las mesas del local están llenas pero el personal está reunido en una esquina y nadie atiende; hasta el dueño está ahí. Una vez oí a su esposa cuestionarle la sabiduría de no interesarse por la clientela, y cuando él le respondió: “¿A dónde más van a ir?”, sin que mediara una esquirla de sarcasmo en su voz, ella alzó los hombros y siguió hablando con sus amigas, pero mis ideas sobre el funcionamiento del mundo giraron contrarreloj. Es verdad, somos el único bar en toda la isla que abre después de las ocho.

Esa noche trabajaba en la caja registradora y no pude hablar con los demás. Pero pude escucharlos, hablaban sobre las olas de la tarde. La mayoría de los que trabajan aquí son surfistas. El cojo estuvo en La Lobería, los demás fueron a Ola Carola. Por lo que oí, el cojo tuvo mejor suerte, le tocó una ola perfecta aunque nadie le creyó. El personal tiende a ser descreído, por el bar pasa demasiada gente y estamos en Galápagos. Todo el mundo se cree con derecho a contar que vio un tiburón, que se agarró de la aleta de un delfín, que siete lobos marinos nadaron junto a ellos. Nadie les cree. De alguna manera es un problema de perspectiva y ambición.

Mis compañeros no se mueven de tres puntos en la isla: Playa Mann, La Lobería y Ola Carola. Lo más salvaje que se ve ahí es a turistas alemanas haciendo topless sobre la arena. La vida es demasiado corta para perder la ola perfecta y solo la pueden encontrar ahí. ¿Para qué se moverían? Saben lo que quieren y lo toman. Les envidio. Una vez leí que la felicidad se logra al equilibrar lo que uno tiene con la satisfacción que eso produce. Trabajo con un grupo de muchachos felices que solo saben de olas, por eso son escépticos. Yo no lo soy. Ni descreído, ni feliz. Quiero, a veces ni sé qué quiero. Hace ocho años, cuando acababa de llegar a San Cristóbal, me empleé como ayudante de cocina en un barco y di la vuelta al archipiélago. Cerca de Wolf, con la cara metida dentro del agua, con una máscara y un snorkel, vi a dos mantarrayas de más de dos metros apareándose, a siete ballenas jorobadas y a cientos de tiburones nadand...

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