Antidespedida

A la muerte de Nicanor Parra.

POR Antonio Díaz Oliva

Para los que crecimos con la soporífera voz de Pablo Neruda (al cual con el tiempo supimos apreciar, aunque un poco a regañadientes), y con las imágenes hermosas –aunque a veces tan desoladoramente hermosas– de Gabriela Mistral, Nicanor Parra fue un cable a tierra.

Su obra, por momentos, no parece más que un chiste, un aforismo, o incluso un meme (antes de que se llamaran memes); o hasta un simple juego de palabras divertidas que obviamente aspiran a ser más que eso.

Para mi generación –nacida en los ochenta–, leer a Parra no era muy distinto a ver El Chavo del Ocho (como en su discurso de aceptación del Cervantes: “Los premios son para los espíritus libres / Y para los amigos del jurado / Chanfle / No contaban con mi astucia”).

Nicanor Parra liberó a la poesía de los poetas y la bajó al suelo para que nos subiéramos nosotros, lectores de a pie, como él mismo lo dejó claro en estas líneas (con aires de manifiesto) de 1962:

 Durante medio siglo la poesía fue

el paraíso del tonto solemne.

Hasta que vine yo

y me instalé con mi montaña

rusa./

Suban, si les parece.

Claro que yo no respondo si

bajan/

echando sangre por boca y

narices./

 Su muerte a los 103 años se siente y se sentirá en Chile, que, como el mismo antipoeta dijo, sufre de un complejo geográfico ya que “creemos ser país y la verdad es que somos apenas paisaje”. Pero su obra se lee y se seguirá leyendo; de hecho, hace poco se editó una antología bajo el apropiado título de El último apaga la luz, y no eran pocos (escolares, estudiantes de doctorado, periodistas, curiosos) los que se paseaban por Las Cruces para visitar el balneario a dos horas de Santiago donde Parra vivió desde los años ochenta.

Y hoy existen tantos Nicanores Parra, tantas piezas diferentes del antipoeta, que a estas alturas es posible armarlo y desarmarlo a gusto de cada uno. Y ese puede que sea su mejor legado.

Ahí están sus cuecas (que recuerdan a su hermana Violeta Parra); su irreverencia política (“la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”); sus traducciones de Shakespeare; su faceta contracultural (admirado por la madrina punk Patti Smith y traducido por los beatniks); sus conexiones con generaciones posteriores (Roberto Bolaño y Ricardo Piglia, entre otros); y sus “artefactos”, esas instalaciones artísticas hechas con frases que el poeta descontextualizaba para darles un nuevo sentido.

Y sus poemas, claro.

O antipoemas.

Esos que explicaba así: “¿Y tú me lo preguntas? Antipoesía eres tú”.

Tal vez nos malacostumbramos a tenerlo tanto tiempo con nosotros, ya que hasta bien entrados sus 100 años seguía manejando un Volkswagen color plata año 60 por Las Cruces, donde hoy está su tumba. Lo que finalmente echaremos de menos es la figura del poeta forever young longevo, aquel que radiografiaba con humor a Chile.

Hace unos años, a propósito de una comentada instalación de Parra con muñecos de todos los presidentes chilenos ahorcados (llamada El pago de Chile), un lector mandó una carta al diario El Mercurio. Su comentario sobre la muestra fue breve, pero conciso. Y, como todo lo que rodea al antipoeta, extremadamente parriano: “La suya es una falta de respeto muy grande que le hace mucho bien a nuestra democracia”. 

ACERCA DEL AUTOR


Antonio Díaz Oliva

Es autor de la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y de la novela La soga de los muertos.

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