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Collage sobre los decálogos para escritores

Hay decálogos para todo –protegerse de la gripa, darles buen trato a los niños, tener una sonrisa perfecta–, pero sin duda los escritos por novelistas y cuentistas ocupan un lugar destacado en el género. ¿Qué hay en ellos? ¿Qué aconsejan?

Collage
Edición N° 125

N° 125

Noviembre de 2011[ ver índice ]

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0. ¿Cómo llegué aquí?

En diciembre de 2010 recibí una invitación de Azriel Bibliowicz para leer la conferencia que inauguraba el período 2011 del postgrado en escrituras creativas de la Universidad Nacional. Me llegó el fin del año redactando ese texto que comienza así:

“¿Pero yo qué les voy a decir? Un grupo de graduados universitarios, es decir, de adultos responsables de decisiones como hacer una maestría en la universidad más importante del país, inicia su aventura escuchando a alguien que, maldita sea, algo nuevo, algo distinto, algo profundo, habrá de decirles sobre la escritura. Al menos algún consejo útil, un decálogo revelador”.

La misma noche en que escribí esas palabras, de repente me vino a la mente la pregunta que no me había espetado: “¿Existe algún manual de consejos útiles, hay un decálogo revelador?”. Vagamente recordaba algo de Quiroga, otra cosa en algún libro de Monterroso, unos consejos de Chéjov para cuentistas... En fin, una primera lista nebulosa, buena para nefelibatas, que era indispensable corroborar.

1. Ochenta y nueve decálogos

Suelen pasarme cosas como ésta: estoy muy juicioso, con un plan de trabajo trazado, convencido de que no voy a abandonarlo hasta que termine, y de repente, por culpa de una frase escrita sin pensarla demasiado –“consejos útiles, decálogo revelador”–, durante algo más de una semana me desvío hacia una indagación en bibliotecas reales y virtuales acerca del tema. En una semana, reuní, no me creerán, ochenta y nueve textos con carácter de consejos, prohibiciones, órdenes, prescripciones, la mayoría de ellos en forma de decálogos. Ochenta y nueve.

La siguiente imagen merece párrafo aparte para poder interiorizar la pesadilla que siguió: ¿qué haría yo con una lavadora o con una estufa que trajera ochenta y nueve manuales distintos con instrucciones de operación?

Duró poco la pesadilla. Con rapidez me di cuenta de que ésa no es la comparación adecuada. Se aproxima mucho más la analogía, por ejemplo, con la culinaria. Platón dijo que ambas, la retórica y la cocina, forman parte de la misma profesión. Nadie me cree, pero Platón lo dijo, se los juro.

Así como en pocos días pude reunir ochenta y nueve reglamentos para el bien escribir, al buscar la referencia “sopa de cebolla” encontré ciento cincuenta y cinco mil entradas en Google. En diez minutos pude ver las tres primeras páginas de resultados y comparar las recetas. Ninguna es igual a otra. Tienen la cebolla en común pero no coinciden en la cantidad, unas tienen mantequilla y otras aceite de oliva, casi todas incluyen ajo pero en cantidades variadas; alguna habla de, comillas, un chorreoncito de brandy, cierro comillas, y otra de solo una cucharada; existe la fórmula que incorpora queso parmesano, pero otra prefiere el cheddar y no falta la que receta el gruyer. En fin, hay las que incluyen un caldo y una que prescribe, créanme, una pizca de azúcar. Y todas las enecientas recetas se llaman “sopa de cebolla”.

Lo que hay detrás de estas maneras sumarias de ordenar el mundo, en este caso el oficio de escribir, es la misma mentalidad de quien redacta recetas. Una cosa son las palabras y otra la sutileza del buen cocinero. La sazón. Herederos de los manuales de instrucciones, los decálogos y sus breves formas parecidas sustituyen las poéticas que han sido ley a lo largo de la historia, como las páginas que Platón dedica al asunto en La república, como la Poética de Aristóteteles, la de Horacio (que ha heredado el nombre de “poética”, pero que en realidad es una carta), la de Boileau para la Francia neoclásica, o el prólogo de las Baladas líricas de Wordsworth y Coleridge, para no referirme sino a algunas de las que he repasado desde que quedé inmerso entre ochenta y nueve decálogos para escribir.

2. ¿Son diez los mandamientos?

Bíblicos y convencionales, la mayoría de los autores optaron por la técnica de Moisés, de comprobada capacidad de memorización y de conocimiento universal pero, a la vez, en términos prácticos –todo hay que decirlo–, con tan poca influencia en el comportamiento de sus destinatarios. Abundan los decálogos; los de Monterroso, Horacio Quiroga, Javier Cercas, Vizinczey, Hemingway, Julio Ramón Ribeyro, son solo ejemplos de un método del que encontré una mina en el diario londinense The Guardian, que en enero de 2010 hizo una encuesta entre casi treinta escritores actuales.

Existen excepciones al número mágico. Borges enumeró dieciséis cosas que se deben evitar en literatura, Vargas Llosa postula quince principios para un novelista, Vonnegut enunció ocho reglas para escribir ficción, García Márquez llegó a siete y George Orwell alcanzó a dictar cinco. Pero el diez parece predominar: Eduardo Torres, el personaje inventado por Augusto Monterroso en Lo demás es silencio, enuncia doce mandatos pero “da la opción al escritor de descartar dos de estos enunciados y quedarse con los restantes diez”. Y Carlos Fuentes anuncia un “Decálogo para el joven escritor latinoamericano” pero al noveno se le acaba el fuelle, y el último: “10. Lo dejo a la imaginación, la palabra y la libertad del joven escritor”. Entre los treinta de The Guardian, dos terceras partes de los invitados escribieron su formulario para escritores como decálogos. Jonathan Franzen y Helen Dunmore llegan hasta nueve, Neil Gaiman hasta ocho, Joyce Carol Oates y Esther Freud formulan siete mandatos, Annie Proulx y P. D. James, cinco, y Diana Athill, tres. Entre los más lacónicos está Helen Simpson, quien escribió: “Lo más parecido que he tenido a una norma es un post-it en la pared delante de la mesa que dice ‘Faire et se taire’ (Flaubert), y me traduzco como ‘Calla y sigue adelante’ ”. El otro fue un Philip Pullman directo que contestó a la solicitud de The Guardian así: “Mi norma principal es decir no a cosas como ésta, que me tientan a alejarme de mi trabajo”.

A pesar de que el prefijo de “decálogo” conduce al número diez, el uso estableció que la Academia de la Lengua aceptara dos acepciones: “1. Conjunto de los diez mandamientos de la ley de Dios. 2. Conjunto de normas o consejos que, aunque no sean diez, son básicos para el desarrollo de cualquier actividad”. Aunque no sean diez.

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