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Edición N° 97

N° 97

Mayo de 2009[ ver índice ]

Invitado Festival MalPensante 09

 

Pasaré mi vida sepultándote
porque estás muerto dentro de mí.
Me pasaré lo que me resta de memoria,
my real nowhere man,
pagándote la deuda de los deslumbramientos
                que me marcan:
todos vivimos en un submarino amarillo
y pocos prueban los líquidos soles de diamante.
Te quiero exorcizar,
sacarme la parte de cadáver tuyo
que tiene que cargar mi cuerpo,
hacerte un funeral con trompeta y cuerdas
                y continuo.
Me pasaré este resto que me queda
haciéndote elegías
convirtiéndote en versos,
versos sin tu vigor ni tu violencia,
poemas para sacarme esa parte mía que murió,
primer hermano mío,
Strawberry fields forever.
 
 
 
Qué voy a hacer con las cosas que descubro para ti.
Ayer era una pluma estilográfica que acaban de sacar,
una pluma enchapada en plata, pesada y noble,
diseñada sin diseño, el mejor diseño, el diseño
                invisible:
sé que dirías esto con la pluma en la mano,   
                sopesándola.
Hoy sonó en la radio una trompeta que no sé quién
                tocaba.
Tocaba ignorante de que tú eres el dueño de esa                                         
                música
 y que esa música existe porque tú pasaste por este                     
                mundo,
un sonido nuevo con ese toque de gran orquesta en el                 
                fondo.
Habrías salido enloquecido a comprarlo
y luego lo repetirías todo el día y toda la noche.
Qué voy a hacer con las cosas que descubro para ti.
Ignoro si lo que me sucede y quiero contarte
es un truco tuyo para que no te olvide,
una manera de decirme que no estás muerto,
que estás por ahí, invisible,
conspirando para que yo no te olvide.
 
 
 
Todavía perduran esas tardes de sol: nada qué
       esperar del mañana,
todo nos lo daba el día que vivíamos,
un pan desordenado del que confía en todo, sueño
       profundo, sueño quieto,
la mínima certeza de la carne con algo de ternura
       contra la mala sangre,
una displicente seguridad de que perduraríamos                        
       jóvenes, incólumes, sin mancha ninguna en                           
       las entrañas.
Todavía existen esas tardes sin desprecio y sin afecto                 
       por nada que no fuera nuestro goce:
el mundo entero cabía en el lecho donde nos                                                
       amamos.
Vislumbro un jardín entre brumas: sentíamos el olor                 
       de los jazmines difuminados,
aquella niebla tenía los aromas leves de nuestros                        
       cuerpos,
ese perfume que llegó a ser otro perfume,
el olor inextinguible:
todavía cada bocanada de aire me mantiene vivo                         
       solamente por la esperanza de aspirar ese                              
      olor.
Corazón depredador, cloaca, ruina de un cielo que fue                               
       todo lo que yo haya sido:
ahora mi palabra sucia ronda aquellas ruinas                                               
       de mí mismo:
te amé y eso basta,
abrazado a ti fui feliz,
ahora lo sé,
ahora cuando le perteneces a la muerte.
 
 
 
Si ahora regresaran llegarían con su edad intacta,
más allá de la muerte, inmortales
con aire de ignorarhhh lo nuevo que hay en el
                mundo,
sin interés en nada distinto de indagar lo que                                              
       ahora soy.
¿Por qué las canas y la panza?
¿Por qué mi trajinado traje mortal que cruje tanto
y mi cojera?
¿Por qué mi apatía con el mundo, mi apatía conmigo,
mi desgano?
¿Por qué mi fastidio con el ruido y sus ruindades?
¿Por qué mi amor al silencio, mi mutismo?
También preguntarían perversos por qué conmigo
                la muerte es indolente.
Si ahora regresaran, llegarían dándome un abrazo                     
       que todavía extraño.
 
 

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